- Les voy a leer un cuento que escribí para que me lo critiquen –les dije con confianza a los chicos. Y arranqué nomás:
Había una vez un rey…
- ¡Ya empezaste así otra vez, abuelo! –dijo uno.
- ¡Lo oímos mil veces...! –saltó la objetora de siempre.
- Ehh… reinos hubo mucho y más reyes todavía, ni empecé para que ya me estén cuereando. Empiezo de nuevo, pero tengan paciencia.
“Había una vez un rey que tenía dos hijos mellizos. De aspecto eran casi idénticos, pero sus almas no, eran muy distintos. Uno era sumamente formal. Bien vestido, elegante, cumplidor hasta el extremo de las normas y protocolos reales. Tan correcto que parecía un puritano…
- Ya te fuiste al pasto de nuevo… ¿qué es eso?
- Tenés razón… cuando tenés razón, tenés razón. La objeción es buena, pero la dejamos para charlar en el final. Sigo.
El otro hijo era todo lo contrario: informal hasta el extremo, muy dado a la diversión, desordenado y medio vicioso, cosa que en el castillo del rey era muy escandaloso.
- ¿Los reyes no viven en palacios?
- Me animaría a decirte que los reyes buenos vivían en castillos, porque “el palacio” es algo decadentón… donde hay amor al lujo, se cuela el enemigo.
- Pero ya no hay más castillos para vivir...
- Para el caso, tampoco reyes buenos…
- ¿Y presidentes?
- Menos todavía. Pero, si no volvemos al cuento, no terminamos más. Este era un rey bueno que vivía en un castillo… Listo.
- …y tenía dos hijos, uno bueno y otro malo –ya el mayor se iba impacientando. Pero yo debo ser fiel a la verdad… aunque el cuentista chille.
- Pero yo no dije eso. Quise decir que uno era exageradamente amante de lo correcto y otro exageradamente lo contrario.
- Pero no lo dijiste así
- Bueno. Lo explico bien entonces. ¡Aguántensela! El principio moral básico que explicó el viejo Aristóteles, un filósofo griego, y que perfeccionó Santo Tomás de Aquino, señala que las virtudes son hábitos buenos y a lo contrario, los hábitos malos se los llaman vicios. Y esos hábitos ponen “orden” en nuestras vidas. A ver, díganme una virtud cualquiera.
- ¡La fortaleza! –dijo el mayor de los nietos. Su hermana, en cambio, apostó por la que busca siempre:
- ¡La Justicia
Algún lector estará leyendo esto con suspicacia, pero yo doy fe de que, a mis nietos, todavía los educan en virtudes, que es la única forma de educar. O sea, los educan en hábitos buenos. Y si me chumbean hablando de valores, les aclaro que no es lo mismo. De un lado tenemos objetividad moral, del otro, la aceptación subjetiva de normas variables. Los valores son elecciones personales o sociales, no así hábitos, que responden a la ley natural. Claro que pocos creen hoy en la Ley Natural y así les va. Tomá mate y avivate. Pero volvamos a los nietos.
- Bien, analicemos las dos. En ese orden. La Fortaleza, es la virtud que una vez que conocemos cuál es el bien que queremos, nos hace obrar buscándolo cueste lo que cueste. ¿Cómo llamamos a una persona que no tiene esa fortaleza y, aún sabiendo que el bien es algo que siempre cuesta, tiene adentro suyo algo que se lo impide?
- Miedosa.
- Exacto. Cobarde, temerosa. Pero, ¡atenti! El miedo es natural frente a un peligro, pero un miedoso es el que se deja dominar dejando de buscar el Bien. Pero ese sería lo contrario de la fortaleza “por carencia”, “por defecto” se dice en moral. Hay otro extremo que suena parecido y lo llamamos “temerario”. Es contrario por exceso. Como derrocha fuerza, cae en la imprudencia del exagerado. No mide las consecuencias porque directamente no tiene la conciencia del peligro que le daría el miedo. Los dos, por ejemplo, serían muy malos soldados en una batalla. Vayamos al otro ejemplo: la justicia. ¿Cómo se llama a alguien que no le da a cada uno lo que debiera darle?
- Injusto.
- Bien. Y eso no depende de mi gusto o inclinación, depende del hecho. No sería un “valor” al que adhiero, sino, como les decía una acción que debemos ejercitar.
- ¿Y los hijos del rey? –ya los chicos estaban aburridos de tanta teoría.
- Ambos eran injustos, faltos de fortaleza y templanza… imprudentes.
- ¡Los mataste! ¿Cómo era la historia?
- No, antes de contárselas tendré que explicar lo anterior. Ustedes son los que me distrajeron. Les explico. Los dos hijos del rey eran, cada uno a su manera, carentes de virtudes. Porque, en el fondo, las virtudes son equilibradas y no se puede alcanzar una y carecer de las demás.
El formal, ese que parecía un “puritano”, caía en un feo exceso: su amor desmedido por las normas lo hacía injusto, porque no sabía distinguir entre el orden y la tiranía.
- ¿Qué era entonces un puritano?
- Alguien tan obsesionado con la corrección que se olvida de qué es lo correcto. ¿Se entiende?
- Nada…
- Bueno, podría decirles que es alguien que se queda en la cáscara del portarse bien… en lo puramente exterior, cuando lo importante es que lo exterior refleje lo que cada uno lleva en el interior, ¿ahí mejor?
- Apenitas mejor… - si ustedes hubiesen visto con la cara que me lo dijo mi nieta mayor se hubiesen reído. Yo no. Pero en ese momento se oyó la bocina que tocaba su madre para buscarlos, así que traté de cerrar alguna idea, aunque sea, para que no todo sea un fracaso.
- El otro hijo, el desordenado, en cambio, hacía gala de su falta de templanza, lo que lo hacía injusto también, porque confundía la libertad con su desorden. La fortaleza, como vimos, es no ser ni temerarios, ni cobardes. La justicia nos obliga a no ser rigurosos hasta la crueldad, ni permisivos hasta la anarquía. La templanza que modera los placeres, nos lleva a no ser gobernados por ellos, pero tampoco despreciarlos. Pero tienen que recordar que todas esas virtudes que llamamos morales las dirige la más importante: la prudencia. Y prudente es el que piensa antes de obrar cuál es el bien verdadero que debe alcanzar –y sí, pasó lo que ustedes se están imaginando: ya no me prestaban ni un poco de atención, así que cerré el “no cuento” con una promesa que no sé si podré cumplir:
- La historia de los dos hermanos fue terrible… Si ellos se hubiesen llevado bien, hubiesen podido aconsejarse mutuamente. Pero, no, se despreciaban y miraban con recelo. ¡Pobres príncipes, pobre el rey y pobre el reino! Pero, mejor ahora no les cuento nada más, porque si no, no van a poder dormir…
- ¡Abuelo!
