DE QUE SE HABLA HOY

Memoria de mis putas tristes es más que una novela

La pintura y la literatura usaron a la prostitución como un recurso para poder describir en su esencia las condiciones de pobreza y miseria física y moral de la sociedad durante el paso de los siglos. Desde la María Magdalena bíblica de la cual san Lucas dice que Jesús la curó de espíritus malignos y le sacó los demonios de su cuerpo, hasta el fabuloso ejemplo de Delgadina, esa chica pobre que debe prostituirse para mantener a su familia y de la que poco a poco aquel octogenario solitario y rico consigue tener una relación mucho más profunda que la mera atracción sexual y que tan bien cuenta Gabriel García Márquez en su última novela "Memoria de mis putas tristes".

Las prostitutas  fueron siempre un elemento alternativo en el arte. Pintores como Toulouse Lautrec se enamoraba sin pausa de las más bellas putas de los burdeles parisinos y Pablo Picasso paseaba por el Barrio Rojo de Barcelona buscando inspiración para lograr sus obras más emblemáticas. Para otros artistas como Munch, Degas o Bernard también fueron las mujeres que habitaban los prostíbulos, razones fundamentales de su obra.

Hubo hasta guiños cargados de ironía como cuando el pintor milanés Michelangelo da Caravaggio, usó a un grupo de prostitutas para pintar un fresco de vírgenes por encargo de la Iglesia. Los escritores tuvieron en las cortesanas una de las excusas más fuertes para pintar el cinismo de algunas épocas, la brutalidad de otras y la inteligencia de aquellas que supieron hacer de su oficio, una verdadera escuela de vivir. Las artes las reflejaron desde diferentes visiones que van de la degradación y la sutileza del poder hasta el refugio feliz de soledades forzadas.

Fueron interpretadas por artistas de toda índole como mujeres liberadas de ataduras sociales; simples pecadoras; influyentes hetairas; crueles y despiadados verdugos; capaces de morir por amor; mentirosas y con ambiciones sin límites; luchadoras para sobrevivir y salvadoras de hombres perdidos en sus propias vidas. Decía el pensador alemán Federico Engels, que  la prostitución y el adulterio no son una amenaza para el matrimonio burgués, sino parte de él. Usted, querido lector, en algún momento de su vida, posó su mirada sobre unas líneas escritas en las que se contaba la historia de alguna prostituta literaria que con la brillante pluma de su autor se convertiría en un personaje que trascendía las páginas de aquella novela. Sade creó en "Juliette o las prosperidades del vicio" la contracara de Justine, su hermana, que se esforzó para no caer en la venta de su cuerpo. Emile Zola crea a  Anné Copeau, "Nana" y Alexandre Dumas a Margarita Gautier, la  que fuera conocida como "La dama de las camelias".

Si quisiéramos remontarnos en los tiempos podríamos recordar el Satiricón de Petronio que describe el mundo más sórdido y masivo de los lupanares romanos y el Decamerón de Bocaccio, en el que frecuentemente se ve a las prostitutas como mujeres que engañan, enamoran y se llevan la fortuna de los burlados. También aparecen obras como La Celestina con presencia de las prostitutas  en tono de picaresca. En la historia están grabadas y marcadas en la memoria de todas las generaciones. Millones de dedos las acusan y otros millones justifican su oficio. Da igual, están ahí y no son de "uso obligatorio"; viven a veces al borde del escándalo aunque suelen morir en el más solitario abandono, en la cama de un hotel de lujo o una pensión de asco. Ayer encontraron muerta a Natacha Jaitt. 

V. CORDERO