¿Morir por la Patria o por una guerra ajena?
Hay preguntas que una sociedad no debería dejar de hacerse. Una de ellas es particularmente incómoda: ¿qué lleva a un argentino a abandonar su país para combatir y, eventualmente, morir bajo una bandera extranjera?
Hasta hace pocos años semejante interrogante habría parecido puramente académico. Hoy ha dejado de serlo.
La Justicia Federal argentina investiga actualmente una presunta organización dedicada a reclutar ciudadanos para enviarlos a combatir en Ucrania. Según la hipótesis judicial, los captadores ofrecían salarios de hasta tres mil dólares mensuales, pasajes pagos y condiciones laborales que luego no se corresponderían con la realidad.
La investigación sostiene además que los contratos eran firmados en idioma ucraniano y que las víctimas desconocían plenamente las obligaciones que asumían.
El expediente, tramitado en el Juzgado Federal Nº 2 de Lomas de Zamora con intervención de la Procuraduría de Trata y Explotación de Personas (Protex), constituye un hecho de enorme gravedad institucional.
Como si ello no bastara, en los últimos días comenzaron a difundirse testimonios de argentinos que efectivamente combaten en Ucrania denunciando incumplimientos contractuales, falta de pago y enormes dificultades para abandonar el frente una vez incorporados a las unidades militares.
Naturalmente, corresponderá a la Justicia establecer responsabilidades y determinar la veracidad de cada una de estas denuncias. Pero existe una cuestión mucho más profunda que trasciende el expediente judicial.
¿Cómo es posible que una guerra librada a doce mil kilómetros de nuestro territorio encuentre combatientes argentinos?
La respuesta no puede reducirse únicamente a la existencia de reclutadores.
Durante los últimos años las redes sociales se transformaron en una poderosa herramienta de captación. A través de videos, canales de Telegram, cuentas de TikTok y distintas plataformas digitales comenzaron a circular imágenes del combate, relatos heroicos, promesas económicas y convocatorias dirigidas especialmente a ex militares y ex policías.
A ese universo digital se sumó otro fenómeno igualmente significativo. Algunos medios masivos argentinos de amplia audiencia difundieron entrevistas, informes especiales y documentales protagonizados por compatriotas que combatían en Ucrania. Nadie puede seriamente sostener que su propósito fuera promover el reclutamiento. Sin embargo, tampoco puede ignorarse que toda comunicación produce efectos que muchas veces exceden la intención de quien la genera.
Al presentar esas experiencias, destacar la tecnología militar, mostrar la camaradería del frente o reproducir testimonios de quienes alentaban a otros argentinos a incorporarse, terminaron contribuyendo -¿quizá involuntariamente?- a instalar la idea de que participar en una guerra extranjera constituía una posibilidad legítima, honorable e incluso atractiva para determinados sectores de nuestra sociedad.
Las guerras contemporáneas ya no sólo necesitan armamentos. Necesitan relatos, emociones y combatientes.
La guerra cognitiva no procura únicamente influir sobre la opinión pública. También busca modificar conductas concretas. Reclutar constituye hoy una dimensión más del conflicto.
La Argentina, además, dista de ser un caso aislado. Colombia se ha convertido en el principal proveedor iberoamericano de ex militares contratados para combatir en conflictos internacionales. Casos similares se registran en Perú, Cuba, Ecuador y otros países iberoamericanos, donde organizaciones criminales y redes de captación buscan hombres con experiencia militar para incorporarlos a guerras completamente ajenas a la defensa de sus respectivas naciones. América Hispana comienza así a transformarse en un reservorio de recursos humanos para conflictos librados muy lejos de su propio espacio estratégico.
VERDADERO CABALLERO
Todo ello obliga a recuperar una reflexión mucho más antigua. El padre Alfredo Sáenz, en su extraordinaria obra “La Caballería”, recuerda que el verdadero caballero jamás empuñaba la espada por dinero ni por ambición. Lo hacía para defender un bien superior: Dios, la Patria, la justicia y los débiles. El combate encontraba su legitimidad en aquello que protegía, no en el beneficio que pudiera obtener quien combatía. La espada era un servicio antes que una profesión.
En la misma línea, Antonio Caponnetto, en “El deber cristiano de la lucha”, sostiene que el cristiano no busca la guerra por afán de violencia, pero tampoco renuncia al combate cuando la defensa del bien común así lo exige. La lucha sólo adquiere sentido cuando se ordena a una causa justa. Nunca cuando responde al lucro, al aventurerismo o a intereses puramente individuales.
Ambos autores retoman, en definitiva, la tradición clásica formulada por Santo Tomás de Aquino, para quien el uso legítimo de la fuerza exige autoridad legítima, causa justa y recta intención. Esta doctrina es la que forjo a nuestros heroes del aire, mar y tierra en Malvinas. Ese es el sustrato ontologico del “ser militar Argentino”. ( Atencion: de rebote, ¿no estaran intentando el Ethos del soldado Argentino?).
GRAN PREGUNTA
Precisamente allí aparece la gran pregunta de nuestro tiempo. ¿Qué ocurre cuando el juramento comienza a ser reemplazado por el contrato?
¿Qué sucede cuando el soldado deja de ser convocado por su Patria y pasa a ser reclutado mediante algoritmos, plataformas digitales y promesas económicas?
No se trata de juzgar moralmente a quienes decidieron marchar a Ucrania. Muchos actuaron convencidos de servir a una causa noble y merecen respeto por el valor personal demostrado.
LA CUESTION ES OTRA
La profesión militar nació como una expresión del servicio al bien común. El soldado jura fidelidad a una bandera porque pertenece a una comunidad política concreta. Su sacrificio tenía y tiene un destinatario preciso: su Patria y su pueblo.
Cuando esa pertenencia desaparece y la guerra comienza a funcionar como un mercado internacional de combatientes, estamos frente a una transformación de enorme profundidad cultural, ética y estratégica.
La investigación que hoy desarrolla la Justicia argentina no sólo procura esclarecer la posible actuación de una organización criminal. También nos enfrenta con una realidad inquietante: las guerras del siglo XXI ya no esperan que los ciudadanos respondan al llamado de su Nación. Salen a buscarlos allí donde existan hombres con experiencia militar, necesidades económicas o deseos de encontrar una causa.
Durante siglos las patrias convocaban a sus soldados.
Hoy son las guerras las que recorren el mundo buscando combatientes.
Y quizá esa sea una de las mutaciones más profundas -y menos advertidas- del fenómeno bélico contemporáneo.
