¿Qué tendrá ese poeta?

Por Juan Francisco Baroffio *

Es natural que se pueble el horizonte de actividades sobre Jorge Luis Borges ya que el calendario de este año nos impone una efeméride: el 14 de junio marca el 40 aniversario de su fallecimiento.

Lo que no parece del todo natural, y en esto hay algo casi milagroso, es que un escritor siga tan presente en la vida y casi la cotidianeidad de una nación. Porque Borges no es un viejo fantasma cuya voz nos habla desde un pasado que, día a día, se diluye. No. Cuando invocamos la palabra “Borges” se vuelve un espíritu vivo que gravita entre nosotros.

No importan los dictados de las trabadas fechas del calendario. No hay actividad que no convoque público para hablar de Borges o de su obra. Y eso se evidencia en la vasta red de talleres, clubes de lectura y conferencias que se suceden mes a mes, año a año. Y no solo en Argentina.

ecuerdo entrar a una librería en Londres, en las inmediaciones del Museo Británico, y encontrarme con que iba a haber una actividad sobre la obra del que es, a un mismo tiempo, el más criollo y más universal de los escritores rioplatenses.

Es cierto que en nuestro país somos más fervorosos. Y exitistas. Porque basta que el hado del reconocimiento internacional toque a una figura para que la volvamos ídolo popular. Gardel cada día canta mejor, aunque nunca escuchemos sus canciones. Pero con Borges, creo, además, se produce otro fenómeno. Lo podemos sentir cercano y se vuelve Georgie como lo llamaban su familia y amigos. Pero a la vez nos puede parecer un Aconcagua para pocos. Es la medalla que muchos creen que hay que colgarse.

Conquistar la literatura de Borges a veces se vuelve un despiadado mandato. No leerlo o no gustar de sus textos puede hacerle sentir a los lectores que tienen algo malo, que no son verdaderos lectores. Craso error. Nada hay más natural que, en el arte, no encontrar ese elemento misterioso que nos conmueve una fibra intelectual o emocional. Ese Borges totémico e inaccesible es un autor del que el propio Georgie nos invitaría a tirar sus libros por la ventana.

Cuando lo escuchamos hablar en una entrevista o conferencia, su voz tímida, con un ligero tartamudeo, nos cautiva con sus frases sencillas que encierran una reflexión universal sobre la literatura. También nos hace reír con sus ocurrencias y esas agudas y veloces frases cargadas de un humor tan porteño. Verlo a Georgie, escucharlo, vence barreras de todo tipo.

Pero por sobre todas las cosas, es un escritor que nos invita a ser, antes que nada, lectores. Más de doscientos ochenta textos fueron prologados por él. Muchos de ellos fueron para libros que lo hacían feliz y que se ponían al alcance de los lectores en ediciones populares y hasta en quioscos de diarios. Borges quería crear lectores, no ser el tutor de la literatura argentina. Por eso leemos a Borges. Por eso convivimos con Borges. Porque nos abre, día a día, las puertas de la literatura.

Georgie. Poeta. Porteño. Cuentista. Fabulista. Lector. Conferencista. Ciego. En cada una de esas palabras está algo de Borges. Y con ellas cada lector forma a su propio Borges. Porque Jorge Luis Borges no es uno e indiviso como el anatema. Es múltiple y populoso. Es una realidad viva que nace nuevamente con cada lector que lo invoca.

Por eso Borges, cuarenta años después de la muerte en Ginebra, sigue más vivo que nunca y cada día escribe mejor.

* Escritor y ensayista. Director de Ulrica Revista. www.ulricarevista.com