Mejor prevenir que curar
El mundo pareciera estar en un polvorín. El terrorismo, por un lado, ha precipitado reacciones lógicas en defensa de Occidente y sus valores pero esas tensiones geopolíticas en Oriente Medio, la guerra en Ucrania y la crisis energéticas que trajeron los conflictos no dejan de ser sumamente peligrosas, pueden iniciar una escalada que no sabemos adónde puede terminar.
A propósito de estos grandes problemas vendría muy bien leer, la autobiografía de Stefan Zweig donde el extraordinario escritor comenta las vicisitudes que debió pasar al acabarse el siglo XIX, siglo donde en parte, por influencia de ideas liberales, vivió toda su generación un clima de tolerancia, libertad, educación y bonanza económica.
Cuando este clima parecía iba a ser eterno y el progreso indefinido, la historia dio un vuelco terrible y todos fueron conmovidos, en el siglo XX, por las “sacudidas volcánicas casi ininterrumpidas” de Europa.
Zweig fue protagonista, como austríaco, judío, escritor, humanista y pacifista, de la Primera y Segunda Guerra Mundial. Estuvo en los lugares donde esas sacudidas fueron más violentas.
Así lo expresa: “Tres veces dieron por tierra con mi hogar y con mi existencia; me apartaron de mi vida anterior y del pasado, lanzándome con potencia dramática al vacío a ese ‘no sé a dónde dirigirme’ que me es ya tan familiar (…)”
“Nací en 1881, en un grande y poderoso imperio, en la monarquía de los Habsburgo, pero no se la busque en los mapas, ha sido borrada sin dejar rastro. Me he educado en Viena, la dos veces milenaria metrópoli supranacional, y he tenido que abandonarla, como un criminal, antes de que la degradaran a la condición de provincia alemana. Mi obra literaria ha sido reducida a cenizas en el idioma en que fue escrita, en ese mismo país donde mis libros conquistaron la amistad de millones de lectores”.
“Es así que ya no pertenezco a ninguna parte, que soy extraño y a lo sumo huésped, doquiera. También perdí la patria verdadera, la elegida por mi corazón, Europa, donde por segunda vez se desgarró en una segunda guerra fratricida. Contra mi voluntad fui testigo de la derrota más terrible de la razón y del triunfo más desaforado de la brutalidad en la crónica de los tiempos”.
“Yo he sido contemporáneo de las dos guerras más grandes de la humanidad y hasta asistí a cada una de ellas en un frente opuesto, a una, en el lado alemán, a la otra, en el lado anti alemán. Durante la preguerra conocí la forma y el grado supremos de la libertad individual, y luego, su nivel más bajo desde hace siglos. He sido honrado y proscripto, libre y cautivo, rico y pobre. Todos los pálidos corceles del apocalipsis han galopado a través de mi existencia: la revolución y el hambre, la desvalorización y el terror, las epidemias y la emigración”.
“He visto crecer ante mis ojos las grandes ideologías de masas, las he visto extenderse: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolcheviquismo en Rusia y sobre todo, la súper peste, el nacionalismo, que envenenó la flor de nuestra cultura europea. Hube de ser testigo impotente, desarmado, de la recaída más inconcebible de la humanidad en una barbarie que se creía olvidada hacía mucho tiempo, con su dogma consciente y programático del anti humanitarismo. A nosotros nos estaba reservado ver otra vez, después de siglos, guerras sin previa declaración de guerra, campos de concentración, martirios, robos cometidos en perjuicio de masas de seres, y ataques contra ciudades indefensas, bestialidades, todas ellas que las dos últimas cincuenta generaciones no han conocido y que las generaciones futuras, es de esperar, no conocerán”
TOTALITARISMOS
Al final de su vida, con la enorme experiencia acumulada como inteligente observador, en modo de advertencia nos dice, en su autobiografía, que como muchos de su generación no vio venir los primeros atisbos del totalitarismo.
De este modo inigualable lo expresa: “Sólo cuando decenios después techos y paredes se desplomaban sobre nuestras cabezas, reconocimos que desde mucho tiempo atrás los fundamentos estaban ya socavados y con el nuevo siglo había comenzado simultáneamente en Europa el ocaso de la libertad individual”.
Se fue dando cuenta, de a poco, hasta qué punto había penetrado la propaganda del odio a lo largo de los años y qué fácil resulta ante una crisis con apenas una chispa excitar a los pueblos a pesar de todas las tentativas de entendimiento.
La Primera Guerra lo sorprendió en uno de los mejores momentos de su vida. Pero el 29 de junio de 1914 el disparo que sonó en Sarajevo, en un solo segundo destruyó en mil pedazos el mundo de seguridad y de la razón creadora en que se había educado y en que había vivido, como si se hubiera tratado de un cántaro de barro.
Por segunda vez la guerra destrozó su vida. Hitler, al que consideraba solo un agitador furibundo que realizaba reuniones acompañadas de riñas destempladas y que despotricaba de la manera más soez contra la República y los judíos, no le parecía, como a muchos, que tendría ninguna relevancia futura. Sin embargo, gracias a sus manipuladores ocultos, había conquistado colaboradores poderosos en los círculos más disimiles.
Pronto mostró su faz: jóvenes nacional-socialistas, entrenados con métodos aprendidos de los fascistas, sorprendían a la gente desprevenida y golpeaban, con cachiporras, a todo el que se cruzaba en su camino.
La inflación, el paro forzoso, las crisis políticas, sublevaron al pueblo alemán: todos clamaban por orden, desde siempre más importante para ese pueblo, que la libertad y el derecho. Desde hacía años, menciona el escritor, Hitler había prodigado promesas a todos los círculos, conquistado en todos los partidos a exponentes importantes.
La misma técnica que empleó en su política internacional, de pactar alianzas basadas en juramentos y en la buena fe alemana, precisamente con aquellos a quienes quería aniquilar y enervar, le valió su triunfo.
Ejercitaba con tanta perfección el método de hacer promesas a todo el mundo, que el día que llegó al poder reinaba júbilo en los bandos más opuestos. Pensaban: ¿Qué podía imponer ese soldado desconocido, por la fuerza, en un Estado donde el derecho estaba fuertemente arraigado, donde la mayoría del Parlamento le era necesaria, aparte de que cada ciudadano suponía asegurada su libertad y su igualdad de derechos de acuerdo a la Constitución solemnemente jurada?
Los despertó el incendio del Parlamento, la disolución de las Cámaras, Goering dando rienda suelta a sus hordas. De un golpe quedó desbaratado todo derecho en Alemania. El mundo se enteró de que había campos de concentración en tiempos de paz, y que en los cuarteles se construían cámaras secretas para dar muerte a seres inocentes. Pronto todos fueron víctimas -incluso el escritor- del furor de poder de un solo hombre.
Zweig, antes de finalizar el prefacio, expresa su deseo de que su testimonio se transfiera a las generaciones posteriores para que no se extingan de la memoria las terribles experiencias explicitadas a lo largo de su libro, temiendo que si se pierden puedan volver a repetirse.
La historia no se repite decía Voltaire, pero el hombre sí, ante circunstancias parecidas tiende a actuar de una forma similar. Hoy, en la sociedad planetaria en la que vivimos, cada país está involucrado en lo que hacen los demás. Vaya mi granito de arena para cumplir con su deseo y para que muchos ayudemos a tener un futuro mejor.
