Por qué el peronismo ama a Keynes

La interpretación libre y descontextualizada de las ideas del autor de la Teoría General le viene como anillo al dedo a nuestros populistas para acrecentar su poder político. En el proceso, asfixian a la actividad privada.

Daniel V. González

­La pedante frase de Keynes donde afirma que ``los hombres prácticos que se creen exentos de cualquier influencia intelectual, son usualmente esclavos de algún economista difunto'', es también errónea.

En la mayoría de los casos, los hechos preceden a las ideas aunque después éstas influyan sobre los aquéllos. En el campo económico, habitualmente son los hombres prácticos (comerciantes, industriales) quienes, a partir de sus necesidades materiales, imaginan propuestas que después los economistas sistematizan y dan forma de teorías.

Que el gasto del Estado genera movimiento económico, ya lo sabían los mercantilistas y también lo tenían presente los políticos de cualquier época, sin conocer demasiado de teoría monetaria o demanda efectiva. En su biografía de Hipólito Yrigoyen, Manuel Gálvez anota que tras la crisis de 1929, el entonces presidente impulsó la obra pública para compensar la caída del nivel de actividad, por la crisis que ya se insinuaba. Todavía la Teoría General no se había publicado.

Crisis y largo plazo

Se atribuye al economista británico el haber revertido la crisis mundial aunque no son pocos los que insisten en que fue la Segunda Guerra Mundial la que pudo finalmente dar por finalizada la gran recesión iniciada en la bolsa de Nueva York en octubre de 1929.

El gran aporte de Keynes a la teoría económica consiste, en todo caso, en haber demostrado que la economía puede tener un punto de equilibrio distinto al pleno empleo. Pero ha quedado en la historia como quien descubrió que, en tiempos de recesión, un Estado activo que ejerce estímulos fiscales y monetarios puede poner nuevamente en movimiento una economía paralizada.

Ya en aquel tiempo varios colegas suyos le observaron que un incremento del gasto público y una política monetaria blanda podrían tener consecuencias en el largo plazo a lo que Keynes respondió con su conocida humorada: ``En el largo plazo estaremos todos muertos''.

En realidad, esto es falso. Nuestros hijos, nietos y demás descendientes no lo estarán y es totalmente legítimo que las políticas económicas tengan en cuenta plazos mayores a la mera coyuntura pues si no fuera así, los remedios serían peores que las enfermedades y el sanar problemas actuales podría llevar a hecatombes futuras. Lo que Keynes quería significar era que tenían en manos la resolución de un problema acuciante y que, aunque fuere por un momento, convenía postergar la consideración de los plazos lejanos.

K. Y LOS KEYNESIANOS

Como ocurre a menudo con las teorías, la descontextualización provoca desvaríos. Y un efecto similar produce también su fragmentación en busca de los tramos teóricos favorables, que convienen a nuestras visiones actuales. Y eso es lo que han hecho los keynesianos: transformar las llamadas políticas activas en un modo de ver la economía en forma permanente. 

Sostienen que el gasto público puede superar sin problemas a los ingresos pues su monetización no provoca inflación, si es que aún hay factores productivos ociosos. También, que las tasas de interés pueden ser menores que la inflación pues su nivel alto proviene del empecinamiento usurario de los bancos. Estas convicciones  de los keynesianos están detrás de setenta años de inflación en la Argentina.

Claro que sería inapropiado responsabilizar al economista británico por los dislates de sus epígonos. Lo que sucede es que esta interpretación libre e interesada de las ideas de Keynes viene como anillo al dedo a los populismos, si es que necesitan un soporte teórico para sostener sus propuestas económicas. Un gasto público sin límites, adecuadamente direccionado, genera apoyo electoral y consolida al populismo en el poder. Si los recursos no alcanzan, entonces pueden aumentarse los impuestos a los ricos y dar forma redonda a un relato modelo Robin Hood.

Como luego el gasto público cristaliza a niveles descomunales, cualquier gobierno que, ante el riesgo de un colapso, intente bajarlo será destinatario del odio popular y de la furia de quienes se benefician con un nivel de gastos y de prebendas completamente insostenible. Una política como ésta, en su dinámica, lleva hacia Venezuela, sin lugar a dudas.

Keynes promovió la intervención del Estado para salvar al capitalismo en un momento de crisis generalizada; los keynesianos  utilizan al Rstado para asfixiar la iniciativa privada y destruir al capitalismo. Al igual que Marx lo hizo respecto de los marxistas, Keynes podría decir que ha sembrado dragones y cosechado pulgas.

SIN BARBIJOS

Claro que la actual pandemia suspende, en muchos aspectos, la normalidad de los análisis políticos y económicos que pudieran hacerse. ¿Retomaremos todo en el lugar en que dejamos? ¿O será un nuevo comienzo en el que habrá que repensar y readaptar aspectos importantes de cualquier teoría? No lo sabemos.

Por de pronto, puede decirse que muchas de las medidas tomadas por el anterior gobierno, sirven a Alberto Fernández para enfrentar mejor la inesperada situación en que vivimos.

La actualización de las tarifas públicas, odiosa medida tomada por Macri, ha permitido el alivio del congelamiento actual. Igual ha ocurrido con el duro ajuste fiscal (que llevó el déficit primario a medio punto del PBI) y el comportamiento del balance comercial, con 13 meses sucesivos de superávit. Ambos hechos permiten también enfrentar con mayores posibilidades la deuda pública y también su negociación.

El populismo ama a Keynes. Lo necesita. Demanda una voz autorizada que le permita interpretar que gastar sin límite ni medida no produce consecuencias inflacionarias. Pero basta recorrer la historia argentina para ver que semejante deformación carece de asidero. En estos tiempos de confinamiento y barbijo, todo se distorsiona.

La pandemia será la culpable de todo, ya lo sabemos.

Pero luego la historia continuará. Será entonces que llegará la hora de la verdad.

Si sobrevivimos.