Quizá una de las pocas excepciones a este aforismo hayna sido las de Cervantes y Shakespeare, aunque ellos conocieron incluso la cárcel, pero por haber cometido delitos de pequeña envergadura y llegaron a ser famosísimos. Cervantes con el “Quijote” y Shakespeare con varias de sus obras, “Romeo y Julieta” entre ellas.
Pero hay una cantidad apreciable de escritores, a los que llamaría “Los Grandes Olvidados”, que supieron hacer volar sus sueños.
Y quiero referirme a un hecho que puede parecer paradojal. Hay obras literarias, que habiendo alcanzado difusión casi universal, no han conseguido para sus autores, que esos mismos reflectores que alumbraron sus libros, los iluminaran a ellos con idéntica intensidad.
Y en consecuencia los verdaderos artífices de obras muy famosas, han permanecido, con leves diferencias individuales, casi en la penumbra.
Y el cine fue fundamentalmente quien contribuyó a esta circunstancia tan curiosa e injusta.
Desde ya que no jugó solamente el valor intrínseco de la creación intelectual.
Pero aún en las obras realmente valiosas, el factor escritor ha quedado –quizá involuntariamente- relegado.
Inglaterra nos brinda numerosos ejemplos.
¿Quién no ha oído mencionar el libro “Alicia en el País de las Maravillas”?. Pero no todos conocen a su autor Lewis Carroll, matemático y diácono de la Iglesia Anglicana.
También se conoce más el libro o la película “Los Últimos Días de Pompeya” que a Bulwer Lytton, su autor.
Y lo mismo pasa con “Adiós Mr. Chips”. Pocos recuerdan a James Hilton, su creador.
¡Cómo no tener presente al famoso “Capitán Blood”!.
Era un héroe al que cerraban con mil candados, olvidando sus carceleros que él era su propia llave. Su autor Rafael Sabattini, poco recordado actualmente, escribió su producción en inglés (era de padre italiano y madre inglesa). Y pocos conocen al escocés James Barrie (1860-1937), pero muchos a “Peter Pan, su libro más difundido.
Nos hemos referido a escritores ingleses. En Estados Unidos la “Meca del Cine” hay también numerosos ejemplos.
Mencionaré el de James Fenimore Cooper. Su nombre es menos conocido que su libro “El Último Mohicano”.
Un caso curioso es el de la autora de una sola novela, que llevada al cine en 1940, significó para ésta 15 millones de ejemplares vendidos y el Premio Pullitzer, una especie de Premio Nobel en su país.
Así y todo “Lo que el Viento se Llevó”, su libro, superó con creces la fama de su autora: Margaret Mitchell.
En alguna medida se parece al caso de James Jones con su “De Aquí a la eternidad”.
En ella el autor nos muestra que el sentimiento que inspira nuestro dolor, es siempre inferior a nuestro dolor y que si bien no cabe esperar nada del hombre, puede esperarse mucho de algunos… hombres.
Y continuando con escritores de los EE.UU., otro caso es el de “Sangre Negra”, un alegato a favor de la comprensión entre los seres y una demostración irrefutable que en la diversidad de los hombres y de las razas, reside el secreto del arte, de la ciencia, del avance de la civilización.
“Sangre Negra”, casi ocultó la figura de su autor, el dramaturgo Richard Wright.
El escritor Herman Melville, tuvo más suerte. Su “Moby Dick” escrita a los 32 años, no sólo no lo relegó, sino que se lo considera hoy, la figura más profunda y vigorosa de la novelística americana del siglo XIX.
Lewis Wallace fue un personaje multifacético. Hijo del gobernador de Indiana –donde nació- fue abogado, diplomático en Turquía, militar y senador.
Pero su “Ben-Hur”, novela de fondo histórico, lo sobrepasó.
No sólo escritores ingleses y norteamericanos figuran en la lista de “Grandes Olvidados”.
Los hay franceses como Pierre Boulez, que escribió “El Puente Sobre el Río Kwai” donde nos muestra con meridiana claridad que “en las guerras no hay soldado sin heridas”.
Y ninguno de los autores mencionados en esta nota que pudo ser mucho más amplia, alcanzaron “la cima de la gloria personal, que muchas veces es un precipicio”.
La mayoría de ellos dejaron que los haces de luz iluminaran su obra y no sus rostros; algunos por modestia, otros por circunstancias.
En nuestro país no se dio idéntica circunstancia quizá, con las excepciones de “Don Segundo Sombra” más recordado que su autor Ricardo Güiraldes o de “Santos Vega” más conocido que su autor Hilario Ascasubi.
En cambio Sarmiento no tiene menos fama que su extraordinario libro “Facundo” ni José Hernández goza de menos popularidad que su “Martín Fierro”.
