Milei, Bullrich y Macri juegan con blancas. ¿Y las negras?
El calendario electoral parece acercarse, aunque aún falta más de un año para los comicios (y en dos semanas se abre una extensa pausa determinada por el mundial de fútbol). Las distintas fuerzas políticas ensayan sus movimientos para 2027 y el oficialismo -temporariamente aliviado del affaire Adorni- incurre en otros deslices políticos y procura compensarlos con una situación económica relativamente favorable.
El ministro de Economía, Luis Toto Caputo profetiza que en las elecciones “la economía se va a llevar puesta a la política” y se ufana de algunas noticias buenas (el país ha mostrado un leve crecimiento positivo que, según él, será significativo el año próximo; la inflación decayó en abril y las previsiones indican que volverá a mostrar descenso en el índice de mayo).
El alivio actual del oficialismo no se explica por esos logros invocados, ni tampoco porque su estructura política sea especialmente vigorosa, sino primordialmente por las dificultades de sus adversarios para construir una alternativa capaz de disputarle el poder.
LA DISPUTA POR LAS PIEZAS BLANCAS
Sin embargo, aunque el discurso libertario interpela principalmente al kirchnerismo (“los kukas “) y a la entelequia denominada izquierda, electoralmente modesta, es en el universo de la centroderecha donde comienzan a surgir amenazas para el proyecto reeleccionista de Javier Milei.
El círculo rojo empieza a hastiarse del estilo agresivo, exaltado y arbitrario del Presidente y busca discretamente un candidato que conduzca en la misma dirección pero que actúe con más respeto por la normalidad. Así, algunos grandes empresarios, como Paolo Rocca, alientan un mayor protagonismo de Mauricio Macri y miran con atención los movimientos diferenciadores que practica Patricia Bullrich.
La senadora y ex ministra de Seguridad de Milei ha producido en pocas semanas una serie de gestos de toma de distancia en relación con el verticalismo libertario. Un saludo cariñoso a Macri en la Fundación Libertad que contrastó con la reticencia presidencial; unas filmaciones que ilustraban su protagonismo en un éxito legislativo libertario y lucían como piezas de campaña, el reclamo al jefe de gabinete, Manuel Adorni, de que presente “de inmediato” su declaración jurada de bienes e ingresos y ahora el anuncio de que no acompañará en el Senado el pedido de retiro del pliego de una candidata a jueza, caída en desgracia por su parentesco con el periodista de La Nación Hugo Alconada Mon, indigesto para los hermanos Milei.
La senadora Bullrich tiene bien ganada su fama de política itinerante, peripatética: formada en el peronismo de izquierda, fue también seguidora de Lilita Carrió, jefa de una organización republicana propia, miembro de Juntos por el Cambio y hasta presidenta del PRO, antes de sumarse a la caravana libertaria.
Muchos malician que está tramando un nuevo cambio. No necesariamente: ella parece prepararse, más bien, para convertirse en una socia autónoma de Milei y compartir con él las decisiones en caso de que el Presidente esté en buenas condiciones de ser candidato de la derecha, o para sustituirlo si el mileísmo exhibe en los meses que quedan hasta las elecciones muestras crecientes de fatiga de los materiales. Bullrich se siente derechohabiente del 25 por ciento de votos que Milei sumó en la segunda vuelta de octubre de 2023.
Claro que ese título también lo puede reclamar con ciertos derechos el PRO que ella abandonó y que hoy intenta revivir con Mauricio Macri como abanderado. Macri insiste en que el PRO tendrá candidato presidencial propio en 2027 y, al mismo tiempo, evita descartar de manera categórica la posibilidad de asumir él mismo ese papel. Esa compleja dinámica abre interrogantes sobre la cohesión futura del espacio que hoy respalda -sea incondicionalmente, sea con objeciones de conciencia, sea críticamente- al Gobierno.
LAS NEGRAS Y EL SECRETO DEL CAPITAL
Sin embargo, la principal incógnita sigue estando del otro lado del tablero: no alcanzaría con tener un mileísmo ampliado que ocupe, eventualmente unido, el papel de las piezas blancas. Las negras también juegan. De hecho, de cómo lo hagan depende en buena medida la generación de confianza que convenza a la inversión más remisa de que es posible hundir capital en la Argentina porque coincidencias básicas entre oficialistas y opositores garantizan previsibilidad y continuidad.
El gobierno hace todos los deberes que le piden los mercados, desregula sectores y ofrece ventajas a través de sistemas como el RIGI o ahora el Super RIGI, pero no consigue seducir a la inversión extranjera.
Argentina no logró ingresar al Top 25 global principal en las ediciones de 2025 ni de 2026 del Índice Kearney de Confianza de Inversión Extranjera; decayó al índice destinado a Mercados Emergentes, donde en 2025 consiguió un noveno lugar, pero en 2026 bajó al puesto 10.
Según los últimos datos de la OCDE, Argentina recibió 3.134 millones de dólares netos por Inversión Extranjera Directa (IED) durante el año pasado, quince veces menos que Brasil. Esta cifra representó el nivel más bajo y el peor desempeño interanual (-73,1%) entre las principales economías de América Latina.
Si bien se mira, el secreto de la morosa inversión externa en una Argentina que exhibe clara predisposición política a favorecerlas, relaciones externas que van en la misma dirección, que cuenta con inmensos recursos naturales y está lejos de los principales escenarios bélicos, hay que encontrarlo en la desconfianza política, en la falta de una base del sistema político más amplia que el oficialismo de turno, que otorgue garantías de sustentabilidad en el tiempo a las conductas realistas.
El peronismo aún no ha logrado definir un liderazgo claro ni un programa que le permita ofrecer una alternativa consistente ante el desafío que encarna el mileísmo. No obstante, detrás de esa aparente inmovilidad comienzan a registrarse movimientos que podrían anticipar una etapa de renovación.
En este espacio mencionamos la reunión que el 1° de mayo congregó en Parque Norte a un millar de cuadros dirigentes de casi todo el país. Fue uno de los hechos más significativos en la búsqueda de renovación del peronismo. El documento surgido de esa reunión mostró una novedad relevante: la disposición a asumir algunas de las demandas que hoy aparecen asociadas al discurso oficialista. En lugar de cuestionar principios como el equilibrio fiscal o la necesidad de promover inversiones, los organizadores buscaron incorporarlos a una visión propia del desarrollo económico y social. El texto sostiene que el equilibrio fiscal constituye una condición necesaria para alcanzar un crecimiento estable; advierte, eso sí, que resulta insuficiente si no se complementa con un equilibrio social capaz de mejorar salarios y distribución de ingresos. También plantea que no es posible distribuir riqueza que previamente no haya sido generada y señala que la ineficiencia del gasto público constituye una fuente de desigualdad tan silenciosa como persistente. Habla de reglas claras y estables para la inversión, de seguridad jurídica y de la necesidad de priorizar el uso de recursos públicos escasos en políticas capaces de generar progreso y desarrollo.
En el marco de las iniciativas de renovación aparece también la figura del senador nacional y ex gobernador de San Juan, Sergio Uñac, quien manifestó públicamente su decisión de competir por la candidatura presidencial justicialista. Uñac considera que la condena judicial que dejó fuera de competencia electoral a Cristina Fernández de Kirchner obliga al peronismo a debatir una nueva conducción. Se trata en la práctica, ahorrando palabras antipáticas, de inaugurar la etapa poskirchnerista. El anuncio de Uñac fue interpretado como un desafío para las aspiraciones presidenciales del gobernador bonaerense, Axel Kicillof.
El dirigente sanjuanino imagina una eventual competencia interna con Kicillof, aunque procura evitar que esa disputa sea interpretada como una confrontación entre la provincia de Buenos Aires y el interior del país. “No es una cosa contra la otra”, ha señalado, insistiendo en la necesidad de integrar ambas realidades dentro de una propuesta común. El peronismo sabe bien que puede discutir internamente con el máximo ardor pero que “sacar los pies del plato” y dividir fuerzas es contribuir a una derrota. Como los congregados en Parque Nortee, ell sanjuanino defiende la necesidad del equilibrio fiscal, considera indispensable recuperar la inversión en infraestructura y obra pública, pero reconoce al mismo tiempo que la estabilidad de precios obtenida por el Gobierno responde a una demanda genuina de amplios sectores de la sociedad. Asimismo, reivindica los incentivos a la inversión productiva y cita como ejemplo el impulso que ha recibido la minería en San Juan, una actividad que considera estratégica para el desarrollo regional.
CORTOPLACISMO O CONSISTENCIA
Todavía es temprano para saber si estos movimientos e iniciativas alcanzarán para reorganizar al peronismo y convertirlo en una alternativa competitiva. Pero los debates que empiezan a aflorar muestran que, detrás de la aparente quietud de la oposición, se está gestando una discusión que podría resultar decisiva para el escenario político de los próximos años.
Y, observado desde la perspectiva del sistema político en su conjunto, son indicadores de que, descontando las divergencias sobre estilos, intensidades y aspectos distributivos, las diferentes fuerzas pueden encontrar puntos principales de coincidencia. Consolidar esa tendencia, alentarla y darle cauces orgánicos sería un pilar básico de la confianza interna e internacional, la mejor forma de bajar el riesgo país. Una política centrada en la confrontación puede ser exitosa en la lógica convulsiva de las redes sociales pero es dañina para las necesidades de gobernabilidad, desarrollo e integración de la Argentina.
