LA HISTORIA CONTEMPORANEA DE FRANCIA EN UNA NOVELA DE JEAN D’ORMESSON
Mundo antiguo que se desvanece
POR IGNACIO BALCARCE
Francia se consume en sus habituales protestas, en su tradición de disturbios, barricadas, bombas y gases. Nuevos estallidos sociales, combinando lemas y reivindicaciones de distinto orden, aglutinando a estudiantes, inmigrantes y vándalos profesionales, bajo el aliento de la Francia Insumisa de Mélenchon, recorren el desquiciado país de Voltaire, de la Revolución y la guillotina, a pocos días de recibir una visita papal.
Para pensar y entender a Francia -con todo su misterioso encanto y su influyente proyección cultural, que la ha convertido en un laboratorio de ingeniería social proponemos una novela de Jean d´Ormesson, miembro de la Academia Francesa, fallecido en 2017.
Se trata de una obra en la línea de En busca del tiempo perdido, El Gatopardo y si se quiere -ya entenderán la conexión-, Retorno a Brideshead de Evelyn Waugh. Si bien es un bodoque de 574 páginas, se lee con muchísima mayor facilidad que los siete tomos de Proust. De hecho, la virtud de la novela es atravesar la historia moderna de Francia con un dinamismo amable.
Comparte con Proust un estilo, pertenecen a una misma tradición, navegan un mismo oleaje de añoranzas, pero esta historia en formato más fluido y ágil, donde un narrador repasa la historia familiar observando los cambios sociales sobre el relevo generacional, es mucho más que una evocación nostálgica del pasado.
Es una obra portentosa, elegante, melancólica, transida de sarcasmo, y es justamente en ese sutil y vaporoso sarcasmo, donde habita la tensión interna del texto, porque ese mundo antiguo que se desvanece, que por momentos se pretende ridiculizar, frente a la decadencia actual, acaba por destacarse con mayor luz y prestancia.
INMOVILISMO
El título de la novela Por capricho de Dios (Editorial Diagonal, 2003) remite a un orden establecido, al apego por las tradiciones y el pasado, a un exagerado inmovilismo y a cierta ironía contra aquellos que permanecen resignados a la férrea voluntad divina; mientras que la expresión opuesta, el “capricho del pueblo”, asociada a las generaciones más contemporáneas, advierte la malicia ideológica de aquellos que pretenden transformar la sociedad mediante revoluciones y cambios permanentes, que siempre introducen más desorden y caos del que supuestamente procuraban corregir.
Página a página, con prosa tersa y delicada, se desanda la historia de una antigua familia aristocrática, que puede rastrear las huellas de su linaje más allá del siglo XIII. En Plessis-lez-Vaudreuil, el grandioso y sobrio castillo familiar, se prolonga la estirpe y se suceden las generaciones como olas en el mar. La crónica se centra sobre el abuelo del narrador, representante de un mundo que se agota.
El pobre abuelo -nacido en 1856-, monárquico cabal, de fe robusta, respetuoso de las tradiciones, que fustiga el mundo moderno y su concatenación de engaños, vicios y errores se irá encontrando con la incipiente flexibilidad de sus propios hijos y la ya menor resistencia de nietos y bisnietos, que van siendo modelados por las nuevas circunstancias y las modas que acontecen.

Se tendrá que encontrar con hijos republicanos y socialistas, incluso con un nieto que decide abandonar el seminario para abrazar el comunismo, bajo la premisa de que no es posible amar a los hombres y a Dios al mismo tiempo.
Las nuevas generaciones no dejan de sorprender al abuelo, superado por lo inesperado: matrimonios con burgueses, con judíos, con estrellas del cine, luego siguen los divorcios, todo tipo de conductas -que van a ir de la transgresión a la normalización en unos pocos años- y no dejan de hacer ruido en la conciencia bien formada del patriarca de la familia.
LA REVOLUCION
Gradualmente, vemos desplegarse las grandes divisiones que introduce la Revolución, haciendo de la vida social y familiar un espantoso nido de escorpiones.
Confrontan revolucionarios y contrarrevolucionarios, nacionalistas y tradicionalistas, dreyfusistas y anti-dreyfusistas. Unos que siguen a Maurras, a Léon Daudet y L'Action française, otros que se ven hechizados por Rimbaud, Tzara, Breton, el surrealismo, el psicoanálisis y la literatura subversiva. Algunos toman parte por el mariscal Pétain, otros seguirán al general De Gaulle. Así van desfilando las grandes figuras de Francia, desde Victor Hugo y Chateaubriand a Saint-Simon, Clemenceau, Poincaré y Léon Blum, mientras los protagonistas interactúan, discuten y prestan simpatías por Gide, Maurice Barrès, Brasillach, Jean Cocteau o Duchamp.
La obra deja ese sabor que capturó el sinuoso y oportunista Charles Maurice de Talleyrand-Périgord cuando sostuvo que aquellos que no llegaron a conocer el mundo con anterioridad a la Revolución, ya no podrían acceder a experimentar los encantos de la vida; aceptando que en el abolido ancien régime se cultivaba un repertorio de formas, maneras, costumbres y modales que hacían más dulce el trato y las condiciones para la existencia misma.
Un último estremecedor detalle termina por coronar la novela porque parece revelar quién estuvo siempre pululando por detrás de todas las iniciativas revolucionarias. Se sugiere hacia el final del libro cuando aparece Alain, sobrino del narrador y bisnieto del abuelo que es la gran figura de la novela. Este joven es un satanista, involucrado en sectas ocultistas, que odia a su propia familia y que mientras habla de amor, pone bombas y celebra el caos y la destrucción. ¿La Revolución mostrando su auténtica identidad? La Revolución dando sus últimos frutos, coherentes con su raíz.
El castillo -el apellido petrificado que fuera el hogar de tantas generaciones y que había hospedado reyes- tendrá que ser vendido. Toda una imagen de la familia deshilachada, hecha jirones, que se difumina en una era crepuscular.
VISITA PAPAL
Semanas atrás, desde el lujo del Palacio del Elíseo, un orgulloso presidente Macron, leyendo un discurso redactado en los sótanos de alguna logia, celebraba en la cara del Sumo Pontífice, todos los tópicos del ideario masónico-revolucionario que devastaron a Francia, hija primogénita de la Iglesia y alguna vez llamada “la Dulce”.
El hijo de Voltaire festejó la “emancipación” francesa, identificó al país como modelo para liberarse de todas las ataduras, se regocijó en los supuestos logros del laicismo, asumió como compromiso estatal una libertad religiosa que permita a musulmanes y ortodoxos vivir sus religiones en paz y continuó con las sabidas consignas del pluralismo y la diversidad…Un discurso provocador y lamentable que no vale la pena comentar, donde lo peor son las coincidencias con el cristianismo oficial.
El gesto pasivo del Papa despertó reminiscencias de un domingo de 1804, cuando un desconcertado Pío VII, con análoga actitud pusilánime, se prestaba a la impía autocoronación de Napoleón en la Catedral de Notre-Dame. Peor todavía fue cuando León XIV tomó el micrófono y se despachó, con sus suaves formas, en una ambigua reivindicación de esos postulados revolucionarios. El abuelo de nuestra novela se lo hubiese reprochado. Transcurridos unos pocos días, al bajar la espuma, Francia vuelve a arder en sus propios enconos y discordias.
La actualidad parisina convoca las palabras del cardenal Pie: “cuando Dios no reina con los beneficios de su presencia, termina reinando con las calamidades indisociables de su ausencia”.
