IDEAS PARA UNA NUEVA ARGENTINA

Para continuar hay que saber convencer

La lucha contra el kirchnerismo no puede librarse con los antiguos instrumentos de la negociación política ni con las fórmulas partidarias tradicionales. El Gobierno se enfrenta a una concepción del poder profundamente arraigada, sectaria y resistente a las reglas del juego político cuando estas amenazan sus privilegios y su visión del Estado.

Por eso, el futuro de la República no dependerá solamente de la capacidad técnica para resolver determinados problemas económicos o sociales, lo hará, fundamentalmente, del carácter de sus gobernantes, de la capacidad para ejercer el coraje civil necesario para enfrentar una mentalidad socializante que, durante décadas, ha debilitado las instituciones, distorsionado los incentivos y erosionado la cultura de la libertad.

Aunque se necesita carácter para enfrentar a una oposición muy dura, confundir firmeza con agravio termina erosionando la autoridad que se pretende construir. Se puede ser firme y claro sin necesidad de agredir a todo el mundo.

La fortaleza política también se mide por la capacidad de escuchar, negociar y sostener apoyos. Un presidente mantiene la firmeza cuando no confunde autoridad con agresividad. Frente a una oposición que obstruye o confronta, puede responder con claridad, datos y determinación: explicar qué quiere hacer y por qué lo considera necesario.

Puede elevar el tono político cuando sea inevitable, pero sin que el grito sustituya al argumento. La firmeza se demuestra, sobre todo, manteniendo el rumbo, cumpliendo las reglas institucionales y respondiendo a las críticas con razones.

La oposición no es solamente el adversario que hay que vencer, también es una parte de la sociedad que el Gobierno debe intentar convencer. Por eso, cuanto más dura sea la oposición, más necesario es que el presidente conserve claridad, autocontrol y capacidad de explicar sus decisiones.

EL MERCADO

Por otro lado, la sociedad tiene que entender que la modernidad exige organizar su economía sin prescindir de los mecanismos espontáneos de coordinación que proporcionan la competencia y la libre formación de los precios.

El mercado no es una institución perfecta, pero constituye un mecanismo indispensable para transmitir información, coordinar decisiones y orientar los recursos. Esto vale para todos los mercados, incluido el mercado de cambios.

Cuando el poder político pretende sustituir sistemáticamente esos mecanismos por controles, regulaciones discrecionales, privilegios y dirigismo, no está simplemente interviniendo en la economía, está destruyendo una de sus principales fuentes de coordinación. El resultado es una economía cada vez más rígida, improductiva y dependiente de decisiones políticas.

De allí la verdadera dimensión de la batalla que enfrenta la Argentina. No se trata simplemente de elegir entre distintos programas económicos. Se trata de decidir qué concepción de sociedad prevalecerá: una sociedad fundada en la libertad individual, la competencia, la responsabilidad y un marco normativo común, o una sociedad en la que el poder político pretenda determinar quién produce, quién recibe, quién puede comerciar y qué precios son legítimos.

Si el kirchnerismo o cualquier otra fuerza política que sostenga estas concepciones volviera a gobernar, la Argentina correría el riesgo de regresar a un camino conocido: nuevas frustraciones para una sociedad que lleva décadas soportando las consecuencias de políticas dirigistas.

El problema no termina en el kirchnerismo, también dentro del resto de la oposición persisten concepciones nacionalistas, estatistas, proteccionistas y dirigistas. Muchos legisladores y gobernadores, aunque se presenten como adversarios del kirchnerismo, continúan aceptando buena parte de las ideas que hicieron posible su predominio.

La verdadera transformación de la Argentina exige, por lo tanto, algo más profundo que un cambio de gobierno, exige un cambio de ideas. Y, sobre todo, exige gobernantes dispuestos a defenderlas con firmeza cuando sean atacadas por los intereses establecidos.

PELIGRO

El futuro de la República dependerá, en última instancia, de que exista el carácter necesario para sostener la libertad allí donde durante demasiado tiempo prevalecieron el privilegio, el dirigismo y la dependencia del poder político.

No hay exageración alguna en lo que afirmo. Si los sectores ideológicos a los que me he referido alcanzaran el poder, la tarea comenzaría de inmediato. Es fácil, en ese caso, anticipar el curso de los acontecimientos y prever su desenlace final: el socialdirigismo entraría en acción con sus rudimentarias y elementales técnicas: el control de precios, las exhortaciones a empresarios y obreros y las persecuciones a pequeños comerciantes e industriales.

Ya hemos sufrido en el país la congelación y el control de precios, y el resultado ha sido siempre el mismo: escasez, colas para conseguir los bienes más indispensables de la vida diaria, mercado negro, evasión de impuestos e inmoralidad entre los comerciantes. Como telón de fondo, la inevitable declinación del nivel de vida.

En un ámbito más amplio, el Gobierno además de controlar al Banco Central desarrollaría una formidable burocracia destinada a perseguir y desalentar el espíritu creador de los hombres de empresa. Ya hemos vivido un largo período en el que se manifestaron plenamente la corrupción y los privilegios que ese sistema engendra.

Hay actitudes y demandas que dificultan los esfuerzos del Gobierno por encaminar al país hacia la recuperación. La propaganda del gobierno anterior y la repetición sistemática, durante muchos años, de determinadas prácticas han dejado una huella profunda en la sociedad.

Casi imperceptiblemente han contribuido a instalar una manera de pensar que condiciona incluso a muchos de quienes, en principio, parecerían estar más alejados de cualquier tendencia autoritaria.

Aún hoy, desde distintos sectores se reclaman mayores controles sobre los precios y una intervención más intensa en la actividad económica. Se proponen aumentos generalizados de salarios simplemente porque el costo de vida ha aumentado, sin considerar que una parte sustancial de esa pérdida de poder adquisitivo es consecuencia de años de desequilibrios y de desorden económico.

Y se olvida algo fundamental: ningún gobierno puede otorgar de manera permanente una mejora que la economía no está en condiciones de generar.

Se mira con desconfianza el estímulo a la iniciativa privada y se tiende a considerar que todo aquello que no pase por los mecanismos burocráticos del Estado es, por definición, sospechoso.

De este modo, desde los más diversos sectores se ejerce presión para que el Gobierno continúe aplicando políticas que, en lo esencial, no se diferenciarían de aquellas que condujeron al deterioro que ahora se intenta superar.

El desafío consiste precisamente en romper con esa lógica.

La recuperación no puede basarse en reproducir las mismas prácticas que contribuyeron a generar el problema. Requiere restablecer reglas, recuperar los incentivos para producir e invertir y devolver a la iniciativa privada un papel central en la creación de riqueza y oportunidades.

No se trata de negar la función del Estado, sino de reconocer sus límites. Un Estado eficaz debe garantizar las reglas, proteger los derechos y atender las necesidades que le corresponden, pero no puede sustituir indefinidamente a la sociedad ni pretender crear, mediante decisiones administrativas, la riqueza que solo puede surgir de la producción, la inversión, el trabajo y la iniciativa de las personas.

Por eso mismo aunque corregir errores es necesario, lo fundamental es no abandonar el rumbo liberal, seguir con las reformas que pueden impulsar la inversión, el crecimiento, y una Argentina más libre. Hasta ahora el gobierno actual es el que mejor se perfila para hacerlo pero tendría que cambiar las formas para ampliar el apoyo social.