Cinco años pasaron. El martes se cumplió un lustro de la muerte de Diego Maradona. Parece mentira. Parece un mal sueño, trillado pero cierto. Los contemporáneos al Diez seguimos incrédulos. Diego no se murió. No puede ser.
Aquel 25 de noviembre de 2020, cuando la pandemia todavía salpicaba muchos hogares, la noticia paralizó el planeta. Fue un puñal en el globo de los futboleros. Con angustia, casi con temor pese a que se trataba de una de esas primicias que a muchos les gusta anticipar, empezó a correr la verdad: Diego sí había muerto.
Lo que siguió desde ese día a la fecha fue casi lo mismo que pasó cuando su figura trascendió al equipo de los Cebollitas. Desde que era un púber nadie pudo ya dejar de hablar del tipo. Ni cuando lo conocieron ni cuando dejó de existir. De la misma manera en que los hinchas, los medios, quienes lo amaban y odiaban hablaron antes, siguieron hablando después. El mito fue en vida y en muerte...
Siempre su nombre se expandió, se viralizó. Incluso cuando no existía internet. La desaparición física de Diego se hizo pandemia, estaba en todos lados hace cinco años. Y sigue estando hoy también. ¿Cómo puede ser? ¿Con cuántos famosos pasó algo semejante? ¿Cuánto tiempo más durará su muerte? ¿Cuánto puede durar la muerte de alguien?
Si antes de aquella jornada fatídica, ocurrida en la casa alquilada del barrio San Andrés, de Tigre, Maradona estuvo en boca de todos durante una vida entera, después también. Durante una muerte entera sigue estando, en diarios, radios, bares y redes sociales. Y eso lo mantiene vivo aunque muchos lo extrañen todos los días.
Nunca habrá uno igual. Ojo, la referencia es solo para el jugador de fútbol. El otro, el personaje polémico tan amado como odiado al mismo tiempo pero jamás ignorado, puede quedar fuera de estos párrafos. Cuando me preguntan por Diego, lo primero que viene a mi cabeza es su juego. Simplemente lo lúdico. Lo artístico.
No vi jamás algo parecido. No lo vi nunca. Quizá, y acá la absurda polémica, Leo Messi haya cosechado más... Más títulos, más dinero, más gloria. Pero si me preguntan quién de los dos jugaba mejor… me sale responder Diego. Me refiero estrictamente a lo que es jugar a la pelota. El pie y el elemento. El nene pateando. La magia, la varita zurda. La estética.
Messi los pasaba y los pasa, ya un poco viejo, por arriba. Es una máquina perfecta que hace ganar partidos. Un futbolista que, casi con seguridad, no podrá ser alcanzado por ningún otro. No se puede estar en la cúspide durante 20 años. Messi pudo, Diego no. Pero Pelusa tenía otra gracia cuando jugaba. Iba en patines.
Claro que se puede hablar de otros que tuvieron belleza combinada con eficacia, la historia del fútbol es muy rica en ese sentido. Es más, lo que sigue haciendo Messi es bello, ni se me ocurriría insinuar lo contrario. Pero no pinta como pintaba Diego sus cuadros. Los de Diego eran, todas, obras maestras. Parecía que no podía hacer goles feos. Ni poco importantes. No hacía el tercero, el cuarto. O también los hacía. Pero primero les hacía los dos goles a los ingleses para ganarles 2 a 1.
Y por eso el mundo hablaba de él y seguirá hablando, quien sabe hasta cuándo. Cuentan viajeros de viajes extremos, esas personas que gustan recorrer lugares remotos, que la sola palabra “Maradona” alcanzaba cuando el idioma imponía una barrera o el peligro acechaba. Que abría puertas a la tranquilidad. “Maradona”, en Afaganistán o El Cairo o la Polinesia, con ese apellido sobraba para acercar partes.
Imposible no recordarlo al Diego Eterno. Hoy es un edificio que se ve desde la autopista en el ingreso a la Capital, es serie de Netflix, libros, películas, documentales. Diego Eterno es juicio por su herencia, mausoleo prometido en Puerto Madero, jueza enjuiciada por querer sacar provecho de su trabajo… Diego sigue siendo eje de situaciones ridículas, espejo para buenos y malos. Luz que expone aún, desde quien sabe dónde, miserias y miserables. Por eso me quedo con el joven que acariciaba la pelota y la llevaba al lugar que quería, con el pechito inflado y la sonrisa mientras corría rulos al viento. Nunca vi nada igual. Y creo que nunca más lo veré.
