La Fundación Boreal convierte tapitas plásticas en anteojos gratuitos para quienes no pueden pagarlos

Poder ver gracias a la solidaridad

La iniciativa, que integra economía circular, inclusión y cuidado ambiental, confirma que un residuo cotidiano puede convertirse en una solución concreta para ampliar el acceso a la salud visual. Solo en marzo de este año se entregaron 670 lentes y plantea para el 2027 llegar a los 10 mil.

Acceder a la salud visual gratuita en la Argentina se ha convertido en una carrera de obstáculos. Hoy, cualquier paciente debe enfrentar semanas de espera para conseguir un turno oftalmológico; una demora que es solo el comienzo, ya que luego llega el desafío económico de adquirir marcos y cristales. En diversos puntos del país, esta odisea se vuelve directamente insostenible o inalcanzable.

Esa realidad fue el punto de partida de un proyecto impulsado por la Fundación Boreal, con sede en Tucumán, que hoy fabrica marcos de anteojos a partir de tapitas plásticas recicladas y entrega lentes de forma gratuita en comunidades donde el acceso a la salud visual es limitado.

“Transformar tapitas en marcos es convertir un residuo en una herramienta que mejora la calidad de vida de una persona”, dijo a La Prensa Cristian Mur, Director Ejecutivo de la Fundación Boreal, sobre la iniciativa que parece salida de un manual de utopías, pero que hoy opera con precisión industrial en Famaillá, Tucumán. Lo que para cualquier persona es un desperdicio plástico cotidiano, para esta organización es la materia prima de un circuito de salud visual que ya está cambiando la realidad de miles de personas en el interior del país.

La génesis de este proyecto no fue azarosa. Durante una década, la Fundación trabajó con su programa “Promover Salud”, desplegando tres colectivos sanitarios en Salta, Santiago del Estero, Tucumán, Córdoba y Mendoza. En esas recorridas por la Puna salteña a 4.500 metros de altura o por el monte santiagueño, detectaron una falla sistémica que mostraba que la oftalmología era la especialidad más requerida, pero el diagnóstico no bastaba. “Sentía que estaba incompleta la acción, porque una persona va al lugar donde está uno de nuestros colectivos, se atiende allí porque no tenés recursos o no tiene la posibilidad de hacerlo y después, por el costo, termina no haciéndose su anteojo”, explicó Mur. Ante esta brecha, la Fundación decidió pasar de la asistencia médica a la fabricación propia, integrando la ecología como motor de ahorro y eficiencia.

El proceso de convertir una tapa de gaseosa en un marco de anteojos moderno y liviano es una coreografía de pasos técnicos que la Fundación ha logrado perfeccionar tras meses de "prueba y error". El dato técnico es revelador dado que se necesitan apenas entre 12 y 15 de estas piezas plásticas, dependiendo del peso, para conformar un marco completo.

El camino hacia este estándar no fue sencillo para Mur, quien curiosamente recuperó su oficio de técnico mecánico para liderar la puesta en marcha de la fábrica. Así, recordó los traspiés iniciales como lecciones necesarias para lograr la meta que buscaba llegar y conseguir marcos reciclados para cientos de personas. “Una anécdota de esa búsqueda es cuando tuvimos un problema al principio con el molino plástico, que no nos funcionaba bien. Intentamos achicar el diámetro del triturado con una licuadora y se quemó”, confesó entre risas.

Hoy, la realidad es otra ya que con organización las tapitas se clasifican por color, se lavan, se trituran en un molino y pasan a una inyectora donde se funden para ser disparadas en matrices de acero.

Este avance tecnológico no se dio en solitario ya que la construcción de la fábrica propia fue posible gracias a alianzas estratégicas que Mur define como claves, sin intervención estatal.

El Grupo Boreal y la empresa Citrícola San Miguel facilitaron el terreno y el capital inicial, mientras que la Embajada de Alemania financió una biseladora computarizada que permitió montar un laboratorio óptico propio.

Con esto, la Fundación alcanzó una autonomía del 100%, reduciendo drásticamente el costo del cristal montado y permitiendo que, solo en marzo de este año, ya se hayan entregado 670 anteojos, casi la mitad de los 1.200 entregados el años pasado. Además, desde que arrancó la iniciativa fueron reciclados 300 kilos de piezas plásticas.

Cabe destacar que entre quienes reciben esta ayuda, el 60% son niños, el 20% mujeres y el 20% restante adultos mayores.

TRIPLE IMPACTO

Pero detrás de las historias que existen al obtener un marco gratuito, está el triple impacto, referido a la salud, ambiente e inclusión, que genera esta actividad.

El primer impacto brinda acceso gratuito a una herramienta que en el mercado supera los 50.000 pesos, una cifra prohibitiva para familias que viven a cientos de kilómetros de un centro óptico.

El segundo evita que toneladas de plástico terminen en ríos o basurales, transformándolas en un insumo de salud.

Por último, pero no menos importante, está el impacto económico. La fábrica emplea a tres operarios locales que antes no tenían experiencia en este rubro, fomentando el trabajo genuino en Famaillá. “Hay una vocación de inclusión a gente del lugar que trabaja. El tema de la posibilidad de una persona que pueda recuperar su salud visual, que pueda recuperar la vista, y después el tema del medio ambiente que es plástico que no va a parar a los ríos, entre otros lugares. Entonces eso engloba una cadena de cosas muy interesantes y que está buenísimo poder hacerlo. Nos sentimos muy orgullosos de ser parte y haber hecho todas estas cosas”, resaltó el responsable del proyecto solidario.

Sin embargo, el impacto más difícil de medir en estadísticas es el humano. Mur relató que la verdadera recompensa aparece en los operativos sociosanitarios que realizan cada año. “La cara por ahí de asombro de los niños y la sonrisa de una mujer en la Puna que ahora puede coser mejor, puede tejer mejor. Eso no tiene ningún tipo de comparación”, detalló orgulloso el Director Ejecutivo de la Fundación Boreal. El programa atiende tanto a niños en escuelas primarias, donde la visión es clave para el aprendizaje, como a adultos mayores que recuperan su autonomía.

CANJE

La logística de recolección de las tapitas también tiene un componente pedagógico. La Fundación ha implementado un sistema de "canje" simbólico en sus operativos en que se le pide a las personas que traigan sus propias piezas para retirar su anteojo. “Es como un requisito de la actividad, que traigan tapas para llevarse el anteojo. La idea es que nosotros hagamos participar a las personas y que ellos también sean conscientes de que pueden ser parte”, señaló el directivo.

Esta gimnasia de reciclaje, que comenzó años atrás con un convenio con la Fundación Garrahan, hoy se ha nacionalizado. Actualmente, cualquier persona, escuela o empresa puede acercar sus tapitas a las sedes de la Fundación en las cinco provincias donde operan, y pronto en San Juan, la sexta provincia en sumarse al mapa.

MIRADAS NUEVAS

El optimismo en la planta de Tucumán es palpable debido a que, a pesar de un contexto económico complejo, la reducción de costos lograda mediante la fabricación propia permite proyectar un crecimiento exponencial. La meta es ambiciosa y plantea llegar a los 10.000 anteojos entregados por año para 2027.

En tanto, al ver el proceso completo, desde la pieza triturada hasta el anteojo pulido, los beneficiarios comprenden el valor de la economía circular. Como concluye Mur, no se trata solo de entregar un marco de anteojos de material reciclado, sino de demostrar que “la tecnología y la solidaridad” pueden converger para que “el plástico deje de ser una amenaza ambiental” y se convierta en el marco a través del cual miles de argentinos vuelvan a ver el futuro con claridad.