¿QUE REVELA ‘MAGNIFICA HUMANITAS’ SOBRE LAS PRIORIDADES DE LEON XIV?
Primeros rasgos de un pontificado
En parte debido a que León XIV no era tan conocido al momento de su elección como papa y en parte debido a su bajo perfil, es evidente que aún no termina de calibrarse bien al pontífice, que alterna la misma preocupación social que tenía Francisco con un cambio de estilo y de tono que a veces es sugestivo. Esto abre el interrogante de hasta dónde se lo puede identificar con la senda de su predecesor.
Por el momento se perciben gestos aislados, algunas palabras de una profundidad desusada en la última década y, ocasionalmente, una presentación del misterio cristiano que se echaba de menos, como sucedió en algunos pasajes de su reciente visita a España. Pero, a más de un año de su elección, aniversario que se cumplió el pasado 8 de mayo, pareciera que todavía la lógica de la transición siguiera vigente y su rostro estuviera por descubrirse.
El impetuoso inicio del pontificado de Francisco en 2013, con su ambición fundacional, puede hacer olvidar hoy que la expectativa, entonces, estaba construida más en base a palabras rupturistas que a decisiones -bastaría recordar que su primera encíclica fue en realidad escrita por su antecesor- y que la administración cautelosa no es infrecuente.
En los últimos sesenta años, todos los papas, desde Pablo VI hasta León XIV, incluido Francisco, han mantenido en su primer año casi toda la estructura heredada en la burocracia vaticana. La diferencia es que, en este caso, por las razones aludidas, se ha hecho más difícil concluir cuánto de lo que vemos hoy es heredado y cuánto iniciativa del nuevo pontífice.
La misteriosa afirmación de que "este papa no es quien muchos piensan que es", expresada hace pocos días en las redes sociales de un conocido sitio tradicionalista, y contestada con la pregunta "¿y quién es entonces?”, puede dar una idea del desconcierto que aún prevalece sobre su figura.
CONCILIO VATICANO
De lo que no hay dudas es de que León XIV continuará como sus predecesores abrevando en el Concilio Vaticano II y en el estilo pastoral que de eso se deriva, aunque su individualidad está recién asomando y no se puede descartar que traiga algo más que solo matices. ¿Cuánto? No se sabe.
La pregunta, en todo caso, es ¿qué ha impedido hasta ahora que su impronta se manifestara con más nitidez? ¿Puede estar León XIV "superado" todavía por el aparato bergogliano, como sostuvo el escritor italiano Antonio Socci al comentar críticamente su primera encíclica, publicada días atrás? ¿Será que "está aprendiendo a ser Papa", como dijo, hace pocos días también, el profesor de la Universidad Gregoriana de Roma, Filipe Domingues? ¿Podría pensarse que parte de su reciente encíclica incluya tramos previamente escritos por otros?
A falta de respuestas, lo único que parece cierto es que la transición cautelosa que vemos en estos días no puede atribuirse a un apocamiento de carácter de León XIV o una falta de experiencia en el ejercicio de gobierno, dado que se trata de un hombre que fue prior general de una orden religiosa como los agustinos. ¿Podría su estilo de liderazgo, que se ha dicho que privilegia la escucha activa y el trabajo interno, ser parte de la explicación? No está claro. En cualquier caso, sería un error suponer que todo se debe a una falta resolución.
Si se atiende solo a sus nombramientos, León XIV designó hasta ahora a cinco de los 16 prefectos de Dicasterios que tiene la Curia Romana (el de los Obispos; el de los Laicos, la Familia y la Vida; el del Clero; el de los Institutos de Vida Consagrada y, hace pocos días, el de las Comunicaciones). Son pocos, y aun así son bastantes más que los designados en el mismo período de tiempo por Benedicto XVI (2), Francisco (1) y Juan Pablo II (0) o Pablo VI (0).
La tesis de Socci sugiere que León XIV estaría apenas abriéndose paso en medio de una burocracia que todavía impone palabras o crea condiciones para hablar de ciertos asuntos.
LITURGIA
Por lo pronto, lo que se percibe en León XIV es una sensibilidad distinta a la de Francisco en algunas cuestiones, como la litúrgica. De esa sensibilidad habla su llamado a custodiar la liturgia con fidelidad y respeto, su decisión de restablecer el palio en la procesión de Corpus Christi, el restablecimiento de vestimentas tradicionales o la reconvención que hizo hace pocos días a dos obispos argentinos por denegar a los fieles la comunión en la boca.
Esta predisposición sugerente, digna de consideración, convive sin embargo con otros signos y palabras que no condicen con la expectativa que abren esas palabras. El caso más notorio es la controvertida declaración doctrinal Mater Populi Fidelis, que lleva su firma, y que desaconsejó usar el título de corredentora para la Virgen María.
Tampoco es consistente con esa expectativa la falta de señales que se registra hasta ahora sobre una eventual corrección a documentos de la era francisquista que son problemáticos, como el motu proprio Traditiones custodes que restringió severamente la misa antigua; la exhortación apostólica Amoris laetitia, que permitió el acceso a la comunión a divorciados en nueva unión, o la declaración Fiducia supplicans que habilitó la bendición de parejas del mismo sexo.

TRES CUESTIONES
Como queda dicho, la encíclica Magnifica humanitas, de reciente publicación, no despeja estas incógnitas, sino que las prolonga. En orden a conocer un poco más a León XIV, interesa examinar aquí tres cuestiones de la misma: la relevancia del tema que eligió para su primer documento de peso; el abordaje que le dedicó, con un intento de valoración de sus méritos y deméritos, y lo que la letra del texto nos dice sobre el pontificado o anticipa lo que puede esperarse a futuro.
Sobre la primera cuestión, es por todos conocido que el deseo de meditar sobre la dignidad humana en la era de la Inteligencia Artificial estaba ya en la mente del cardenal Prevost antes de convertirse en papa.
El mismo confesó que esa preocupación había sido la fuente principal de inspiración para elegir su nombre. Así lo contó durante un discurso dirigido al Colegio Cardenalicio apenas dos días después de finalizado el cónclave, en el que incluso avanzó el paralelismo que quería estudiar entre la Revolución Industrial del siglo XIX, que le tocó afrontar al papa León XIII, autor de la histórica encíclica social Rerum novarum, y la revolución digital de nuestros días.
En ese discurso inicial estaba ya, en esencia, el planteo completo de la actual encíclica, incluido el propósito de exponer el patrimonio de doctrina social de la Iglesia para responder a esta nueva revolución tecnológica “que comporta nuevos desafíos en la defensa de la dignidad humana, de la justicia y del trabajo”.
Haber intuido que la digitalización, la inteligencia artificial y la robótica amenazan construir un mundo más inhumano y más injusto es, de hecho, el mayor mérito que hay que reconocerle al pontífice. Porque el escenario que se abre a partir de estos avances tecnológicos supone peligros que son incluso mucho peores, en términos antropológicos, que los que presagiaba la primera Revolución Industrial.
La objeción de que esto significaría ocuparse de una cuestión demasiado mundana, en lugar de dedicarse a comunicar el mensaje de vida eterna, no parece -al menos en cuanto al tema elegido- ni justa ni acertada y, por lo demás, es el mismo planteo que en su momento también mereció la Rerum novarum.
La encíclica contiene oportunas reflexiones sobre la tecnocracia, la inteligencia artificial, la idolatría del lucro, la pretensión de reducir el misterio de la persona a datos y rendimientos, el transhumanismo y el posthumanismo.
Algunas reflexiones tienen incluso una singular riqueza, como la que enfatiza la grandeza del ser humano que se expresa también a través de los límites humanos (119).
“Es precisamente en nuestro ser limitados donde encuentran lugar la compasión, la sincera preocupación ante las necesidades de los demás, la generosidad que sorprende incluso en medio de la oscuridad y el fracaso, la experiencia espiritual y la adoración a Dios”, dice con justeza León XIV.
HUMANITARISMO
Pero el reproche que se le hacía a la encíclica antes de ser publicada de no ocuparse de la vida eterna, se vuelve cierto con el correr de las páginas.
El conjunto deja, en efecto, la impresión de un excesivo antropocentrismo que eclipsa la importancia de la relación del hombre con Dios. No es que esa relación no aparezca en el texto o no se hable de la gracia, como algunos sugirieron el mismo día de su publicación.
Es más bien una cuestión de acentos. Es el peso de la argumentación, como bien observó el obispo emérito estadounidense Joseph Strickland, el que va inclinando las cosas hacia una consideración horizontal e inmanente. En vez de hablar de la gloria de Dios, la santidad, el pecado, la redención y la salvación eterna, el texto apunta a la fraternidad humana, la inclusión, el desarrollo integral y la lucha contra las 'estructuras injustas', como dijo Strickland, en uno de los análisis más penetrantes sobre el texto.
La gran diferencia con la Rerum novarum es de orden metafísico, coincidió el historiador italiano Roberto DeMattei, quien sostuvo que en esta encíclica ha desaparecido la inspiración tomista que tenía su predecesora.
Pero junto con ese desplazamiento teológico, la reflexión que propone el papa León XIV parece quedar corta también a la hora de caracterizar con dramatismo el horizonte tenebroso, demoníaco, que se está preparando para el género humano a través de la videovigilancia, la recopilación de datos personales, la biometría. No alcanza con hablar de la exclusión; es mucho peor que eso.
Si la descripción del peligro merecería un ajuste, lo mismo vale decir sobre la propuesta de solución que León XIV deja en manos de “instrumentos normativos” generados por el Estado y los organismos multilaterales. Como si no hubiesen sido cómplices, tanto el Estado como esas instituciones, en ese experimento social a gran escala que fue hace pocos años la así llamada pandemia.
Por insólito que parezca, cuando el texto menciona la pandemia, no lo hace para denunciar la experimentación médica a la que se sometió en forma compulsiva a toda la humanidad, nada menos que por parte de la dictadura tecnocrática, con ayuda de la videovigilancia y la recopilación de datos personales. Lo hace para denunciar que “los avances científicos” no fueron fácilmente accesibles para la mayoría de la población. Un error de interpretación gravísimo, que no sorprende dada la postura que asumió en esos años el Vaticano.
Ahora bien, es lícito preguntarse cuánto de lo que expresa el texto responde al impulso de León XIV, porque es más o menos evidente que esta encíclica fue escrita por varias manos. Y entonces vuelve a la memoria la tesis de Socci sobre un papa todavía superado por la burocracia vaticana. Pero, ¿puede serlo? ¿No lleva su firma el documento?
El periodista italiano Andrea Gagliarducci, que reconstruyó el proceso de escritura de la encíclica, dice que el texto surgió de una compilación realizada en el Dicasterio para el Desarrollo Integral del Hombre sobre la base de opiniones de varios expertos que fueron consultados para resumir los temas centrales de la doctrina social. Dice también que el borrador fue escrito por el cardenal canadiense Michael Czerny, quien fue un estrecho colaborador de Francisco.
No menciona al cardenal argentino Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, y sin embargo la lectura del texto deja la impresión de que su mano es reconocible. Apenas un ejemplo: parece cuando menos improbable que un canadiense se preocupara por mencionar al obispo Enrique Angelelli entre “los mártires de la fraternidad y la justicia” (125), existiendo tan enorme elenco de mártires para elegir en la Iglesia y tanta controversia sobre el proceso de beatificación del prelado muerto en 1976.
Sea como fuere, hay una continuidad notable con los textos bergoglianos: en la excesiva longitud y verbosidad, en el encuadre, en las digresiones, las citas y el tono de análisis político-sociológico.
Las semejanzas se extienden no sólo a la amplitud de temas considerados, desde la exclusión, hasta la dominación, la guerra, la injusticia económica o la fragmentación social, sino incluso hasta las palabras de Bergoglio: “discernimiento”, “cuidado de la Casa común”, “opción por los pobres”, “cultura del encuentro” y “hacer de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad”.
Francisco es, por lejos, el más citado: 57 veces en un texto que tiene 111 páginas en su versión oficial, es decir, en una de cada dos páginas. El Concilio Vaticano también está entre los más citados.
No faltan en el texto ambigüedades y errores, como en el deseo expresado en el párrafo 16 de que “las piedras desechadas -pobres, enfermos, migrantes, pequeños- se conviertan en piedras angulares” (¿pero la piedra angular no es Cristo?). Es el caso también de la afirmación de que “la Iglesia no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad” (25), o que su voz está “en pie de igualdad con la de otras confesiones cristianas y creyentes de otras religiones” (27).
Hay otras dos cuestiones que de manera insólita aparecen como objetivos en el texto: la sinodalidad y el llamado “espíritu de Asis”, la oración interreligiosa por la paz inaugurada por Juan Pablo II y abrazada por todos los papas posteriores.
El humanitarismo que impregna la encíclica también está presente en León XIV, quien además se refirió numerosas veces a la sinodalidad. La insistencia en este tema indica que el recorrido de este pontificado seguirá, al menos, ese sendero posconciliar.
En cuanto al diálogo religioso, no puede excluirse que, para escarmentar a los pocos críticos que aún quedan contra esa “apertura”, se vaya a excomulgar a los obispos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), conocidos como “lefebvristas”.
La excomunión, formalmente, se argumenta que es por las ordenaciones episcopales sin mandato pontificio que la FSSPX se dispone a realizar en los próximos días. Pero salta a la vista que no se adopta la misma medida frente a la desobediencia doctrinal que muestra el clero alemán con las innovaciones de su "camino sinodal". No puede desdeñarse a quienes sospechan que, por ese mismo ecumenismo, se ha llegado a despojar a la Santísima Virgen María de su título de corredentora.
El tiempo dirá cuánto está dispuesto León XIV a apartarse de las huellas dejadas por otros en busca de ser fiel a su misión como Vicario de Cristo y custodio del depósito de la fe. Por el momento prevalece la impresión de que ese camino será una combinación de continuidad e individualidad, en proporciones aún inciertas.
