Aludiré hoy a un gran pintor francés, para quien el hecho de triunfar era sólo un complemento. Se llamó Paul Gauguin y vivió solamente 55 años. Pero 55 años tan tumultuosos como plenos y aventureros.
Lo llamaron el “Pintor Maldito”, quizá por su exótica forma de vivir, por su permanente afán de aventuras, por sus conflictos con las instituciones y con los hombres.
Fue un grande de la pintura. Pero está comprobado que “La inspiración no siempre armoniza con el equilibrio” y que la grandeza en la creación no significa grandeza en el creador.
Es que la vida diría, penosa de Gauguín, lo marcó desde su infancia. Nació en París en 1848, tiempo de revoluciones y luchas internas. Su padre, prestigioso periodista decidió para escapar del caos, embarcarse con su familia para Perú, donde vivían parientes de su esposa madre del pintor. Ella era peruana precisamente. El padre murió repentinamente durante el viaje en el barco, hecho no poco traumático.
Los 7 años que vivió en Perú parecen haber marcado para siempre la existencia de Gauguin.
Él necesitaba aventuras, viajar, ver otros mundos. Y a los 19 años ya de regreso en París, se embarcó en un buque mercante como aprendiz. Llegó hasta la India.
Al tiempo regresó nuevamente a París.
Realizó varios viajes. Se hizo agente de bolsa. Y en uno de esos viajes conoció a una hermosa dinamarquesa.
Él tenía ya 25 años y se casó con ella. Aún no pintaba. Sólo le atraía adquirir cuadros.
Pero “quien nació para cantar no puede vivir en jaula…”.
Y comenzó él a pintar. Dejando su trabajo de agente de bolsa, y acosado por las deudas buscó a su mujer que lo había abandonado y que estaba residiendo en Dinamarca, con los dos hijos del matrimonio.
Allí en ese país nórdico pintó mucho, pero no lo valorizaron. Es que “para la sordera espiritual… no hay audífonos”.
Decidió regresar sólo, nuevamente a París. Sentía que había bajado un telón en su vida. Tenía ya casi cuarenta años. Deseaba volver a América. Y lo encontramos primero en Panamá y luego en la Isla Martinica, en el Caribe. Seguía pintando, como embriagado por el colorido lugareño. Pero el paludismo, y la pobreza apresuraron su regreso.
Y otra vez a París. Conoció allí al pintor Van Gogh. Una relación apasionada y destructiva los unió. Es conocida la anécdota en que Van Gogh, luego de una discusión con Paúl Gauguin se cortó una oreja.
El día que Gauguin cumplió 43 años tomó una decisión trascendental. Se iría a vivir y a pintar por supuesto a Tahiti, en la lejana polinesia.
Quería ver otro mundo y otros hombres. Y… otras mujeres. También digámoslo era un soñador y muy sensual, pese al dudoso episodio, con Van Gogh.
Allí en la isla conoció a una joven mestiza que le dio un hijo. La dejó entonces y encontró a otra mujer muy joven y otro hijo.
Él seguía pintando afanosamente los paradisíacos lugares de la polinesia.
Repentinamente la tuberculosis lo atacó. Pero él no se cuidaba. Volvió a Francia nuevamente pero ya no podía respirar ese aire. Lo sentía como enrarecido.
Regresó entonces a Tahiti. Otras mujeres, muy jóvenes se agregaron a su vida y otros hijos. Y ahora llevaba en su organismo la tuberculosis y además una sífilis.
En ese momento, decidió rebelarse contra las autoridades y no pagar impuestos. Corría el año 1903. Tenía 54 años. Al incitar también a los lugareños a no abonar los impuestos, fue encarcelado por rebelión.
Tres meses fue la condena. Y en la cárcel, sólo y lejos de todo, moría Paul Gauguin de una sobredosis de morfina un 8 de mayo de ese 1903.
Dejó pintados más de 100 oleos, 400 grabados en madera y docenas de esculturas.
Su vida envuelta en tragedia fue sólo después de su muerte, elevada a la gloria artística. Y este hombre de físico imponente y de temperamento exaltado, nos dejó en sus cuadros la armonía maravillosa de su pincel con el que podía lograr un colorido inimitable.
Y un aforismo final para Paul Gauguin: “Los elegidos poseen defectos comunes. Pero aptitudes diferentes”.
Lo llamaron el “Pintor Maldito”, quizá por su exótica forma de vivir, por su permanente afán de aventuras, por sus conflictos con las instituciones y con los hombres.
Fue un grande de la pintura. Pero está comprobado que “La inspiración no siempre armoniza con el equilibrio” y que la grandeza en la creación no significa grandeza en el creador.
Es que la vida diría, penosa de Gauguín, lo marcó desde su infancia. Nació en París en 1848, tiempo de revoluciones y luchas internas. Su padre, prestigioso periodista decidió para escapar del caos, embarcarse con su familia para Perú, donde vivían parientes de su esposa madre del pintor. Ella era peruana precisamente. El padre murió repentinamente durante el viaje en el barco, hecho no poco traumático.
Los 7 años que vivió en Perú parecen haber marcado para siempre la existencia de Gauguin.
Él necesitaba aventuras, viajar, ver otros mundos. Y a los 19 años ya de regreso en París, se embarcó en un buque mercante como aprendiz. Llegó hasta la India.
Al tiempo regresó nuevamente a París.
Realizó varios viajes. Se hizo agente de bolsa. Y en uno de esos viajes conoció a una hermosa dinamarquesa.
Él tenía ya 25 años y se casó con ella. Aún no pintaba. Sólo le atraía adquirir cuadros.
Pero “quien nació para cantar no puede vivir en jaula…”.
Y comenzó él a pintar. Dejando su trabajo de agente de bolsa, y acosado por las deudas buscó a su mujer que lo había abandonado y que estaba residiendo en Dinamarca, con los dos hijos del matrimonio.
Allí en ese país nórdico pintó mucho, pero no lo valorizaron. Es que “para la sordera espiritual… no hay audífonos”.
Decidió regresar sólo, nuevamente a París. Sentía que había bajado un telón en su vida. Tenía ya casi cuarenta años. Deseaba volver a América. Y lo encontramos primero en Panamá y luego en la Isla Martinica, en el Caribe. Seguía pintando, como embriagado por el colorido lugareño. Pero el paludismo, y la pobreza apresuraron su regreso.
Y otra vez a París. Conoció allí al pintor Van Gogh. Una relación apasionada y destructiva los unió. Es conocida la anécdota en que Van Gogh, luego de una discusión con Paúl Gauguin se cortó una oreja.
El día que Gauguin cumplió 43 años tomó una decisión trascendental. Se iría a vivir y a pintar por supuesto a Tahiti, en la lejana polinesia.
Quería ver otro mundo y otros hombres. Y… otras mujeres. También digámoslo era un soñador y muy sensual, pese al dudoso episodio, con Van Gogh.
Allí en la isla conoció a una joven mestiza que le dio un hijo. La dejó entonces y encontró a otra mujer muy joven y otro hijo.
Él seguía pintando afanosamente los paradisíacos lugares de la polinesia.
Repentinamente la tuberculosis lo atacó. Pero él no se cuidaba. Volvió a Francia nuevamente pero ya no podía respirar ese aire. Lo sentía como enrarecido.
Regresó entonces a Tahiti. Otras mujeres, muy jóvenes se agregaron a su vida y otros hijos. Y ahora llevaba en su organismo la tuberculosis y además una sífilis.
En ese momento, decidió rebelarse contra las autoridades y no pagar impuestos. Corría el año 1903. Tenía 54 años. Al incitar también a los lugareños a no abonar los impuestos, fue encarcelado por rebelión.
Tres meses fue la condena. Y en la cárcel, sólo y lejos de todo, moría Paul Gauguin de una sobredosis de morfina un 8 de mayo de ese 1903.
Dejó pintados más de 100 oleos, 400 grabados en madera y docenas de esculturas.
Su vida envuelta en tragedia fue sólo después de su muerte, elevada a la gloria artística. Y este hombre de físico imponente y de temperamento exaltado, nos dejó en sus cuadros la armonía maravillosa de su pincel con el que podía lograr un colorido inimitable.
Y un aforismo final para Paul Gauguin: “Los elegidos poseen defectos comunes. Pero aptitudes diferentes”.
