EL HITLERISMO NO HABRIA PROSPERADO SIN AYUDA DE LAS POTENCIAS LIBERALES
Otra mirada a la Alemania nazi
POR NICOLAS LEWKOWICZ *
A casi un siglo de la llegada al poder del nacionalsocialismo en Alemania, urge proyectar una mirada sobre el tema que incluya necesariamente tanto a “culpables” como “facilitadores”.
Para empezar, y sin querer entrar en un facilismo interpretativo de índole económico, el Partido de la Guerra, constituido por fuerzas multinacionales interesadas en promover destrucción para incrementar utilidades, ya había tomado las riendas de la gobernanza mundial al menos desde el inicio de la Primera Guerra Mundial.
En ese contexto, se sabía instintivamente que Alemania no podía (ni puede) dominar el continente europeo y que cualquier eliminacionismo esotérico promovido por Hitler serviría fundamentalmente para disolver lo que quedaba de vida tradicional en la Europa de entreguerras y reencauzarla en un sistema liberal facilitado por los Estados Unidos, heredero este del alicaído Imperio Británico.
El rearme alemán, que ya había comenzado en mayor o menor medida desde el fin de la Primera Guerra Mundial, y que estaba ligado a la industria armamentista de las democracias liberales, se convierte en el motor necesario para promover la destrucción masiva del continente europeo.
Por eso el Reino Unido y Francia claudican en la Conferencia de Múnich en 1938, a pesar de estar en condiciones favorables para ganar una breve y correctiva guerra y sabiendo de la posibilidad de un inminente reemplazo de Hitler por alguna figura oportunista del nacionalsocialismo, tipo Hermann Göring o Heinrich Himmler (quienes negociaron a espaldas de Hitler con el Reino Unido en forma permanente) o bien por alguien del campo conservador, como el General Ludwig Beck.
Hitler fue utilizado por los poderes internacionalistas como un elemento de destrucción, cosa de crear una discontinuidad histórica que mantenga a Alemania en permanente estado de cuarentena geopolítica y sujeta a los designios del marco liberal anglosajón.
Las potencias liberales fueron dándole cabida a las pretensiones geopolíticas de Hitler hasta 1940 para poder luego apoderarse de Alemania desde los escombros creados por el Göttdämmerung hitleriano.
En el contexto del proceso de destrucción, otra faceta fundamental para entender a la Alemania nazi es el rechazo al cristianismo como forma de vida. Para Hitler, el cristianismo estaba contaminado de judaísmo. Además, la fe cristiana obstaculizaba la idea de la obediencia al líder, e impedía la posibilidad de llevar actos de crueldad absoluta, como los observados en la Guerra de Aniquilación perpetrada contra la Unión Soviética y la implementación de un sistema de campos de concentración y exterminio, ideados originalmente para desplazar del espacio publico a opositores y a la población polaca no judía (en el caso de Auschwitz).
ELIMINACIONISMO
Hay una veta eliminacionista que necesariamente impregna la mirada sobre la Alemania nazi. El eliminacionismo empieza con la implementación de la Acción T4 en 1939. Entre 200.000-300.000 alemanes con discapacidades físicas y mentales fueron eutanasiados con métodos industriales y desapasionados. Solo la intervención de la Santa Sede y sacerdotes como el Beato Clemens August von Galen, Obispo de Münster, impidieron la continuación de las masacres en territorio alemán.
Por otra parte, se olvida frecuentemente que en la Conferencia de Wannsee de 1942 no solamente se planea aniquilar a los once millones de judíos de Europa y África del Norte sino también eliminar a la nación polaca. La aniquilación de la intelligentsia polaca inmediatamente luego de la invasión alemana se estima entre 60.000-100.000 personas.
Cabe acotar también que el Plan Backe preveía la posibilidad de hambrear decenas de millones de ciudadanos soviéticos so pretexto de poder alimentar a los soldados alemanes. El Porrajmos (“destrucción”) del pueblo gitano—arios ellos— cobró cientos de miles de victimas por vía de la exterminación y la esterilización.
Del eliminacionismo no se salvaban ni propios ni ajenos: la Orden Nerón, propulsada por Hitler en 19 de marzo de 1945, y desobedecida por altos mandos como Albert Speer, Ministro de Armamento y Producción Bélica, decretaba la destrucción total de la infraestructura física de Alemania.
OBEDIENCIA
El eliminacionismo estaba fuertemente conectado al Führerprinzip, principio de obediencia absoluta al jefe, ilusión necesaria que permitía a los distintos actores que operaban en la Alemania nazi conseguir sus objetivos.
El poder político y económico acumulado por la SS (Escuadrón de Protección), el cual derivó en una fuga de capital importantísima luego del fin de la guerra por parte del aparato industrial alemán (en consuno con el aparato de inteligencia e intereses privados estadounidenses), indica la tendencia a supeditar los intereses económicos a cualquier circunstancia política en el plano internacional. Cabe destacar que esta privatización del poder se convertiría en uno de los principales nodos de la vida internacional luego del fin de la contienda.
El movimiento nazi toma el poder no como movimiento popular sino como vehículo para promover los intereses del aparato industrial, que ya desde el fin de la Primera Guerra Mundial operaba para rearmar a Alemania, en consuno con los poderes internacionalistas. El nacionalsocialismo no era, en términos prácticos, un movimiento ni “socialista” ni “comunista”.
Si bien el nazismo viraba hacia la “derecha” en algunas cuestiones, estaba desprovisto de componentes tradicionalistas; necesariamente ligados al cristianismo que Hitler detestaba. Cualquier atisbo “socialista” de Hitler termina definitivamente en la Noche de los Cuchillos Largos en junio-julio de 1934, cuando este transa con el sistema industrial alemán (y por ende global), y purga cualquier tendencia social y revolucionaria en el plano interno.
LA USURA
Hitler no desplazó a la usura internacional del sistema económico alemán. Alemania repudió el pago de la deuda externa en 1933. La reconstrucción económica se basaba en rearmar al país con una serie de pagares (MEFOs) a plazo indefinido que terminan en manos de los industrialistas alemanes, ligados estos a intereses extranjeros.
El armamento producido debía ser utilizado; como lo marcaba el Plan Cuatrienal de 1936-1940, dirigido por Göring. Hacia 1938, con una economía recalentada y con una inflación apenas contenida, no había otra posibilidad que expandirse, lo que dio motivo a la anexión de Austria en 1938 y Checoslovaquia en 1938-1939.
Las preferencias de Hitler en el campo estratégico se aseguraban comprando las voluntades del alto generalato alemán, en su mayoría de origen aristocrático (y por ello vilipendiado por Hitler) por la vía crematística.
Según el testimonio de Hans Lammers, Jefe de la Cancillería Alemana durante todo el mandato de Hitler, se estima que el generalato alemán percibía un total de medio millón de dólares a precios actuales de manera anual. Esto explica, de alguna manera, por qué no hubo una intentona exitosa de sacar a Hitler del poder y reemplazarlo con alguien que pudiera negociar con los aliados, sobre todo luego de la debacle de Stalingrado en 1943.
CULPABILIDAD
Luego del fin de la contienda vendrían los juicios de Nuremberg, los cuales además de exponer crímenes contra la humanidad, pusieron de manifiesto la necesidad geopolítica de imponer una culpabilidad a Alemania divorciada de la responsabilidad de las fuerzas liberales y del capital concentrado de facilitar el curso de los eventos eliminacionistas ejecutados por Alemania y sus aliados.
Los juicios de Nuremberg (1945-1946 y 1946-1949) no deja entrever a simple vista la responsabilidad de los “buenos” en facilitar el proceso eliminacionista y en aplastar la tradición europea centrada en un ethos cristiano.
Las potencias liberales facilitaron el proceso de destrucción, promoviendo el rearme alemán y proveyendo a Hitler material bélico durante la guerra; haciendo la vista gorda a la legislación que lo prohibía. Las democracias liberales permitieron a Alemania el acceso al sistema financiero internacional durante la guerra, a través del Banco de Pagos Internacionales. También permitieron el escape de tecnología y material industrial, además de cuantiosas cantidades de dinero, reabsorbidos luego de la guerra en un sistema de libre comercio dominado por los Estados Unidos.
Alemania pecó colectivamente de aferrarse a la ilusión de un “camino especial” haciendo uso de una moral categórica despojada de la tradición cristiana. La culpabilidad alemana pasa por la connivencia (y hasta el entusiasmo) en la ejecución de actos eliminacionistas que afectaron a propios y ajenos. Y también por la tendencia germánica de buscar ajustar los actos morales a categorías éticas universalistas que no permiten diferenciar la paja del trigo.
No obstante ello, es imposible juzgar al nacionalsocialismo alemán sin hacer hincapié en la responsabilidad de las potencias liberales de facilitar la destrucción masiva del continente europeo para luego sujetarlo a sus intereses económicos y geoestratégicos.
* El Dr. Nicolás Lewkowicz es académico de numero de la Royal Historical Society y autor de dos libros acerca de la “cuestión alemana” (https://shorturl.at/OYDTd).
