El rincón del historiador

Masculino, el de la moda de los peinetones

 

En su edición del 28 de enero de 1833, la Gaceta Mercantil publicaba estas líneas: “…estos peinetones, que arruinan a los ricos, despiden a los pobres y engordan a los gringos”. Claro que esto venía de lejos. El periódico La Argentina en su edición del 5 de diciembre de 1830 denunciaba jocosamente a unos “arrebata peinetas”. Pero en su edición del 20 de junio de 1833 se preocupaba por los crecientes hurtos de peinetones y denunciaba el de “una peineta calada de última moda de siete octavas, que hace algunos días desapareció de la calle de las Piedras”.

INMIGRANTE

¿Quién era el responsable de esta moda? El español Manuel Mateo Masculino, natural de Medina del Campo en Castilla, donde había visto la luz en 1797. Recibió una esmerada educación e ingresó a la milicia en el Real Cuerpo de Guardias de Corps en Madrid; en el arsenal de Cádiz aprendió a construir tragaluces para los navíos con aspas de buey.

Cansado de esa vida pidió la baja y el 16 de abril de 1823 llegó a Buenos Aires, donde con suficiente capital instaló una fábrica de peines de marfil y peinetas de carey en la calle Potosí (hoy Adolfo Alsina), próxima a la iglesia de San Francisco (Defensa). Él fue el responsable de la moda de las peinetas gigantescas que durante casi una década usaron las damas argentinas, al extremo de que le permitió al litógrafo César Hipólito Bacle, con humor, dar a conocer las famosas litografías que dibujaba su mujer Andrea Bacle, con algunas de las exageraciones del adminículo tan de moda, ridiculizándolo en extremo.

Una de ellas nos presenta los palcos de un teatro. En un primer plano podemos ver a tres mujeres cómodamente sentadas, cuyos peinetones impiden a los caballeros que la acompañan presenciar lo que acontece en el escenario. Sólo los intersticios de los peinetones se convierten en diminutos miradores para enterarse de lo representado. Incluso uno de ellos, seguramente cansado de la proeza, se sienta en la silla y se deja dormir, porque esto es mejor ante la imposibilidad del peinetón para disfrutar la obra de teatro. En otra litografía, un esforzado trabajador, después de haber retirado la puerta de la casa y demolido parte de la pared, escucha de su ama, la instrucción de pasar a demoler el otro lado del frente, para que ella pueda salir de la casa, mientras una amiga, con un peinetón no menos grande, le está esperando en la calle. Estas y otras satíricas litografías, como los peinetones embolsados por el viento, que permiten a las mujeres levantar vuelo, o donde el caminar por las calles se transforma para los hombres en una odisea ante la necesidad de esquivar a los peinetones, evitando que la punta de ellos les arranque un ojo, pueden ser consideradas también formas del humor porteño de la época de Rosas. Aunque lo cierto es que las peinetas llegaron a ser tan grandes que dos damas no podían caminar al mismo tiempo por la misma vereda y la policía debió dictar una ordenanza que le daba derecho de tránsito a la que circulaba por la derecha.

OBRAS DE ARTE

Hasta entonces las porteñas, según apuntó el inglés Alexander Gillespie, “no usaban sombrero y el largo cabello negro lo recogían con un rodete, que aseguraban con una peineta sumamente adornada, en el centro de la cabeza”. La nueva moda impuesta por Masculino fueron esos peinetones que resultaron verdaderas obras de arte, realizadas por artesanos expertos en el calado, cincelado e incrustaciones. Los fabricaba con carey y, más tarde, también con aspas de vacuno. Coincidiendo con el gobierno de Juan Manuel de Rosas, muchos llevaban la efigie del Restaurador o la leyenda Federación o Muerte.

El uso de estos peinetones, frágiles e incómodos, comenzó a decaer hacia 1836, cuando volvieron a lucirse las peinetas tradicionales, de menor tamaño y más discretas. El científico Alcides d´Orbigny, que recorrió nuestro país desde 1826, apuntó: “Siempre hará que se distinga a una porteña del resto de las mujeres del mundo, un adorno especial, un adorno a que tienen como a la vida, o casi me atrevo a decir más que a ella: es una inmensa peineta que parece un abanico convexo, más o menos precioso, y más o menos adornado, según rango y bienes de quien la lleva”.

El valor de las peinetas de carey era extremadamente caro, pero nuestro artesano impuso de tal modo sus famosos peinetones de más de 60 centímetros en su ancho mayor, aunque alguno duplicó esa medida; veces de aspa de buey que tan bien había aprendido a trabajar, que le dieron prosperidad económica. El viajero francés Arséne Isabelle, que estuvo en el Río de la Plata desde 1830, habló del encanto de las criollas de “bustos magníficos y gestos voluptuosos, que llevan todo un edificio de cabello sobre la cabeza, y tiene que ser así para sostener las peinetas y peinetones que llegaron a medir en 1832 hasta un metro y diez centímetros de ancho”.

Había casado con María Jesús Escudero, que formaron un prestigioso hogar, Santiago Calzadilla lo recuerda como “un lindo mozo”. Su magnífica casa de la calle Venezuela 730 estaba decorada en su patio interno con cuatro estatuas de mármol que representaban las cuatro estaciones, que hizo traer especialmente de Barcelona y que hoy se lucen en los patios del Complejo Museográfico Enrique Udaondo de Luján, donde se exhiben también algunos de sus peinetones, lo mismo que en los Museos Fernández Blanco, y en el Museo Saavedra los que pertenecieran a la colección de Celina González Garaño.

Otro de los peinetones de Masculino se conserva en poder de los descendientes de doña Genara Peña y Lezica de Bunge, y gracias a la gentileza de Carmen Acevedo Díaz y su familia reproducimos en esta nota, del que tuvimos noticia gracias a una nota anterior en la Gaceta Mercantil sobre las joyas de las porteñas. Este peinetón es el que luce doña Genara en el retrato que Carlos Henrique Pellegrini le hiciera hacia 1830, quien también retrató a Masculino, a su mujer y a su hijo Manuel Bernardo.

A la caída de Rosas en marzo de 1852, por su respetable posición, fue designado comisario honorario de policía, empleo que ejerció hasta agosto de ese año. Falleció en Buenos Aires el 22 de julio de 1859. Ese fue Masculino, el que rigió durante doce años la moda femenina de Buenos Aires hace casi dos siglos.

* Historiador. Académico de número y vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación.