Mística y gastronomía juntos
“Agradecemos las marchas”, dice Enzo Espíndola sentado a la mesa del ‘Lavalle’, un bar y café declarado notable. A diferencia de lo que podría suponerse, el espacio levanta bien la cortina cuando muchos asistentes a las frecuentes demostraciones políticas de la zona lo eligen como descanso. “Estamos ubicados a la distancia suficiente del Congreso como para que vengan acá después de marchar; comen, charlan, intercambian ideas y se llena”, cuenta Enzo, flamante encargado del lugar.
A su lado se encuentra María Rabelino, “excelente gerenta”, aunque ya de salida. En sus palabras se palpa el amor por un sitio histórico, por los personajes que lo visitan a diario y por los objetos que lo constituyen. Un rato más tarde, mientras avanza la charla con La Prensa, aparece Diego Pasquale, anfitrión y “jefe” del lugar, quien conduce el espacio y forma parte del grupo empresario que, además del ‘Lavalle’, recicló y puso en valor varios otros rincones entrañables de la ciudad de Buenos Aires, como ‘Café Margot’ o el ‘Bar García’.
La camaradería entre ellos se percibe enseguida y las anécdotas no paran de aparecer. “Lo que me encanta es la calidez de la gente. Llegan todos fascinados, muchos del interior, a comer nuestro pebete. ¿Por qué vienen? Porque los nuestros son frescos. Acá tenemos un depósito que se encarga de producirlos”, explica María y da pistas sobre uno de los secretos del éxito.
Otro gran imán es la historia. En esta esquina de Lavalle y Rodríguez Peña nació y creció el artista plástico Florencio Molina Campos, admirado por sus pinturas sobre la pampa argentina. En 1925 la casa fue demolida y en su lugar se construyó un edificio de cinco pisos, que actualmente es Sitio Histórico de la Ciudad.
Desde 1930 la planta baja se destinó al almacén. Primero estuvieron los gallegos de apellido Xiao y Otero, que le dieron la impronta mítica: sandwichería extraordinaria, gran café y buenas bebidas. En los 90 lo tomó Susana Sassano, quien le otorgó un fuerte perfil literario y artístico. Desde 2023, Pasquale y su grupo, restauración mediante, lograron combinar las distintas tradiciones y el resultado es un bello refugio porteño que conjuga lo mejor de un bar con notas históricas y artísticas en cada rincón. No es casual que todas las noches haya cola para entrar.
“Lo que hicimos fue recuperar el espacio y revitalizarlo. Había cosas muy noventosas que en esa época estaban bien, pero que respondían a otro momento. Hicimos adecuaciones en el mobiliario y se equipó la cocina”, señala Diego. El bar conserva los pisos, los techos, las ventanas y el espíritu original. Incluso se logró recuperar el cartel de la fachada. Una de las joyitas del local es que mantiene la antigua máquina Berkel para cortar fiambre en el momento.
La decoración también dialoga con la historia: las paredes del bar exhiben fotos antiguas de Buenos Aires y publicidades legendarias. Además, está la placa que indica que pertenece a la lista de bares notables de la Ciudad de Buenos Aires.
LOS HABITUÉS
“Acá viene mucho el bandoneonista Walter Ríos, que vive cerca. Siempre dice: ‘Esta es mi casa’. Tenemos la tortilla de Walter Ríos, que no lleva cebolla; él la pide con perejil. Siempre pidió lo mismo y ahora el jefe la puso en la carta”, cuenta María.
“Estamos cerca de Sadaic y siempre han venido artistas. Cadícamo se sentaba ahí”, señala Diego.
El público es variado: parejas, gente sola, vecinos, turistas y personas de todas las edades. “Al estar ubicados cerca de los teatros y de la Avenida Corrientes, la actividad es constante y por eso hay propuestas para todos los horarios”, agrega María.
Enzo, por su parte, vuelve sobre la propuesta gastronómica y los famosos pebetes: “Parece increíble, pero hay mucha gente que viaja exclusivamente para probarlos; vienen desde Berazategui o desde el Oeste, pero la carta es amplia”.
En efecto, Diego invita a probar el flamenquín andaluz, un rollo de carne relleno con jamón y queso. Delicioso. “También tenemos el lomito, que no lo terminás porque es enorme. Lo hacemos al estilo gallego. Por supuesto, los fosforitos siguen siendo un clásico que ya casi no existe en los bares. Y tenemos elaboración propia de charcutería”.
La lista de delicias sigue y sigue, y la charla también. Es que de eso se trata el espíritu del ‘Almacén Bar Lavalle’: comer rico y sentirse con la confianza para quedarse todo el tiempo que uno quiera. Venga de una marcha o de donde sea.

