¿Qué buscan los que defienden el aborto?

CLAVES DE LA SOCIEDAD. Las cifras no tienen por qué verificarse y así los abortos anuales clandestinos en la Argentina pueden ser hoy 500.000 y mañana 100.000 menos, según le plazca a la sinceridad del abortista de turno. Todo ayuda a la causa.

A nadie debería sorprender que haya personas que rechacen el aborto. La misma lógica de la vida humana, la compasión con los indefensos que dicta la conciencia, el amor y la obediencia a un Dios que es amor, así lo establecen. No hay nada extraño en eso. Lo en verdad extraño es que existan quienes hacen del aborto una causa, el estandarte a enarbolar en una batalla ciega que sólo puede conducir a su propia derrota. ¿Por qué actúan así? ¿Qué buscan?

Sus argumentos, gritados con histeria, apenas disimulan el desgarro de sus almas. Si esgrimen una presunta gran mortandad de mujeres es para justificar la indudable eliminación de nonatos. Sin pestañear claman por el derecho a elegir de la parte más fuerte y con refinada crueldad nos obligan a optar: o la mujer o el niño. Las cifras no tienen por qué verificarse y así los abortos anuales clandestinos en la Argentina pueden ser hoy 500.000 y mañana 100.000 menos, según le plazca a la sinceridad del abortista de turno. Todo ayuda a la causa.

Tampoco les preocupa contradecirse. Exigen despenalizar una práctica que, al calor del debate, admiten que ya es legal, al parecer por lo extendida y por lo fácil que resulta abusar de los protocolos médicos que la permiten en casos que afecten la salud de la madre. Nos aterran insinuando imágenes de clínicas infectas y horrendos cirujanos que destripan a pobres mujeres sin derechos, pero luego reconocen que hoy para abortar basta con tomar una pastilla. ¿Y la inadmisible tasa de mortalidad femenina? Bien, gracias.

Los abortistas están en guerra, de acuerdo, pero ¿contra quién? En su relato de manual alegan tener de enemigos a la "pobreza", la "marginación", el "machismo", acaso "el patriarcado" (un añadido reciente). Tales son las consignas básicas. Si la discusión se profundiza, los velos empiezan a caer. Sus adversarios pasan a ser "minorías" que quieren imponer "creencias" al resto de la sociedad, que no aceptan la "verdad de la ciencia" ni los avances que han adoptado hace décadas los países "desarrollados" del mundo (y a aquí muestran un mapa en donde los buenos están siempre en el hemisferio norte, cosa curiosa). Cuando ya no pueden resistirse más, lo vomitan todo de golpe: es la Iglesia, es el catolicismo con sus sacerdotes pedófilos y sus dogmas retrógrados, anticuados, para siempre superados por la Ciencia y el Progreso, gracias a la Evolución y el Azar.

Conviene tomar nota de que para los abortistas la Iglesia es el "obstáculo" a remover. Tanto los domina el espíritu luciferino de su rebelión que hasta la Iglesia actual, mancillada por las defecciones de su jerarquía y la confusión de sus fieles, les sigue pareciendo el último adversario. Y en el fondo no se equivocan. Para ver triunfante la causa a la que entregaron el alma, esa "escuálida esperanza de la irreligión" según palabras del cardenal Newman, deben por necesidad deshacerse de Roma y del orden que representa. Es la disputa de la Ciudad del Hombre con la Ciudad de Dios, una batalla tan antigua como el mundo y que sólo cesará con el fin de los tiempos.

"Cuando quiero saber las últimas noticias, leo el Apocalipsis", dijo alguna vez Leon Bloy. Si en su época tomaron la frase en broma, fue porque no conocían a nuestros empecinados abortistas.