¿Por qué temerle a Virginia Woolf?

Curiosamente, la obra de teatro que relanzó la figura de la escritora inglesa, ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, no trata de su vida, sino que surge como un juego de palabras sobre el apellido de casada de Adeline Virginia Stephen, más conocida como Virginia Woolf. Esta pieza, escrita por Edward Albee, hace alusión a una popular canción, “Who’s Afraid of the Big Bad Wolf?”, algo así como “¿Quién le teme al lobo feroz?” (el lobo grande y malo). La obra se popularizó cuando fue llevada al cine en el film protagonizado por Richard Burton y Elizabeth Taylor, quizás la pareja más conocida de Hollywood. Esta alusión a una persona temible creó una imagen distorsionada de la escritora inglesa, una de las más importantes del siglo XX, ferviente feminista y víctima de un trastorno bipolar que la llevó al suicidio. 
Si bien había antecedentes familiares (su abuelo fue internado después de correr desnudo por las calles de Cambridge), en el caso particular de Virginia Woolf se destaca el trauma sexual sufrido en la adolescencia a manos de sus dos medio hermanos. Sus dramáticas experiencias, más la precoz muerte de sus padres, quizás hayan actuado como un estímulo para intentar superar sus heridas con la escritura; de hecho, describió esta agresión de sus hermanos en sus textos autobiográficos, reunidos en Momentos de vida. 
Los intentos de suicidio de la escritora comenzaron a los 22 años, después de la muerte de su padre. En esa oportunidad saltó de una ventana de la casa familiar, aunque solo sufrió algunas contusiones. La familia se mudó de su elegante casa en Hyde Park Gate al barrio de Bloomsbury, distrito que sería famoso por el grupo de intelectuales que solía reunirse en casa de los Woolf, frecuentada por figuras como Sigmund Freud, J. M. Keynes, Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein. 
El segundo intento de suicidio lo hizo al cumplir 31 años, ingiriendo cien gramos de barbitúricos. La salvaron dos médicos que estaban de visita en su casa. Entre 1910 y 1913 fue hospitalizada por otros intentos de suicidio. Las terapias, en esa época previa a los psicofármacos, eran de “reposo mental” en sanatorios donde, a veces, debía ser contenida usando medios hoy prohibidos, como la tristemente célebre camisa de fuerza. En esa época no había otros recursos... Anteriormente, Freud, en Viena, había intentado tratar a los deprimidos con cocaína. Los resultados iniciales sacaron a los pacientes de su letargo, pero la excitación posterior les dio el coraje final para suicidarse. Lo curioso del caso de Virginia es que Leonard Woolf, su marido, era una persona comprensiva que la amaba sinceramente, aunque ella se burlaba de este pequeño burgués como “un judío sin un penique”. En uno de sus escritos se refiere a sí misma como “una viciosa antisemita” que ha convertido su vida en una horrible mentira.
Como Virginia promovía el amor libre, mantuvo una relación lésbica con la escritora Vita Sackville-West, a quien le dedicó su sexta novela, Orlando, basada en la vida de su amante (la obra fue traducida al castellano por Jorge Luis Borges y su madre). Orlando es una crítica a la rígida sociedad británica y, a su vez, una extensa y descarnada carta de amor entre estas dos amantes. Con Vita, Virginia mantuvo una extensa relación epistolar, donde confesaba sus íntimos dilemas, aun los conyugales, quejándose de “la voz nasal de su marido”, al que consideraba un snob, aunque reconocía admirarlo por su “inmensa vitalidad”.
Las novelas de Virginia Woolf abrieron un nuevo estilo en la literatura inglesa: el relato del flujo de la conciencia, como lo hace en Mrs Dalloway, su cuarta novela. En ella describe a una señora aristócrata que, al igual que Virginia, recorre las calles de Londres describiendo sus emociones y pensamientos, como una versión femenina del Ulises de James Joyce, autor al que ella admiraba. Curiosamente, la editorial de los Woolf, Hogarth Press (famosa por haber editado la obra completa de Freud en inglés), no pudo publicar la novela de Joyce por las restricciones al uso del lenguaje obsceno que regían en Inglaterra después de la Primera Guerra. La última novela publicada por Virginia, Entre actos (1941), expresa la transformación de su vida a través del arte. Quizás sea el más lírico de sus libros, escrito mayormente en verso. El estallido de la Segunda Guerra Mundial y la destrucción de su casa en Londres empeoraron su condición psíquica, a punto de impedirle escribir. El 28 de marzo de 1941, después de varios intentos de ahogarse, se introdujo en el río Ouse, cerca de su casa en Rodmell. En esa oportunidad se había llenado los bolsillos de piedras. Su cuerpo fue hallado semanas más tarde. En su mesa de trabajo dejó dos notas: una para Leonard y otra para su hermana Vanessa. La carta dirigida a su marido decía: “Estoy enloqueciendo una vez más. Creo que no podremos volver a pasar otra vez por una de estas terribles etapas. Y esta vez no me recuperaré. Así que voy a hacer lo que me parece mejor. Tú me has dado la máxima felicidad posible… No puedo luchar más y sé que estoy arruinando tu vida; sin mí, tú podrás seguir… Todo lo he perdido, excepto la certeza de tu bondad. No creo que dos personas puedan haber sido más felices de lo que hemos sido tú y yo”.
EL POR QUÉ
¿Cómo es que una persona que escribe estas palabras, que se sabe bendecida por un amor correspondido y sabe que ha logrado notoriedad como escritora, sin embargo, llena sus bolsillos de piedras e intenta una y otra vez quitarse la vida? La depresión es una experiencia intransferible, un infierno íntimo que algunos tratan de describir, como lo hizo Virginia Woolf, aunque pocos lo llegan a comprender en toda su magnitud… y esos pocos son los que han pasado por un drama semejante. 
Somos esclavos de nuestros neurotransmisores. La depresión es un disbalance mental que tortura a las personas hasta empujarlas al abismo. Hay gente que opta por el suicidio para no enfrentar el dolor insoportable de la melancolía que, muchas veces, solo existe en su cabeza. En el caso de los bipolares, existe una predisposición genética por una falla en el metabolismo de la serotonina. Este déficit les hace ver la vida y sus contingencias como una verdadera tortura. El haber sufrido abusos físicos, emocionales y sexuales, como los relatados por Virginia, agrava la tendencia a quitarse la vida. 
Sentirse sin esperanzas, tomar drogas y alcohol son factores que empujan a estas personas hacia esta trágica decisión. La mayor parte de ellas, como en este caso, anuncian sus intenciones. El suicidio no es una sorpresa; suele ser un final anunciado. En Estados Unidos hay 30.000 suicidios al año y el suicidio se ha convertido en la segunda causa de muerte en los adolescentes. En la Argentina, el año pasado, se suicidaron 5.000 personas (22% más que el año previo) y el suicidio es la primera causa de muerte entre los jóvenes de 14 a 35 años. ¿Qué clase de mundo estamos creando, donde los jóvenes no quieren vivir? Además de las alteraciones en el metabolismo de la serotonina, hay anormalidades en el eje hipotalámico-pituitario-adrenal y problemas neuroinmunes que aumentan las tendencias suicidas. “La vida es un sueño”, escribió Virginia Woolf. “El despertar es lo que nos mata”.