Perder la cordura (II)

Decíamos en el anterior artículo ("Perder la cordura I") que la palabra cordura refería al corazón donde se consideraba estaba el centro de la vida y la esencia del ser. Perderlo, era en esa concepción, perder el propio rumbo y por extensión la vida, perder la referencia a ese centro que nos ligaba a nuestra propia existencia como miembros de una cultura y nos permitía no buscar otros puntos de sentido existencial o dicho de manera mística "adorar a otros dioses". Perder la cordura más actualmente refiere a la pérdida de control, de percibir la realidad como tal y así la libertad de dirigir los propios actos. La expresión refiere a "locura", la pérdida del lugar, una manera habitual de referirse a la perdida de la razón, la capacidad de comprender e interactuar con el mundo estando en contacto con el mismo de la manera más acertadamente posible. Aquí es donde la expresión empieza a recorrer algunos senderos sinuosos, ya que la percepción de la realidad empieza a ser aquella establecida como norma por algo exterior al ser, la sociedad establece como tal a esa norma, y no es ya la conexión con la propia razón y el libre albedrío. En la negociación y acuerdo entre ese mundo interno y el entorno se establece el ser. Es en relación a esto último donde se encuentra el tema más inquietante en la actualidad y es la aparición de nuevas normas, de nuevas normalidades y especialmente de nuevos profetas, sabios o quizás míticamente los podríamos llamar nuevos Dioses, que ingresan abruptamente si se consideran los tiempos históricos. Esa irrupción hace más difícil al individuo acordar y equilibrarse.
Hace unos años un importante magistrado previo a una conferencia y exponerle lo que diría ante sus colegas, me decía: - La obra se llama "La gran confusión". Sin duda no solo presagiaba, sino que ya veía el "Zeitgeist", el espíritu que se apoderaba de una época, literalmente por zeit, tiempo, geist espíritu. Más tarde, según Hegel es lo que daría las características a un tiempo, a una época. Ese tiempo de la gran confusión, de incertidumbre, que vivimos sacude los espíritus y genera, como se cita a veces en el taoísmo, con la imagen del temor y temblor que conmociona de tal manera como el viento en otoño que hace caer las hojas de los árboles. Lo que cae en estos momentos de crisis e incertidumbre, son nuestros puntos de unión con ese árbol, del conjunto al cual uno refiere y pertenece y que nos da pertenencia y sentido. 
Desde la óptica de la gran confusión, actualmente llamada el Gran reseteo y la Gran narrativa, la caída de las hojas de los árboles es la condición previa a que vuelvan en la siguiente temporada a aparecer nuevos brotes, ya más acordes, luego de la inevitable poda, a aquello se espera surja, un nuevo mundo mejor, o al menos eso parece ser lo que nos dicen se busca. Desde este paradigma fundacional, el mundo tal como es debe ser cambiado desde sus raíces para poder plantar un árbol nuevo. Accesoriamente las imágenes del árbol y la plantación de uno nuevo forman parte de infinidad de cultos desde la antigüedad.
El temor es el miedo que nos ha sido infundido sin ningún otro fin que sumirnos en las consecuencias negativas de ese estado emocional, de pánico en muchos casos, hasta de cuadros clínicos que bajo nombres diversos esconden su realidad, la gran resignación, el síndrome de encierro y varios otros. El temblor es la ansiedad que ha entrado a formar parte de nuestras vidas y que buscamos escapar de ella negando la realidad a veces ya que mirarla en su magnitud puede hacerla imposible de afrontar. La distracción, la catarata de noticias, mezclando aquellas que no entendemos cómo se relacionan por su carácter absurdo, con personajes insólitos, con otras plenas de consignas. "Los expertos dicen que la única forma de protegerse es mantener la mascarilla en los espacios cerrados", titulaba una nota en un diario español en estos días sin dar explicación, ya no es necesaria, de sus afirmaciones, casi mandatos. Finalmente, el temor y la ansiedad, asociadas harán que desesperadamente busquemos una rama del árbol que parezca firme para sostener nuestra angustia. Ya no estaremos en condiciones de preguntarnos si esa rama pertenecía al árbol que nos definía, ni si la tierra, la cultura, sobre la que está plantada es la nuestra.
Quizás sirva entender que esto que parece salido de la ficción, de la fantasía ha estado señalado de múltiples formas y se ha producido ya en la historia de la humanidad, quizás que no a la escala actual, pero obedece a periodos de reseteo, lo llamaríamos ahora. Las referencias son muchas y citaría solo una, relativamente cercana, pero por su precisión asombrosamente alejada en el tiempo. Se trata de una conferencia que dio el 20 de marzo de 1969 en la Sociedad de Pediatría de Pittsburgh el Dr. Richard Day, profesor de Pediatría de la Escuela de Medicina del Mount Sinai de Nueva York y que anteriormente había sido Director Médico de la Planned Parenthood Federation of America. Por la terrible anticipación y precisión del relato en relación a lo actual busqué que fuera falsa, sin encontrarlo. Sería digno de uno o varios artículos su contenido, pero en resumen es una anticipación de varios temas que vivimos en la actualidad y no precisamente faustos, de manera que parece escrito en estos últimos años. Ironías del destino o no, casualmente en la misma fecha que comenzó el proceso de cuarentenas en nuestro medio, solo que 51 años antes. En esa misma conferencia se hablaba de la necesidad absoluta de unificar criterios y autoridades universales en salud que es la propuesta actual de varios "líderes", que la OMS tome el control de las políticas en salud y mandatos de manera central universal. No es muy difícil entender lo que esto significa y las consecuencias, por parte de una estructura que, aún tomando sus diversas y cambiantes propuestas como ciertas, no resultó muy confiable. 
La idea ha sido que abandonemos el pensamiento propio, y al mismo tiempo el soporte cultural y religioso, pero no para volvernos más libres de pensamiento, sino proponiéndonos nuevas religiones en las que ya no son éstas o sus líderes quienes son infalibles (la infalibilidad papal), sino esas organizaciones, expertos etc., es decir estructuras cada vez más difusas, pero que no pueden ser cuestionadas. Sin embargo, a pesar de la desacralización, nos impulsan a repetir: hemos repetido rezos y "mantras" diarios, bajo formas de consignas que no solo hemos repetido sino se nos ha castigado de diversas formas por solo apartarnos así sea ligeramente de ellas. Es así que la consigna a repetir es la de la información médica pero expresada por los medios, otro "rezo" es blasfemia. Infinidad de trabajos médicos contrarios a la narrativa, dejando de lado los que en su absurda oposición absolutamente conspirativa solo lo consolidan, no son difundidos, ni mencionados, pero sí repitiéndonos durante meses todos los días el número de muertos, nadie preguntaba cómo se certificaba la causa de muerte, se aceptaba, se repetía.
Hay un camino, pero obliga a salir del miedo del estado letárgico, de la desconcentración constante a la cual se nos impulsa de mil maneras y es empezar a pensar, a informarnos, a cuestionar, en definitiva, seguir lo que Orwell presagiaba en los días previos a su muerte, hacer algo, sino no quedará ya nada sobre lo cual hacer y en definitiva ser.