Así se expresaban en mi familia, de origen español, cuando las cosas salían mal, se frustraban o perdían a la brisca. "¡Me cago en Ceuta!", vociferaban. Era una exteriorización habitual y común, al menos entre los antiguos españoles llegados a la Argentina con la gran inmigración. Con los años me enteré de que el dicho apuntaba al príncipe de Ceuta, el conde Don Julián, quien dejó pasar a los musulmanes en el año 711, apoderándose de toda la península. Fueron expulsados luego de setecientos ochenta años de lucha y se inició el ciclo del Imperio. Vasto y enorme. De aquel amor ya no queda nada, solo Ceuta y Melilla, lo último del viejo reino de los Habsburgo, que alardeaban de que en su imperio jamás se ponía el sol, por la gigantesca extensión de sus dominios.
Hoy, con palabras elegantes, denominan enclaves a estas dos ciudades, denominación que indefectiblemente remite a usurpaciones similares, como el Peñón de Gibraltar o Malvinas, por poner algunos ejemplos.
ALGECIRAS 1906
En 1904, en un pacto de fulleros, Francia aceptó retirarse de Egipto a condición de que Inglaterra le reconociera autoridad sobre Marruecos. De esta forma, Francia pasaba a controlar las costas africanas del Mediterráneo desde Túnez hasta Tánger. Con una excepción, que ya veremos. Vale aclarar que la autoridad política de Marruecos, el sultán Abdelaziz, no tuvo muchas oportunidades de oponerse a las naciones coloniales.
Este acuerdo preanunciaba la Entente; faltaba Rusia para configurar el frente antialemán. Ya vendría. Los intereses industriales alemanes en Marruecos comenzaban a peligrar, de modo que el káiser Guillermo II visitó Tánger, en Marruecos, y desde allí ofreció apoyo al sultán.
Frente a una eventual guerra entre Alemania y Francia por el control de Marruecos, y antes de llegar a las armas, ocurrió la Conferencia de Algeciras, que consistió en una farsa: se reconocía la independencia de Marruecos como Estado, pero Francia se reservaba el poder de policía y el orden interior, hasta que en 1912 estableció un protectorado, esto es, la convirtió en colonia suya. España hizo lo mismo con su porción.
La excepción de la que hablamos consistía en que Inglaterra no entregaba mucho por nada. En el acuerdo, el norte de Marruecos -es decir, la costa que domina el Estrecho, desde la ciudad de Ceuta hasta Melilla, a cuatrocientos kilómetros- quedaba en manos de España. La idea británica radicaba en no cederle a Francia el norte marroquí, para no tenerla en la costa que enfrentaba al Peñón de Gibraltar y complicarle el cruce del Estrecho.
En síntesis, el norte de Marruecos, Ceuta y los cuatrocientos kilómetros de costa quedaban para España, que vivía una franca decadencia. Tánger, volcada sobre el Atlántico, se declaraba zona internacional.
LOS AFRICANISTAS
La derrota en Cuba en 1898 hundió el espíritu nacional español, si algo quedaba de su antiguo esplendor. El control de Marruecos era su último fulgor. El Ejército hizo de Marruecos su campo de Marte. Por Algeciras, en 1906, y por los acuerdos con Francia, en 1912, España se hizo cargo de la porción de Marruecos otorgada en 1904, como hemos visto.
La decadencia española irremediable fue atribuida por el Ejército -autopercibido como la única institución nacional con historia- a los políticos, cualquiera fuera su índole. En Marruecos, en las tropas denominadas africanistas, se refugió entonces el heroísmo y el perfume de la Reconquista.
La resistencia marroquí de los rifeños, grupo nacional opuesto a la ocupación española, hizo del ejército godo y de algunos de sus oficiales héroes nacionales, como fue el caso de Franco, Yagüe o Millán Astray. Estos jefes fueron puestos al frente de lo que se denominó Legiones, similar a la Legión Extranjera francesa, conformada por aventureros de mal vivir; al igual que la española, una variopinta pandilla de delincuentes y marginales, a quienes Millán Astray, cuando les dio la bienvenida, les dedicó algunas palabras: "Como ladrones y asesinos, sus vidas habían llegado a su fin antes de unirse a la Legión. Les ofrezco entonces una nueva vida, pero la pagarán con sus muertes" (Paul Preston, Franco).
Los llamó los Novios de la Muerte. La brutalidad de ese ejército no tuvo límites: se decapitaba a los enemigos y se exhibían sus cabezas como trofeos. "Cuando el dictador Primo de Rivera visitó Marruecos en 1926, se horrorizó al descubrir un batallón de la Legión en espera de ser inspeccionado con cabezas clavadas en las bayonetas" (Paul Preston, Franco). Murieron muchos españoles, más de veinte mil. Años después, Franco diría: "Allí nació la posibilidad de rescate de la España grande. Allí se fundó el ideal que hoy nos redime. Sin África, yo apenas puedo explicarme a mí mismo, ni me explico cumplidamente a mis compañeros de armas".
No obstante este drama inverosímil, fueron los africanistas quienes salvaron a España, años después, de una tragedia mayor: el triunfo del comunismo. Las vueltas de la historia son impredecibles.
LA HISPANIDAD
Se trata de un sesgo favorable para la comprensión de nuestra idiosincrasia. El apego y la valoración de nuestro idioma, tradiciones y costumbres hacen que apreciemos la herencia humanista que nos legó España. Porque este imperio no fue solamente Pizarro, Almagro, Aguirre o, años después, Goyeneche, Pío Tristán, de la Pezuela o los africanistas en Marruecos: fueron también Bartolomé de las Casas, Francisco de Vitoria, Antonio Machado o Joan Manuel Serrat.
Ni lo bueno ni lo malo puede hacernos olvidar que luchamos contra ese imperio, razón por la cual rendimos honores a figuras como San Martín, Belgrano o Güemes. La historia no es precisamente una ciencia exacta.
Iberoamérica padeció y disfrutó de un imperio en ascenso, con sus más y sus menos. Los marroquíes han padecido la decadencia de España. Desconozco cuál es la voluntad de los habitantes de Ceuta y Melilla. Lo que sé es que, más allá de los artilugios explicativos, son ciudades territorializadas en Marruecos. De manera que habría que corregir los titulares de las noticias cuando hablan de invasión, y descartar la superficialidad de las explicaciones dadas acerca de por qué sesenta mil personas ingresaron a Ceuta y al rato se fueron. Es posible, y no tengo dudas, al menos por ahora, de que este movimiento responde a razones más profundas, o debiera ser así.
