Desde los textos fundadores de la primera mitad del siglo XIX, el conflicto principal de la literatura argentina se ha dado entre un nacionalismo excesivo de tipo reactivo y el deslumbramiento -secreto o confesado- por el arte europeo. La descripción, impecable, es de Juan José Saer.
Advierte también el magnífico novelista que esa adhesión a todo lo que proviene de Europa ha sido, felizmente, de naturaleza crítica. Así de peleones somos los argentinos.
Añade, en tercer lugar, que los criollos han demostrado que podemos manejar todos los temas universales sin sus supersticiones, “con una irreverencia que ha tenido consecuencias afortunadas”.
En la trinchera de la intelligentsia europeizante debe ubicarse una novela que el polígrafo Danilo Albero (Mendoza, 1947) compuso hace más de una década.
Variaciones Turner (Editorial Bajo la Luna, 290 páginas, edición 2013) es una de esas joyas poco conocidas de una literatura argentina cuyos mecanismos de promoción, por desgracia para el buen lector, dependen del esnobismo de la academia, los intereses comerciales, el amiguismo de la tribu y la ignorancia diarística. Tenemos aquí un caso similar al de Las Varonesas, de Carlos Catania, o Pretérito perfecto, de Hugo Foguet. Son tres ejemplos de Alta Literatura criolla que urge rescatar.
NOVELA HÍBRIDA
Se trata, pues, de una novela híbrida, posmoderna en su insistencia estética en combinar materiales de diferentes procedencias. Albero ha edificado una catedral de palabras para reflexionar sobre el siglo XIX, una modernidad en que “las líneas maestras eran espléndidas y los detalles sórdidos”. El libro es un alarde de filología, erudición, espíritu curioso y amor al arte.
La trama gira en torno a dos hitos de Gran Bretaña en el cénit de la era imperial. Primero, una obra de Joseph Mallord William Turner, firmada en 1838 (El Combatiente Temerario remolcado a su último fondeadero para ser desguazado); segundo, un transatlántico prodigioso que batió récords (el SS Great Eastern) y condensó su época, aunque fue un pésimo negocio.
En la primera parte, el autor explica su progresivo contacto con esas dos obsesiones; en la segunda, narra el nacimiento, obra y muerte del Gran Oriental, considerado en su momento como la octava maravilla del mundo.
No obstante, reducir la obra a esos dos únicos movimientos sería pecar de reduccionista: todos los capítulos se van ramificando en hermosas direcciones. Da la impresión de que la pintura y el barco son solo el pretexto del autor para expresar su asombro, su perplejidad, ante el encanto de las historias decimonónicas y de su propia experiencia libresca. Siempre tiene algo sensato que decir sobre decenas de temas relevantes, desde el ecosistema de las palabras hasta la desdichada Carga de la Brigada Ligera.
Como César Aira -otro notable estilista-, Albero prefiere exponer sus cartas ante el lector, es decir, detallar sus herramientas de trabajo. Página 51: "Resolví refugiarme en una figura retórica, la amplificatio, a la cual Curtius define como el desarrollo de un tema exponiéndolo desde diferentes aspectos y puntos de vista, recurriendo a diversos procedimientos, entre ellos la digresión y la acumulación".
DOS TURBINAS
Así las cosas, hay dos turbinas que elevan el texto al Parnaso: un yo ubicuo (el libro, en parte, son unas supuestas memorias) y la narración histórica a lo Hobsbawm (Danilo admite que un amigo editor le ha reprochado esa influencia demasiado notoria).
Todo esto, bruñido con un virtuosismo de la cita y en la elección de personajes excepcionales y datos sugerentes. El conjunto no carece de poética.
Albero es, además, un fino humorista, al que le gusta juguetear con palabras y conceptos. Un irreverente que llega a comparar la literatura con las prostitutas. Dice, en la página 25, que todo relato es una burda imitación de la mal llamada "profesión más antigua del mundo", pues si no seduce con sus insinuaciones y movimientos procaces, de entrada no hay trato con el cliente, es decir, con el lector.
La técnica de combinar memoria personal e investigación del pasado recuerda, por supuesto, a Emmanuel Carrère, aunque en el caso del argentino el mapa de conexiones es más denso.
De todos modos, la novela entera bien podría ser una broma fenomenal. El autor nos lo advierte parafraseando a un colega estadounidense que algo de camino en las bellas letras ha recorrido: “Si para Mark Twain existen tres clases de mentiras -las mentiras, las mentiras abominables y las estadísticas-, bien se puede inferir que también existen otras tres: las mentiras, las mentiras abominables y las mentiras sustentadas en fuentes documentales”.
Si así fuera, sería la clásica chanza borgeana.
