La Prensa
La denominación crea más de un conflicto en la renovada capital de Alemania

La resurrección de Prusia

El nombre que desapareció tras la Segunda Guerra Mundial y que en el pasado fue símbolo de poder en toda Europa, ha vuelto a convertirse en tema de discusión por la sugerencia de llamar así al estado que resulte de una posible fusión entre Berlín y Brandeburgo.

La sugerencia de reflotar el nombre de Prusia fue realizada por el ministro de Asuntos Sociales del estado federado alemán de Brandeburgo, Alwin Ziel, a raíz de los planes de celebrar en 2006 un segundo referéndum -el primero fracasó en 1996- sobre la fusión de ambos estados federados. La propuesta de Ziel provocó de inmediato un debate en el que partidarios y enemigos de resucitar un nombre que se asocia al militarismo pero también a la ciencia alemana empezaron a tomar posiciones. Los defensores de la propuesta recuerdan que a Prusia se le deben cosas como la estructura básica de la universidad alemana, creada por Wilhelm von Humboldt. Además, no pasan por alto que, gracias a los intereses científicos y culturales de la reina Sofía Carlota y de su nieto Federico el Grande, el estado prusiano, y en especial su capital, Berlín, fue durante mucho tiempo el centro de la Ilustración alemana. La fundación de la Academia de Ciencias, patrocinada por Sofía Carlota y cuyo primer presidente fue el filósofo y matemático Gottfried Leibnitz, creador del cálculo infinitesimal, es uno de los ejemplos favorables que suelen mencionar los defensores de Prusia. TRADICION MILITARISTA Los enemigos de que el nombre de Prusia vuelva a aparecer en los mapas, en cambio, recuerdan en primer lugar su relación con la tradición militarista alemana, que propició las dos guerras mundiales (1914-1918; 1939-1945). Además, pese a que reconocen que Prusia también tuvo aspectos positivos, señalan que se trata de algo que ya desapareció irremediablemente y que, como advirtió el ex alcalde de Berlín, Eberhard Diepgen, es un nombre que le queda grande a una región que está económicamente entre las más deprimidas de Alemania. El historiador Wolf Jobst Siedler cree que Brandeburgo y la Ciudad Estado de Berlín, en caso de que llegara a producirse su fusión, no tendrían la fascinación ni suscitarían el temor que en el pasado generaba Prusia, puesto que son dos de las regiones con mayores problemas económicos de Alemania. Además, ha señalado Siedler, la gente que conformaba la sociedad prusiana ya no existe, ya que ni en Berlín ni en Brandeburgo hay una burguesía fuerte, ni una aristocracia, ni tampoco una comunidad judía realmente influyente. Entre sus defensores, precisamente esa debilidad actual de Brandeburgo y Berlín dentro del contexto alemán hace que algunos de los argumentos de los enemigos pierdan fuerza. El ensayista y poeta Hans Magnus Enzensberger subraya, por ejemplo, que una nueva Prusia, a la que sugiere llamar Pequeña Prusia, ya no suscitaría temor alguno. "Desde Munich, puedo tranquilizar a los berlineses y a los brandeburgueses. Aquí no hay preocupación por una Prusia resucitada sino, más bien, cierta compasión con la ciudad y la región que tantos problemas tienen en el norte", ha dicho Enzensberger. El crítico Marcel Reich Raniecki, de origen judío y superviviente del Holocausto, en cambio, está entre los que no le ven sentido a resucitar, desde el punto de vista administrativo y geográfico, el nombre de Prusia, aunque considera que le debe mucho a la tradición cultural prusiana. "Prusia significa para mí Kleist, Schinkel y Fontane, Kant y Hegel, Mommsen y Ranke. Pero también los judíos berlineses desde Moses Mendelsohn y Rachel Varnhagen hasta Max Liebermann, Alfred Doeblin y Kurt Tucholski", dijo Reich Raniecki. "Para mí Prusia es un concepto espiritual y no geográfico", agregó. Aunque el debate ha sido ante todo impulsado por el diario conservador "Frankfurter Allgemeine Zeitung", éste también ha tenido ecos en la mayoría de los periódicos berlineses, así como en el rotativo sensacionalista "Bild". UN IMPERIO DE CRISTAL Más allá de la polémica, el Berlín que está cambiando radicalmente de arquitectura, sigue un rumbo vanguardista. Ahora es el turno del Salón del Kaiser, una joya neobarroca construida por orden de Guillermo II y que quedó casi destruida en la SegundaGuerra Mundial, que ha reabierto sus pue