LA ARGENTINA CON EL PAPA

Qué revela ‘Magnifica Humanitas’


Los tiempos en la Iglesia no siempre son los mismos que en otros ámbitos. Se miden en períodos más largos. Solo así es posible entender cómo a casi un año y medio del inicio de su pontificado pueda subsistir todavía alguna incógnita sobre León XIV y sobre el rumbo que quiere imprimir a la Iglesia. La acumulación de signos deja cada vez menos espacio para dudar de su continuidad con la línea de Francisco, y aun así no terminan de disiparse las advertencias de que puede esperarse algo distinto de él.

Hay, por el momento, algunos rasgos diferenciadores: el talante del papa estadounidense es distinto; su seriedad, mayor; y, sobre todo, ha desaparecido el clima de zozobra permanente que imperó en los perturbadores años precedentes. En este contexto, parece emerger una convicción compartida: León XIV está tratando de estabilizar la barca después de un período de desestabilización. Ahora bien: ¿cuál es el horizonte de esa estabilización? Sobre eso no hay tanto acuerdo.

Lo que puede afirmarse es que, junto con el cambio de estilo, hay ahora palabras de una profundidad desusada en la última década y, ocasionalmente, una presentación del misterio cristiano que se echaba de menos. Algo de esto se vio, por momentos, en sus recientes visitas a España y a Francia. Y aún así está la continuidad en el rumbo.

La pregunta es entonces en qué medida pesa en ese rumbo la convicción o la cautela. En qué medida se reconoce la mano de Prevost y en que medida León XIV está apenas abriéndose paso en medio de una burocracia que todavía logra imponer palabras o crear condiciones para hablar de ciertos asuntos, como sugirió el escritor italiano Antonio Socci.

Algo de esto vale para el documento doctrinal y magisterial de mayor peso escrito hasta ahora en su pontificado. La encíclica Magnifica humanitas, firmada el 15 de mayo y publicada el día 25 de ese mes, no despeja estas incógnitas, sino que las prolonga.

En orden a conocer un poco más a León XIV, interesa examinar aquí tres cuestiones de la misma: la relevancia del tema que eligió para su primer documento de peso; el abordaje que le dedicó, con un intento de valoración de sus méritos y deméritos, y lo que la letra del texto nos dice sobre el pontificado.

Sobre la primera cuestión, es por todos conocido que el deseo de meditar sobre la dignidad humana en la era de la Inteligencia Artificial estaba ya en la mente del cardenal Prevost antes de convertirse en papa.

El mismo confesó que esa preocupación había sido la fuente principal de inspiración para elegir su nombre. Así lo contó durante un discurso dirigido al Colegio Cardenalicio apenas dos días después de finalizado el cónclave, en el que incluso avanzó el paralelismo que quería estudiar entre la Revolución Industrial del siglo XIX, que le tocó afrontar al papa León XIII, autor de la histórica encíclica social Rerum novarum, y la revolución digital de nuestros días.

En ese discurso inicial estaba ya, en esencia, el planteo completo de la actual encíclica, incluido el propósito de exponer el patrimonio de doctrina social de la Iglesia para responder a esta nueva revolución tecnológica “que comporta nuevos desafíos en la defensa de la dignidad humana, de la justicia y del trabajo”.

Haber intuido que la digitalización, la inteligencia artificial y la robótica amenazan construir un mundo más inhumano y más injusto es, de hecho, el mayor mérito que hay que reconocerle al pontífice. Porque el escenario que se abre a partir de estos avances tecnológicos supone peligros que son incluso mucho peores, en términos antropológicos, que los que presagiaba la primera Revolución Industrial.

La encíclica contiene, además, oportunas reflexiones: sobre la tecnocracia, la inteligencia artificial, la idolatría del lucro, la pretensión de reducir el misterio de la persona a datos y rendimientos, el transhumanismo y el posthumanismo.

HUMANITARISMO

Pero el reproche que mereció el texto por no ocuparse de comunicar el mensaje de vida eterna se vuelve cierto con el correr de las páginas. El conjunto deja, en efecto, la impresión de un excesivo antropocentrismo que eclipsa la importancia de la relación del hombre con Dios.

No es que esa relación no aparezca en el texto o no se hable de la gracia, como algunos sugirieron el mismo día de su publicación. Es más bien una cuestión de acentos.

Es el peso de la argumentación, como bien observó el obispo emérito estadounidense Joseph Strickland, el que va inclinando las cosas hacia una consideración horizontal e inmanente. En vez de hablar de la gloria de Dios, la santidad, el pecado, la redención y la salvación eterna, el texto apunta a la fraternidad humana, la inclusión, el desarrollo integral y la lucha contra las 'estructuras injustas', como dijo Strickland, en uno de los análisis más penetrantes sobre el texto.

La gran diferencia con la Rerum novarum es de orden metafísico, coincidió el historiador italiano Roberto DeMattei.

Pero junto con ese desplazamiento teológico, la reflexión que propone el papa León XIV parece quedar corta, también, a la hora de caracterizar el horizonte tenebroso, demoníaco, que se está preparando para el género humano a través de la videovigilancia, la recopilación de datos personales y la biometría. No alcanza con hablar de la exclusión; es mucho peor que eso.

Si la descripción del peligro merecería un ajuste, lo mismo vale decir sobre la propuesta de solución que León XIV deja en manos de “instrumentos normativos” generados por el Estado y de organismos multilaterales. Como si no hubiesen sido cómplices, tanto el Estado como esas instituciones, de ese experimento social de vigilancia a gran escala que fue hace pocos años la así llamada pandemia.

Por insólito que parezca, cuando el texto menciona la pandemia, no lo hace para denunciar la experimentación médica a la que se sometió en forma compulsiva a toda la humanidad, nada menos que por parte de la dictadura tecnocrática, y con ayuda de la videovigilancia y la recopilación de datos personales. Lo hace para denunciar que “los avances científicos” no fueron fácilmente accesibles para la mayoría de la población. Un error de interpretación gravísimo.

Ahora bien, es lícito preguntarse cuánto de lo que expresa el texto responde al impulso de León XIV, porque es más o menos evidente que esta encíclica fue escrita por varias manos. Y entonces vuelve a la memoria la tesis de Socci sobre un papa todavía superado por la burocracia vaticana. Pero, ¿puede serlo? ¿No lleva su firma el documento?

El periodista italiano Andrea Gagliarducci, que reconstruyó el proceso de escritura de la encíclica, dice que el texto surgió de una compilación realizada en el Dicasterio para el Desarrollo Integral del Hombre sobre la base de opiniones de varios expertos que fueron consultados para resumir los temas centrales de la doctrina social. Dice también que el borrador fue escrito por el cardenal canadiense Michael Czerny, quien fue un estrecho colaborador de Francisco.

No menciona entre los escribas al cardenal argentino Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, y sin embargo la lectura del texto deja la impresión de que su mano es reconocible. Apenas un ejemplo: parece cuando menos improbable que un canadiense como Czerny se preocupara por mencionar al obispo Enrique Angelelli entre “los mártires de la fraternidad y la justicia” (125), existiendo tan enorme elenco de mártires para elegir en la Iglesia y tanta controversia sobre el proceso de beatificación del prelado argentino muerto en 1976.

Sea como fuere, hay una continuidad notable con los textos bergoglianos: en la excesiva longitud y verbosidad, en el encuadre, en las digresiones, en las citas y en el tono de análisis político-sociológico.

Las semejanzas se extienden no sólo a la amplitud de temas considerados, desde la exclusión, hasta la dominación, la guerra, la injusticia económica o la fragmentación social, sino incluso hasta las palabras de Bergoglio: “cuidado de la Casa común”, “opción por los pobres”, “cultura del encuentro”.
Francisco es el más citado: 57 veces en un texto que tiene 111 páginas en su versión oficial, es decir, en una de cada dos páginas. El Concilio Vaticano también está entre los más citados.

No faltan en el texto ambigüedades y errores, como en el deseo expresado en el párrafo 16 de que “las piedras desechadas -pobres, enfermos, migrantes, pequeños- se conviertan en piedras angulares” (¿la piedra angular no es Cristo?). Lo mismo ocurre con la afirmación de que “la Iglesia no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad” (25).

Pero hay nociones presentes en el texto -como la sinodalidad o “el espíritu interreligioso de Asís”- que encuentran eco en las actividades del propio papa, por lo que no puede escindirse por completo el texto de la persona. Y hay, sobre todo, una acumulación de palabras, documentos y decisiones problemáticos en este año y medio de pontificado -como la celebración del texto conciliar Nostra aetate, la declaración que negó la corredención de la Santísima Virgen María, la excomunión de los lefebvristas, la continuidad de algunos colaboradores– cuya gravedad no puede desconocerse.

Aun cuando sea un alivio, entonces, la falta de estridencia y los sobresaltos de años recientes, la comparación con Francisco termina siendo reduccionista cuando el rumbo perjudicial que se está siguiendo es el fijado por la Iglesia conciliar.

Si la interpretación se extiende sobre ese horizonte, la estabilización por la que estaría trabajando León XIV cobraría un nuevo sentido y ya no sería tan auspiciosa. Daría la razón al filósofo e historiador italiano Gaetano Masciullo, quien sostiene que este papa fue elegido para continuar la senda de la revolución en la Iglesia, solo que a una velocidad más moderada.