Nuria, la guardiana silenciosa de la memoria de Gardel

Por Walter Santoro (*)

El pasado 27 de mayo falleció Nuria Eulalia Andrea Cortada de Fortuny. Tenía 85 años. Para muchos, su nombre quizá resulte desconocido.

Sin embargo, para quienes dedicamos nuestra vida a preservar la memoria de Carlos Gardel, su partida representa la desaparición de una de las últimas protagonistas directas de una historia que atravesó casi un siglo.

Nuria no fue una figura pública. No buscó reconocimientos ni protagonismos. Vivió la mayor parte de su vida alejada del mundo del tango, de los homenajes y de los escenarios.

Sin embargo, durante décadas custodió, casi sin saberlo, una parte fundamental del patrimonio histórico de Carlos Gardel.

Tuve el privilegio de conocerla hace algunos años. Lo que comenzó como una búsqueda histórica terminó convirtiéndose en una amistad basada en el respeto y la confianza.

Desde la primera conversación me encontré con una mujer extraordinaria. Dueña de una memoria prodigiosa, podía relatar con precisión hechos ocurridos setenta años atrás, recordar nombres, lugares y situaciones que parecían perdidos para siempre. Pero, por sobre todas las cosas, conservaba intacta la humanidad de quienes habían rodeado a Gardel.

A través de ella conocí íntimamente a un Armando Defino muy distinto del personaje histórico.

No al administrador, ni al albacea, ni al hombre de negocios de Gardel, sino al hombre, al amigo leal y al integrante de una familia que dedicó su vida a cumplir una promesa.

Nuria recordaba que Armando adoraba a los niños. Como él y Adela Blasco no habían podido tener hijos, se habían encariñado profundamente con ella y sus hermanos.

Solía contar entre risas cómo Armando la llevaba al cine, al teatro y hasta a los teatros de revista a escondidas de su madre. Eran travesuras inocentes que quedaron grabadas en su memoria para siempre.

Pero quizás una de las imágenes más hermosas que conservaba era la de aquellas noches familiares en las que Armando preparaba un viejo proyector de 16 milímetros para exhibir películas de Gardel.

Mientras otros conocían al Zorzal Criollo a través de discos o fotografías, Nuria lo descubrió sentada en una sala improvisada, viendo las películas proyectadas por el propio custodio de su legado.

También recordaba sus visitas a la casa de Jean Jaurés cuando era apenas una niña. Allí vio a Bertha Gardés durante sus últimos años de vida.

Hablaba de Doña Pepa en su silla mecedora, del ovejero alemán llamado “Indio”, de Adela cocinando y enseñándole sus primeros secretos culinarios. Eran recuerdos simples, domésticos, pero de un valor histórico inmenso porque provenían de alguien que realmente había estado allí.

La historia familiar de Nuria estuvo marcada por la lealtad.

Cuando Gardel murió en Medellín, Armando Defino cumplió la promesa que le había hecho a su amigo: cuidar de su viejita, como cariñosamente llamaba a su madre Bertha Gardés.

Años más tarde, la familia Fortuny acompañó a Armando y Adela durante toda su vida. Aquellos lazos de amistad terminaron convirtiéndose en vínculos familiares tan profundos que Adela llegó a considerar a Nuria como una hija del corazón.

Sin embargo, el destino todavía les tenía reservada una misión inesperada.

Tras el fallecimiento de Bertha en 1943, Armando se muda a su casa en la calle Saavedra y alquila la casa de Jean Jaurés a principios de 1944, gran parte de los muebles, documentos, contratos, cartas y objetos personales de Gardel y de su madre fueron trasladados a una enorme casa de vacaciones que la familia Cortada de Fortuny tenía en Río Ceballos, Córdoba.

Aquella decisión sería, sin saberlo, el preludio de lo que décadas más tarde permitiría que la Fundación recuperara y preservara una parte fundamental del patrimonio histórico de Carlos Gardel. Allí permanecieron durante más de siete décadas. Guardados, Olvidados; esperando ser redescubiertos.

Pasaron los años. Murieron Armando, Adela, los padres de Nuria y gran parte de aquella generación.

Recién después de 2008, cuando las hermanas Fortuny decidieron revisar aquella propiedad para venderla, se reencontraron frente a una realidad inesperada: muebles, cientos de documentos, fotografías, objetos y recuerdos que habían permanecido intactos durante más de setenta años en un limbo patrimonial. Fue entonces cuando comprendieron la verdadera dimensión histórica de aquello que habían heredado.

Pero lo que más me impresionó de Nuria, cuando me relataba la historia, no fue el redescubrimiento de ese patrimonio, sino su actitud frente a él.

Nunca habló de posesión. Nunca puso el dinero en primer lugar. Nunca habló de beneficios personales. Su preocupación era que todo aquel patrimonio se conservara en una institución que lo preservara, que nunca se dividiera y que jamás abandonara la Argentina.

Hablaba de responsabilidad.

Sentía que tenía una deuda con Gardel. Sentía que no habían hecho lo suficiente para preservar su memoria. Esa preocupación la acompañó durante años.

En ese instante entro en esta historia Alfredo Echaniz marido de Nuria, quien es un apasionado de historia, arte y de la cultura latinoamericana, Alfredo comenzó a ordenar y clasificar toda la documentación, preparando todo para hacer una muestra y un libro catalogo sobre la colección al que llamo “Archivo Carlos Gardel colección Armando Defino”, en honor a quien había resguardado toda la colección.

Había comenzado ese sentimiento el que la llevó, junto a su hermana María Inés a tomar una decisión trascendental, confiar la continuidad de esa misión.

Recuerdo perfectamente nuestras conversaciones. Recuerdo sus dudas, sus preocupaciones y también sus esperanzas.

Ella quería asegurarse de que todo aquello que había sobrevivido durante décadas no volviera a desaparecer.

Quería que Gardel siguiera vivo. Quería que las futuras generaciones conocieran su historia. Quería que la memoria triunfara sobre el olvido.

Fue así que, con la intención de preservarla y creyendo haber encontrado el lugar adecuado, se realizaron distintos intentos para garantizar la conservación de la colección. Sin embargo, las circunstancias hicieron que finalmente todo regresara al lugar que siempre le correspondió: la Fundación.

Como segundo paso, decidió realizar un acto extraordinario que consolidaba la permanencia de Gardel en la historia. La cesión gratuita de los derechos universales recibidos de Armando Defino, Bertha Gardés y Carlos Gardel no fue simplemente un acto jurídico. Fue, por encima de todo, un acto de confianza.

Gracias a esa confianza fue posible iniciar un camino que culminó con la creación de la Fundación Internacional Sucesores de Carlos Gardel y, posteriormente, con la consolidación de la Fundación Internacional Carlos Gardel. Gracias a esa confianza, miles de documentos y objetos pudieron ser preservados para el futuro. Gracias a esa confianza, hoy seguimos trabajando para que la memoria de Gardel continúe viva.

Nuria solía repetir una frase heredada de Armando Defino: “No quiero lucrar con Gardel, sino mantener viva su memoria y su obra.”

Esa frase sintetizaba su forma de entender la vida y terminó convirtiéndose también en una guía para nuestro trabajo.

Hoy, mientras escribo estas líneas, vuelvo a escuchar su voz relatando historias de otro tiempo. La imagino recordando a Armando preparando películas de Gardel para los chicos, a Adela cocinando en la cocina de Jean Jaurés, a las reuniones familiares en Castelar, a los veranos en Río Ceballos y a todos aquellos momentos que el tiempo parecía haber borrado.

Quiero creer que ahora volvió a encontrarse con ellos.

Con Armando. Con Adela. Con Bertha. Y con Carlitos.

Quiero creer que, en algún lugar de la eternidad, las historias continúan.

Desde la Fundación Internacional Carlos Gardel solo podemos decir gracias. Gracias por tu amistad. Gracias por tu confianza. Gracias por haber protegido durante tantos años una parte fundamental de nuestra historia. Y gracias por habernos permitido continuar la tarea. Descansá en paz, querida Nuria.

Tu recuerdo seguirá creciendo, como aquel roble que plantaste con tus propias manos y que hoy guarda para siempre tu memoria.

(*) Presidente Fundación Internacional Carlos Gardel