Mente de artista: un homenaje a Sergio Goizauskas

El 8 de enero del presente año falleció Sergio Goizauskas, en París. Quizás la enorme mayoría de los lectores no lo conozca, pero Sergio era miembro de este culto tan nacional “del argentino que triunfó en París”.
Este dibujante, músico y escritor ilustró las páginas de varios periódicos franceses, incluido el célebre ‘Le Monde’, que publicó sus viñetas durante 45 años.
Goizauskas había nacido en Buenos Aires en 1956, miembro de una familia de origen lituano, que por nuestra impericia geográfica solíamos catalogar bajo el título genérico de “ruso”. En esos tiempos de la Guerra Fría todo el oriente de Europa caía bajo tal gentilicio…
Por 17 años Sergio fatigó las calles de Belgrano, donde creció en una enorme casona que ya no está. Allí, todas las mañanas, escuchaba a su abuelo ejecutar las partitas para violín solo de Bach, especialmente la ‘Chacona’, o escuchaba a Doly, su madre, interpretar a Chopin en el Steinway de media cola que ocupaba gran parte del living de su casa.
Sergio -después adoptó el pseudónimo de Serguei- se crió en esa casa con una enorme palmera en el jardín, pastos crecidos y rincones misteriosos, ubicada sobre la calle Freire, donde la música era dueña del aire.
Goizauskas era un “pianista congénito”. Casi sin educación musical formal, aprendió a ejecutar el piano con esos diez dedos “largos y flacos”, como decía esa canción de Juan Carlos Baglietto cuando afirmaba que la vida era una moneda.
Sergio también componía, dibujaba y escribía poemas. Terminado el secundario ingresó por inercia en Filosofía y Letras, cuando la facultad aún ocupaba lo que hoy es la Plaza Houssay. Corría el año 74 y en la UBA se había impuesto uno de esos experimentos sociales que tanto nos gusta a los argentinos: el ingreso irrestricto.
Creo que Pandemonio es la definición más cercana a lo que se vivía en sus aulas, convertidas por gracia y obra de la improvisación en un mercado persa donde circulaban alumnos, muchos alumnos, docentes, activistas políticos y vendedores ambulantes que interrumpían las clases para ofrecer por tan solo dos pesitos el peine para el bolsillo del caballero o la cartera de la dama…
A los 17 años Sergio ganó el premio Macedonio Fernández por su libro ‘Serguei o no Serguei’. El premio era un pasaje de ida y vuelta a París. Pidió que le reintegraran el retorno y se quedó en París para siempre.
Pocas semanas después empezó a trabajar para ‘Le Monde’, que hizo propio el arte de Goizauskas con esos dibujos de una realidad absurda que escondía un humor entre ácido e inocente. En algún momento de su carrera esa acidez (¿o fue su inocencia?) le trajo problemas con parte de la opinión pública. No todos compartían sus impresiones sobre los conflictos raciales en África, porque no todos pensamos igual (¿hay que aclararlo?). Pero Sergio era transparente, no iba al debate por maldad ni para armar un escándalo mediático, sino porque esa era su perspectiva. Así veía al mundo y así lo dibujaba, como una broma absurda que reflejaba sin furia.
Fueron varios miles de imágenes las que dibujó para Le Monde y otros periódicos franceses (sus viñetas las podrán encontrar en https://www.serguei.fr/dessins/).
Como dije, no solo dibujaba, sino que componía. Su último disco fue “L’Archipel des cœurs brisés” (2018).
También combinaba sus dibujos y su música en animaciones como las que pueden visitar en YouTube (Love Story o Big Bang).
Ahora Serguei es un recuerdo grato que solo deseo no se pierda en la desmemoria.
¿NACEMOS O NOS HACEMOS ARTISTAS?
¿Por qué les cuento la historia de Sergio Goizauskas, que es un desconocido para la mayoría de ustedes? Porque crecimos juntos. Lo conocí muy bien y nunca más encontré a alguien con el más puro cerebro de artista: ningún arte le era ajeno a Sergio.
Y también debo decir que ningún número le era propio. Las matemáticas eran un mundo aparte, una abstracción, una lejanía, un universo frío, distante y ajeno.
De allí que siempre pensé que el cerebro de Sergio funcionaba distinto. Era un cerebro de artista.
¿Existe el cerebro del artista? Los últimos estudios muestran que el cerebro del artista está conectado de manera diferente, caracterizado por una neuroplasticidad que conecta distintas áreas del encéfalo, exaltando la creatividad y la imaginación.
Años atrás se afirmaba que el artista tenía una franca dominancia del cerebro derecho, que es el que procesa lo visoespacial y emocional, mientras que el izquierdo es más analítico y técnico.
Quizás la falla en las matemáticas de Sergio esté relacionada con la predominancia del cerebro derecho que le daba esa inclinación artística, pero las nuevas teorías desechan, o al menos no coinciden con, ese dominio cerebral.
Las nuevas investigaciones muestran que la creatividad requiere una actividad simultánea de ambos hemisferios. La creatividad necesita una integración y no una dominancia exclusiva.
La práctica continua de un ejercicio artístico como dibujar o tocar un instrumento “reconfigura” al cerebro, reduciendo el esfuerzo cognitivo.
La resonancia magnética ha demostrado que los artistas tienen un aumento del grosor de la corteza cerebral en el área conocida como precúneo, en el lóbulo parietal.
Pero la creación no se limita a un accidente anatómico del cerebro, sino a un cambio en su metabolismo gracias a la liberación de dopamina, un neurotransmisor relacionado con el placer y la motivación intrínseca.
Mientras que el talento o la predisposición a desarrollar una actividad artística requiere cierta predisposición -al igual que las ciencias duras-, también es muy importante la práctica constante para representar la realidad tal como la percibe o quiere o necesita reproducirla.
Sergio Goizauskas nació con un talento extraordinario, una capacidad creativa casi innata. La música, el dibujo y la poesía le brotaban espontáneamente, pero fue el trabajo constante, la búsqueda y el ensayo lo que le dio madurez a su obra, que hoy podemos analizar con la perspectiva que nos dan los años y, por qué no, el afecto.