El análisis del día

Paradojas internas e influencia global

Contrariando el diagnóstico previo de la jefa del bloque libertario en el Senado, Patricia Bullrich, el oficialismo debió resignar ayer el polémico capítulo III del proyecto de defensa de la propiedad privada; ese capítulo, que habilitaba la venta de tierras a ciudadanos y empresas extranjeros, no contó con el esperado respaldo de las fuerzas aliadas.

 

ESPIRITU NACIONAL Y BROCHAZOS NACIONALISTAS

Ese punto del proyecto parecía controvertido ya cuando se presentó, pero su situación se volvió irremontable después del espíritu argentinista que vigorizaron los episodios del Mundial de Fútbol y la llamada “campaña antiargentina” que se lanzó casi coincidentemente con la victoria deportiva sobre Inglaterra y con la exhibición en el estadio de la bandera que reivindicaba la soberanía argentina sobre las Malvinas.

Mientras proponía un proyecto para facilitar la venta de tierras a extranjeros, inclusive en las fronteras, el presidente Milei denunciaba la existencia de una campaña internacional contra el país y atribuía reiteradamente responsabilidades al gobierno brasileño y a sectores del Partido Demócrata estadounidense. Asimismo el Poder Ejecutivo modificaba por decreto la legislación migratoria para habilitar sanciones contra extranjeros acusados de  agraviar al país.

Más allá de la discusión jurídica, la contradicción resulta reveladora. Expresa cambios en el clima político. Un gobierno que ha construido su identidad alrededor de la libertad individual, la reducción del poder estatal y el desdén por argumentos soberanistas, aparecía ahora recurriendo a un discurso con brochazos nacionalistas y a instrumentos regulatorios que habría cuestionado en otras circunstancias y que olvidaba en el proyecto de venta de tierras.

Parece el síntoma de un oficialismo que comienza a sentir el desgaste de la gestión y procura espasmódicamente fortalecer un relato identitario para conservar iniciativa política.

 

VARIACION DE CLIMA

Las variaciones de clima constituyen el telón de fondo de la etapa que atraviesa hoy la Argentina.

Las encuestas muestran un deterioro persistente de la imagen presidencial. La evaluación negativa del gobierno supera ampliamente a la positiva y la percepción sobre la situación económica personal también empeora. La inflación dejó de ocupar el centro absoluto de las preocupaciones cotidianas; hoy crecen inquietudes vinculadas con el empleo, el disgusto por el bajo nivel de actividad, los salarios y las dificultades para sostener niveles de consumo, que siguen deteriorándose. Ese desgaste no se señala únicamente desde la oposición. También se manifiesta dentro del propio oficialismo y en sectores que simpatizan claramente con la línea del gobierno.

Las diferencias públicas entre dirigentes de primera línea, las tensiones permanentes con la vicepresidenta Victoria Villarruel y la salida de funcionarios que habían acompañado el proyecto original revelan un proceso de fragmentación interna incentivado por los costos del ejercicio del poder.

Sería un error, sin embargo, interpretar estos síntomas como el anuncio de un cambio político inevitable.

La principal paradoja del momento argentino consiste precisamente en que, aunque el Gobierno pierde apoyo en la opinión pública, conserva una considerable capacidad para ordenar el debate económico.

Después de décadas en que el déficit fiscal, la emisión monetaria y la inflación convivían con relativa naturalidad dentro del sistema político, la administración Milei consiguió modificar algunas de las premisas centrales de esa discusión. El equilibrio de las cuentas públicas, la disciplina monetaria y la reducción de la inflación pasaron de ser banderas exclusivas del oficialismo a convertirse, con distintos matices, en objetivos compartidos por buena parte del arco político.

Ese desplazamiento constituye probablemente la transformación más profunda producida desde 2023.

La discusión ya no enfrenta a quienes desean estabilidad con quienes prefieren inflación. Esa alternativa perdió vigencia. El debate comienza a organizarse alrededor de otra pregunta: cómo preservar la estabilidad macroeconómica y, al mismo tiempo, recuperar crecimiento, producción y empleo.

Numerosos sectores industriales enfrentan dificultades para competir en un contexto de apertura comercial y apreciación cambiaria; el empleo privado muestra escaso dinamismo y amplios sectores sociales no perciben todavía mejoras concretas en su situación cotidiana. La estabilidad, condición necesaria para el desarrollo, todavía no se traduce en una expansión suficientemente vigorosa de la producción ni en una recuperación sensible de los ingresos, ni, para una amplia mayoría, en incremento de la capacidad de consumo.

En ese  contexto el Gobierno ha fijado como prioridad política la lucha por la reelección. Analistas que respaldan el rumbo oficial miran las cosas con preocupación. "Creo que la reelección del Presidente depende de que el resto de la economía crezca al menos 2% de acá en adelante, considera, por caso, Miguel Ángel Broda. ¿Va a crecer ese 2%? Lo veo difícil, porque los motores están muy averiados".

Otro especialista apreciado en la Casa Rosada, Ricardo Arriazu, observa con inquietud los tiempos que requiere la concreción de las reformas de Milei: “Esto va a generar bolsones de descontento, bolsones de desempleo y de pobreza, justo en la zona políticamente más intensa”. Para Arriazu es preciso que el gobierno practique política económica más que esperar un automatismo de los mercados; “se trata de un fenómeno que requiere estudio y una respuesta de política pública, no una resolución espontánea. Hay que pensar cómo se resuelve el problema. Hay que pensarlo”, dijo ante una audiencia empresarial. 

 

OPOSICION FRAGMENTADA

Milei puede exhibir éxitos relevantes en materia macroeconómica, pero encuentra crecientes dificultades para convencer a una parte de la sociedad de que esos avances mejorarán efectivamente su vida cotidiana.

Sin embargo, esa pérdida de apoyo no encuentra todavía un beneficiario claro.

La oposición está fragmentada y carece de un programa alternativo consistente. Las distintas expresiones del peronismo, el radicalismo y los sectores surgidos de la antigua coalición de Juntos por el Cambio coinciden en señalar los costos sociales del ajuste, pero aún no consiguen ofrecer una síntesis convincente entre estabilidad macroeconómica y desarrollo productivo.

Ese vacío explica por qué, a más de un año de la elección presidencial, el escenario permanece abierto.

 

TRES EPISODIOS INFLUYENTES

Las proyecciones electorales muestran un oficialismo lejos de la fortaleza que exhibía al comienzo de la gestión, pero también una oposición incapaz por ahora de consolidar una alternativa competitiva.

En ese contexto, tres acontecimientos internacionales contribuirán a moldear el clima político argentino durante los próximos meses.

El primero será la elección presidencial brasileña.

Brasil continúa siendo el principal socio económico de la Argentina. La disputa entre Lula da Silva y la candidatura que representa al bolsonarismo no definirá únicamente el rumbo del mayor país sudamericano; también influirá sobre el equilibrio ideológico del Mercosur y sobre el margen de acción internacional del gobierno argentino.

El comportamiento de Milei en su reciente visita a Brasil y su insistencia en los ataques al presidente de ese país han disparado una crisis diplomática que se agravó. La Casa Rosada y sus voceros alegan que Milei, al viajar a dar su apoyo a Flavio Bolsonaro, no hizo nada demasiado diferente a lo que en su momento hizo Lula respaldando a Alberto Fernández o visitando a Cristina Kirchner después de su condena. Pero lo que se le imputa a Milei no es un presunto delito de opinión, sino el maltrato y las ofensas inferidas al Presidente de Brasil y a un juez de la Corte. Una victoria de Lula en octubre consolidaría un liderazgo regional contrapuesto al impulsado por Milei, que se siente naturalmente destinado a monitorear una red latinoamericana de gobiernos y movimientos políticos afines con Donald Trump y quiere anotarse el mérito de incorporar a un Bolsonaro victorioso. 

Pocos días después del comicio brasilero tendrán lugar las elecciones legislativas de medio término en Estados Unidos. Donald Trump constituye hoy el principal aliado internacional de Milei y la administración del republicano  enfrenta un escenario más complejo que el de comienzos de año. La guerra iniciada contra Irán viene durando mucho más de lo que la Casa Blanca predijo, incrementó significativamente el gasto militar de su país. Elevó los precios internacionales de la energía (particularmente el de la gasolina para los automovilistas estadounidenses) y generó tensiones dentro de un electorado que había acompañado al republicano con la expectativa de una agenda concentrada en las cuestiones internas y alejada de aventuras militares exóticas.

Si, como anticipa la mayoría de las encuestas, el Partido Republicano sufriera un retroceso importante en noviembre, decaería proporcionalmente el peso político de uno de los principales respaldos del gobierno argentino.

Finalmente, durante ese mismo mes de noviembre, León XIV realizará su primera visita a América del Sur, incluyendo una escala de varios días en la Argentina.

El viaje excede ampliamente la dimensión religiosa. Representará un acontecimiento político y cultural de enorme impacto simbólico. Después de años de una relación compleja entre Javier Milei y la Iglesia Católica, la presencia del Pontífice ofrecerá una imagen de convocatoria nacional difícil de ignorar en medio de una sociedad atravesada por las tensiones económicas y por el inicio anticipado de la campaña presidencial. Es a priori, obvio, que hay una marcada distancia entre los principios que orientan la gestión libertaria y la Doctrina Social de la Iglesia que encarna León XIV. La presencia del pontífice estimulará, probablemente, la emergencia de los valores y las corrientes profundas que discurren en el alma de la multitud, cuya intensidad sólo se percibe excepcionalmente.

Aunque ninguno de esos episodios que confluyen, prácticamente en el mismo momento del calendario, determinará por sí mismo el resultado de la elección argentina,  todos contribuirán a configurar el contexto político en el que esa elección empezará verdaderamente a decidirse. Por eso, es posible que a partir de finales de este año el paisaje político empiece a mostrar otra configuración y otro balance.

 

PARADOJA ARGENTINA

La paradoja argentina puede resumirse en una frase. El Gobierno llega al segundo tramo de su mandato simultáneamente más fuerte y más débil. Más fuerte porque consiguió instalar un nuevo consenso alrededor de la estabilidad macroeconómica, el equilibrio fiscal y el combate contra la inflación. Más débil porque todavía no logra convertir esa estabilidad en crecimiento sostenido, empleo de calidad y expectativas compartidas de progreso.

Esa tensión atraviesa hoy a todo el sistema político. El oficialismo conserva la iniciativa intelectual en materia económica, pero pierde apoyo social. La oposición registra el desgaste del gobierno, aunque todavía no consigue articular una propuesta capaz de combinar disciplina macroeconómica con desarrollo productivo y cohesión social.

El fenómeno más importante de estos años no sería que Milei conserve apoyo electoral, sino que ya ha conseguido desplazar el centro de gravedad del debate económico argentino, constituyendo una nueva hegemonía cultural, que no incluye toda su receta ideológica, sino los tres o cuatro puntos de sentido común que hasta su irrupción el sistema político tradicional había desdeñado o ignorado.

En definitiva, la elección de 2027 probablemente no enfrentará dos modelos económicos antagónicos, como ocurrió en otras etapas de la democracia argentina. La verdadera disputa será otra: quién logra administrar con mayor eficacia un consenso nuevo -el de la estabilidad- y, al mismo tiempo, ofrecer una respuesta creíble a la demanda persistente de crecimiento, empleo, movilidad social, solidaridad y bienestar que todavía evoluciona en silencio. Allí reside el verdadero interrogante de la política argentina.