Philip Glass para pocos en el Colón

‘Einstein on the beach’. Opera en cuatro actos, con textos de Christopher Knowles, Samuel M. Johnson y Lucinda Childs, y música de Philip Glass. Coreografía: Carlos Casella. Iluminación: Matías Sendón. Escenografía: Mariana Tirantte. Vestuario: Luciana Gutman. Cinematografía: Alejo Moguillansky. Régie: Martín Bauer. Con: Carla Filipcic-Holm, Iván García, Analía Couceyro, Maricel Álvarez, Marina Giancaspro, Gustavo Lesgart. Coro y ensamble musical (dir: Léo Warynski).

En el marco de su ciclo contemporáneo, y con un poco de retraso (la obra se estrenó en 1976), el Colón ofreció el martes la primera presentación latinoamericana de ‘Einstein en la playa’, de Philip Glass (en cuya gestación colaboraron Bob Wilson y Lucinda Childs). Primera ópera (así la denominó su autor) de la denominada escuela minimalista (Reich, Riley, La Monte Young, incluso Pärt), desde ya que su aparición marcó un hito en el devenir del proceso musical. Hoy, sin embargo, su mensaje parece un tanto superado, incluso por la producción posterior del propio compositor, como quedó en evidencia en la ocasión que nos ocupa. 

Digamos por empezar que ‘Einstein on the beach’ (y está bien que nuestro público la conozca) se encuentra muy distanciada de la ópera en sus conceptos tradicionales. Tal vez su debilidad esencial estriba en la ausencia de  hilo argumental. Esto es: que carece por completo de trama, de guion dramático, de personajes, ello al margen de episódicos recitados de acompañamiento.  Así, lo que se ve y se oye se limita a una sucesión de escenas intemporales, por cierto abstractas, sustancialmente vacuas, cuya asimilación pasa por los responsables de la escena y la cabeza de cada espectador. Siendo así, no fue de extrañar que buena parte del público abandonara el recinto durante el transcurso de la función (aparte de aquellos a quienes se divisó profundamente dormidos).

Por otro lado, destaquemos que se trata de una creación de muy larga duración (en su edición original, cerca de cinco horas), que en esta versión se redujo a tres horas cuarenta minutos de corrido, o sea, sin pausas ni intervalo alguno.

Otra flaqueza del trabajo de Glass (quien nos visitó en 2011) aparece en el orgánico (en realidad, esta ópera tiene como intérpretes principales al coro y un violín, única cuerda). Para adecuarla al propio y pequeño ensamble con el que se manejaba en esos años, el compositor circunscribe el conjunto a nueve músicos, incluyendo dos órganos electrónicos, uno de los cuales aportó en más de un fragmento un metal de fondo de cansadora pesadez. Tampoco fueron valiosas (sino más bien ásperas) las combinaciones tímbricas, perjudicadas además por altoparlantes que las difundieron con un velo de global opacidad. Onomatopeyas de gritos mezcladas con sones elaborados, el coro -en el foso- cantando ‘do-re-mi-fa-sol’

hasta el cansancio, brusquedades en el cierre de los períodos, cortes abruptos del discurso y ¿ruidos?, fueron otras características de esta original partitura. 

En producciones operísticas posteriores, fundamentalmente ‘Akhnaten’ y ‘Satyagraha’, que se dieron en el Met, el autor de Baltimore alcanzó por cierto niveles musicales y dramáticos diferentes, de cautivante esplendidez.

 

MINIMALISMO

Subrayemos antes de seguir adelante que las piezas repetitivas o minimalistas se basan en breves células que se reiteran incansablemente de manera canónica, con leves variaciones progresivas o rítmicas que van sumergiendo al oyente en un mundo si se quiere embalsamado.

En lo que hace a la interpretación de este trabajo transgresor, cabe poner en relieve en primer lugar a la disciplinada y muy ardua labor de un coro de cámara ad hoc y al magnífico montaje y dirección de Martín Bauer, dinámico, creativo, estéticamente armonioso, apoyado por una adecuada iluminación.

Carla Filipcic-Holm cantó su aria (‘Bed’, sin letra) con voz bella, de exquisito color y armónicos, y las experimentadas actrices Analía Couceyro y Maricel Álvarez se desenvolvieron en un plano de verdadera excelencia, tanto en sus movimientos como en sus difíciles y elocuentes parlamentos en inglés, plenos de inflexiones y matices. Nuestros compatriotas, los bailarines solistas Marina Giancaspro y Gustavo Lesgart se vieron perjudicados por unas piruetas coreográficas incomprensibles diseñadas por Carlos Casella, en tanto el alsaciano Léo Warynski, valiosamente asistido por el maestro Juan Miceli, no pudo escapar desde el podio a ciertos trozos de confusa sonoridad y acentuó algunas partes con excesiva violencia (¿por qué?). En cuanto a Einstein. Bien, gracias.

 

Calificación: Bueno