Muertes que nos impactan: las respuestas desde el duelo patológico a la resiliencia

Si la única solución es la muerte, no estamos en el camino correcto. 
El camino correcto es el que lleva a la vida, al sol. 
No puedes tener frío todo el tiempo. 
Camus

La muerte es quizás el hecho que más nos conmociona, ya que desvía la mirada hacia un lugar que no queremos ver y que por otra parte en caso de hacerlo nos impediría seguir con el devenir cotidiano que necesita de otra perspectiva más ligada a lo inmediato y concreto. Lo que nos lleva a esa mirada, puede ser la muerte de alguien de alguna manera cercano o inclusive en un caso de una enfermedad o accidente, pensamientos sobre la propia finitud existencial.
En estos días nuestra sociedad, que vive al ritmo de la contingencia ya acostumbrada a la tragedia tanática, se ve conmocionada una vez más por otras muertes absurdas quizás porque imaginamos evitables. En este caso la de Silvina Luna y el asesinato de Mariano Barbieri. A partir de estas noticias vuelven a manifestarse una serie de reacciones expresadas en la esfera de lo público y al igual que otros casos de alto impacto mediático, ese amplio espectro de respuestas emocionales de alguna manera refleja el estado anímico mental de una sociedad y nos permite conocer y entender cómo estamos.
La desaparición física de alguien siempre impacta. Las diversas características en vida de esa persona, nuestro nexo con ellas y las circunstancias en las que se ha dado esa muerte, van construyendo las múltiples, diferentes y a veces opuestas reacciones frente a esto. Así podemos enterarnos a través de los medios de una matanza en algún lugar lejano y eso es seguido por la lectura de otra noticia, sin generarnos una gran respuesta. Pero ante la muerte de alguien, aún a quien no conocemos personalmente, alguna determinada circunstancia particular lo puede transformar en muy próximo, nos identificamos, nos sentimos cercanos, nos lleva a conmovernos y provocar un impacto psicológico que generara una respuesta emocional que se manifiesta como resultante de esos factores propios, de la persona y del hecho en sí mismo.
Cuando nuestro nexo es personal y directo son claras las razones y circunstancias que también estarán ligadas a la previsibilidad o no de esa muerte y a sus características, como por ejemplo haber atravesado o no un proceso de una larga enfermedad o una edad que lo haga imaginable. En el caso de aquellos a quienes no conocemos de manera directa, son los factores que nos unen a ellos, sea por la identificación con esa persona por ser una figura pública, como fue la muerte de Maradona, o las circunstancias en las cuales el tipo de muerte haya sido de manera que nos conmueve particularmente, como en el caso de Frenando Báez Sosa, o en los casos recientes, una figura pública que llevaba luchando por su vida varias semanas, como Silvina Luna, o Mariano Barbieri, padre de un bebe de solo 2 meses que es asesinado en una zona considerada muy segura de la capital.
En cada caso hay algo de nuestro propio ser que es tocado de manera profunda y por ejemplo en los últimos dos casos, la reiterada confirmación de vivir en una sociedad que nos deja desprotegidos y así en riesgo permanente. En un caso por un posible (dado que el mismo debe ser corroborado por la justicia) acto médico criminal, sumado a la identificación que a veces hacemos sobre quien hemos proyectado la idea de éxito, y cómo quizás esto engañe a la muerte o nos proteja de ella. En otro, el de una persona que padece la inseguridad, que toda la sociedad padece de manera creciente desde hace años. En ambos casos sentir que en realidad nuestras vidas, nuestra propia existencia, están sujetas a la voluntad de otros y que esos otros no buscan nuestro bien sino su beneficio, incrementa el desasosiego, el temor. A veces un crimen en el conurbano de cualquier ciudad ya es aceptado pasivamente como una lógica de ciertas zonas, pero nos alertamos si la víctima es como el caso del policía asesinado a poca distancia del lugar donde lo fue, y en otras circunstancias, Mariano Barbieri. En todos estos casos quizás por diferentes razones, prima la sensación de impotencia, ya que en alguna medida creemos que ciertas condiciones pueden protegernos de ese final que vemos reflejado en la noticia. Esta idea de que no hay lugar (físico, o conceptual) donde escapar, es la metáfora de los intentos por escapar a la muerte, tan presentes en toda la literatura y mitología desde tiempos antiguos.
Estos procesos aun sobre personas que no conocemos, actúan, y así nos conmueven, en realidad sobre nosotros mismos en una forma de trauma psíquico secundario y que en muchos casos se manifiesta como un fenómeno de duelo.
Elisabeth Kübler-Ross es la referencia en cuanto a las etapas del duelo y en su libro de 1969 “Sobre la muerte y los moribundos” (On Death and Dying), habla de las cinco etapas del duelo: Negación (incredulidad), enojo, negociación, depresión y finalmente la aceptación.
De alguna manera estos procesos traumáticos, el impacto que nos han ocasionado, y su posterior proceso de duelo, nos vuelven indefectiblemente sobre algo que no pensamos, y no queremos pensar, que es nuestra propia fragilidad, y en especial la finitud de la propia existencia. Ante estos casos repetidos, nos enojamos, sentimos ser tratados como material de uso descartable cuando nos prometen, particularmente en esta época electoral, que cuidarán de nosotros. Ante esa evidencia de fragilidad, desesperanza, quizás impotencia y que nadie cuidará de nosotros, esa etapa que ocurre transitando la depresión del duelo permite una toma de conciencia que puede ser el lugar desde el cual surjan factores personales de crecimiento muy interesantes. 
El primero de ellos es dejar de negar o imaginar sociedades que debieran ser de otra manera y aceptar la realidad, para desde ese lugar sí poder cambiar. 
La aceptación no es sometimiento pasivo, sino dejar de pedir en lo externo respuestas que casi psicopáticamente no nos son dadas, así al dejar de esperar de afuera, el aceptar permite generar fuerzas, recursos, herramientas en cada uno de nosotros. 
Salir de la postura de la víctima y viendo en la muerte absurda del otro nuestra propia existencia, puede permitir en su aspecto positivo crecer de manera resiliente y salir de la parálisis a la que estos hechos nos empujan.