¿Qué dice de nosotros una civilización que descarta a sus ancianos?

Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, 
ese montón de espejos rotos.
Jorge Luis Borges, Poema "Cambridge", Elogio de la sombra (1969)
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Desde hace tiempo la sociedad ha ido mutando sus usos y costumbres y vivimos centrados en la inmediatez y el rendimiento, sin saber para llegar a dónde o a qué. Hemos construido una sociedad que mide el valor humano en términos de rendimiento inmediato y en ese contexto los objetos, los productos, sirven durante periodos cada vez más efímeros y deben ser reemplazados. El problema es que esa modalidad parece haber llegado a las personas y así a la vejez, con un ritmo diferente, otra perspectiva del tiempo y la existencia, en general, queda afuera de ese modelo. En los objetos se trata de la obsolescencia programada. Habrá que preguntarse si no lo estamos aplicando a los seres. Si éste es el caso, hemos entrado en una nueva era en la que, por ejemplo, grandes creadores de la historia hoy serían considerados inadaptados, obsoletos.
El 15 de junio de cada año se celebra el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez y cabe una pregunta ante esta sociedad que muta sin anclaje: ¿qué modelo de civilización estamos construyendo cuando la misma descarta, expulsa como condicionante del avance, a quienes armaron el mundo que habitamos?
Si bien la discusión habitual sobre maltrato en la vejez se concentra en sus formas más visibles: el destrato, la negligencia, el abandono, hay un fenómeno más silencioso, y más difícil de identificar que hace a la matriz cultural y es la naturalización de la obsolescencia humana. Ya no es un electrodoméstico o vehículo que no puede durar, ya que es necesario sostener la industria del recambio, se trata de personas. 
La violencia anómica, esa violencia que no tiene un autor visible sino que se instala como normal en el tejido social, ataca a los más frágiles y con particular crueldad a la vejez. Los mayores “molestan”, “no entienden y “es mejor dejarlos de lado”, o incluso sus ahorros y posesiones, realmente “no lo necesitan”. La exclusión, la muerte civil, se hace en muchos casos bajo cobertura de protección. Por supuesto no hay nada declarado y eso es lo más peligroso, ya que simplemente ocurre.

LA VELOCIDAD COMO VIRTUD MORAL
Desde hace tiempo se instala desde diversos medios a lo rápido, lo reactivo, como correcto, adecuado, moral. Lo rápido se presenta como inteligente y la inmediatez es eficiencia. Lo instantáneo, reactivo, supera a la respuesta precedida de una pausa. La ausencia de reacción inmediata es la pérdida de chance. En ese contexto, el anciano ya no es portador de experiencia o de memoria cultural, y pasa a convertirse, sin que nadie lo exprese formalmente, (en realidad se expresa lo contario), en alguien que retrasa, que complica, que en suma no se adapta. La cola existencial debe avanzar y los que no reaccionan retrasan.
Es claro que esta lógica no nació ayer o con internet, pero la aceleración tecnológica la ha radicalizado. Lo vemos en el campo de la medicina donde todo debe ser expuesto rápidamente y la semiología, la anamnesis, son pérdidas de tiempo que no se puede ni afrontar, ni abonar. Los buscadores y ahora la IA de todas maneras pueden diagnosticar más rápido, no importa si alucinando, pero calman la ansiedad por unos escasos momentos. El valor no es otro que la respuesta rápida, de hecho, los modelos LLM lo saben y están programados predictivamente para complacernos. Las sociedades tradicionales, aun con todas sus limitaciones, conservaban algún espacio simbólico para la lentitud, donde la experiencia acumulada, el conocimiento perenne, tiene su lugar. La sociedad contemporánea, adecuada a un estilo de supervivencia, mide el valor en términos de adaptación inmediata y rendimiento continuo. Lo viejo, que funciona bajo otros registros temporales de tipo comportamental y cultural, queda fuera de ese modelo y por ende fuera de la consideración moral. Los objetos agotados por la usura son menos eficientes a su función, la escoba nueva barre bien.
Pero hablamos de seres, no de objetos y aquí aparece una paradoja sobre la cual vale la pena detenerse y es que algunas de las inteligencias más importantes de la historia universal habrían resultado, bajo la lógica de la métrica, de la productividad, figuras lentas, ineficientes o directamente inadaptadas. 
Jorge Luis Borges desarrolló parte central de su obra en medio de una ceguera progresiva, causada por una miopía degenerativa aparentemente, que lo dejo ciego a los 55 años y lo obligó a depender por completo de lectores y asistentes. Varios autores han trazado la hipótesis de que esta condición parece haber favorecido una transición hacia una literatura más abstracta, basada en la memoria, los símbolos, el tiempo. Escribe “El libro de arena” 20 años después. Sin embargo, la misma sociedad que hoy expulsa a tantos adultos mayores, y aún más con alguna discapacidad, siguió reconociéndolo como una de las inteligencias más agudas de la lengua española. Quizás adelantó la infinita producción de la IA y la paradoja de la ignorancia en un mundo plagado de información en su “Biblioteca de Babel”.
Otro caso es el Rita Levi-Montalcini, Premio Nobel de Medicina 1986, que continuó publicando e investigando después de los noventa años, alegando y mostrando en entrevistas de su vejez que el cerebro humano puede mantener creatividad y plasticidad hasta etapas muy avanzadas de la vida. Sigmund Freud que continuó escribiendo mientras soportaba el dolor físico extremo del cáncer mandibular y sus múltiples tratamientos, diagnosticado a los 66 años. Casi 20 años después, a los 83 años, terminaría “Moisés y la religión monoteísta” en ese estado que lo llevo a la muerte poco después. Esos años finales serian considerados hoy un impedimento para la creación. Los casos son varios, como Bertrand Russell que mantuvo actividad filosófica y política hasta edades muy avanzadas, escribiendo su autobiografía hasta los 97 años, con un ritmo deliberadamente distinto al de la aceleración contemporánea. Con ese mismo ritmo que hoy seria indicador de senilidad, Carl Gustav Jung escribió algunas de sus reflexiones más profundas, como Mysterium Coniunctionis, a los 80 años, donde sintetiza su pensamiento sobre la alquimia entre otros temas o incluso hasta los últimos días a los 85 años, en su autobiografía.
Recuerdos, sueños, pensamientos, con una lentitud física creciente y una necesidad de retiro y contemplación que hoy seria seriamente cuestionada. Ninguno de ellos dos encajaría en los indicadores modernos de productividad… o utilidad. Giuseppe Verdi compuso “Falstaff” cerca de los ochenta años, cuando el mundo musical ya esperaba su silencio definitivo. Por último, de una larga lista más, Michelangelo Buonarroti trabajó en proyectos arquitectónicos y escultóricos concretamente en la Basílica de San Pedro, con limitaciones físicas severas, hasta el final de su vida, a los 88 años. 
El dato adquiere importancia ya que la expectativa de vida de una persona en sus condiciones era de 60 años. Es decir, era muy mayor. Quizás podemos pensar en alguien que nos dejó recientemente, como Julio Le Parc, que siguió trabajando hasta el final de sus días, a los 97 años.
Los ejemplos son múltiples y no se trata de ignorar lo obvio de la usura del tiempo, o romantizar la vejez o convertir la fragilidad en ideal. Sino señalar que el valor de una vida no se mide en velocidad de respuesta ni en capacidad de adaptación. Y que una sociedad que olvida esto empieza a perder mucho más de lo podemos siquiera imaginar si a algunos de los nombrados se lo hubiera excluido de la vida activa, en razón de su estado psicofísico o de la edad.
Reflexionar sobre esto es pensar más allá de los adultos mayores, que es síntoma de una sociedad que huye hacia adelante incapaz de tolerar la lentitud, o esa pausa que obliga a replantearse nuestra condición humana, de la cual nadie escapa. La misma distorsión cognitiva que deja afuera al anciano también margina al enfermo crónico, al discapacitado, a quien necesita más tiempo para decidir, a quien no puede seguir el ritmo frenético de la hiperconectividad.
Esa desvalorización de ciertos factores y la estigmatización que encierra la oculta fantasía que eso nunca nos va a pasar, mientras podamos señalarlo en otros, lleva a endiosar la lógica opuesta: la reacción rápida, más allá de la calidad de la producción. 
En este sentido un área donde esto es evidente es en la hiperconectividad que prometía acercarnos, simplificar nuestra vida y especialmente asistir a quienes no tenían esas capacidades de respuesta inmediata. Sin embargo, ha generado nuevas formas de aislamiento que ocurren como consecuencia de un diseño que nunca consideró los distintos ritmos humanos. 
El caso más concreto es la exclusión digital en la que vemos a adultos mayores que viven rodeados de dispositivos y, al mismo tiempo, completamente fuera de la conversación del mundo contemporáneo. A pesar de las promesas, las plataformas presentan un grado de dificultad insalvable en muchos casos, lo cual los condena al ostracismo. Nunca hubo tantas herramientas de comunicación y nunca fue tan sencillo dejar a alguien simbólicamente y concretamente afuera de la sociedad.

La calidad moral de una civilización se mide en sus márgenes.

El planteo es quizás el señalado en la encíclica del Papa, y es la cuestión del ser, no si demonizamos la tecnología, sino quienes quedan afuera apoyados por esos avances. Si integramos o no a quienes avanzan más lentamente, a quienes necesitan más tiempo, a quienes dependen de otros para sostener su participación en el mundo, habla de nosotros y no de los excluidos. 
Una comunidad realmente evolucionada y que se sirve, no se esclaviza a la tecnología civilizada no es la que idolatra la eficiencia, sino la que es capaz de integrar los distintos ritmos humanos y preguntarse cuál es la mejor manera de usar lo que quizás ese modelo lento de pensamiento puede tener como ventaja. Kahneman, otro premio Nobel investigó mucho sobre modelos rápidos y lentos de pensamiento, y mostró el lugar de cada uno de ellos, señalando la necesidad de los procesos lentos.
Quizás la clave sea menos altruista y es no olvidar algo que esa aceleración contemporánea parece haber borrado del ideal colectivo y es que tarde o temprano, todos habitaremos ese territorio. Todo pasará, también nosotros.
Una civilización incapaz de convivir con la vejez termina perdiendo también algo esencial de su propia humanidad.