Estos días la ciudad de Mar del Plata se llena de turistas. Una de aquellas primeras turistas siendo una niña fue María Rosa Oliver (1898-1976) entrañable amiga de Victoria Ocampo, en cuya casa pasó largas temporadas a lo largo de su vida. La foto que ilustra esta nota a comienzos de la década del 30 las muestra en compañía de Waldo Frank y de Eduardo Mallea de impecable traje.
María Rosa, atacada de niña por la polio, nunca más volvió a caminar, y en dos obras Mundo, mi casa y La Vida cotidiana dejó no pocos testimonios de la sociedad de la época, recluida en una magnifica residencia frente a la Plaza San Martín, con un batallón de personal, mucamos, choferes, cocineros, gobernantas e institutrices para ella y sus numerosos hermanos. La quinta familiar en Merlo o Mar del Plata eran los lugares de veraneo.
“Mi primer encuentro con el mar, debió ser muy de mañana porque el sol me daba de frente rojizo y enceguecedor. Yo no debía tener más de tres años”.
Su primer recuerdo comenzaba con cada dormitorio de la casa, cuando los baúles se llenaban de ropa y los trajes de baño, nunca mejor llamados por todo lo que ocultaban. La espera del tren Nocturno en Constitución. No bien llegaba a Mar del Plata apuntó: “Siento que el aire y el sol son más sire y más sol que en Buenos Aires. La ida al hotel en los carruajes vis a vis, después los baños en el mar, los pescados y mariscos, duraznos de jugo agridulce, ciruelas todas almíbar, damascos transparentes y casi líquidos, melones con gusto a rocío de miel y racimos enteros de inmensas uvas verde claro, comprados diariamente, en cantidad pantagruélica, a los fruteros que con sus canastas de mimbre se apostaban en la vereda del hotel”.
Las excursiones a las playas lejanas, a la Barranca de los Lobos, a Camet, y desde la casilla de madera al final de la rambla el día anterior se comprobaba si el clima iba a ser favorable. Y carruaje llevaba además de los ocupantes y la canasta para el picnic, “abrigos, baldes, palas, cestitos para los caracoles”, el descubrimiento de alguna foca en las rocas. La Playa Bristol invadida de escarabajos, etc.
“El mar -recuerda Oliver cuando niña- era más nuestro que de las muchachas grandes y el terror que sentí la primera vez que me metieron no me había dejado marca alguna. El mar me atraía con una fuerza irresistible. Conocí la sed que de mar puede tener el cuero y que, insaciada, lo deja malhumorado y pegajoso. Aprendí a hacer la plancha: con los brazos en cruz me dejaba mecer por el oleaje…”.
Enferma por la polio en 1910, su familia viajó a Europa en busca de una mejoría que no encontró, pero ella es bien sabido que no se rindió. Después de visitar Lourdes, se instalaron en Biarritz, “donde vi por segunda vez un aeroplano en vuelo. Inesperadamente lo divisé como diminuta raya plateada sobre el filo de un acantilado…”.
La primera vez había sido en París, en el Bois de Boulogne. En esos días su padre anunció que el peruano Jorge Chávez Dartnell había sido el primero en cruzar los Alpes volando “el aeroplano se descompuso -continuó-, cayó, y al pobre muchacho se le rompieron las piernas… Está en un hospital”.
Esos días leyó ávidamente la hazaña, y un diario le interesaba más que un libro, al tercer día llegó la noticia de la muerte de Chávez que la envolvió “en un velo ceniciento” y recordó la crónica de un periodista italiano: “Cuando al amanecer, dentro del hangar iluminado por la luz de un candil, el joven Chávez se ponía la chaqueta de cuero y se ceñía el cinturón, me pareció estar ante un condenado a muerte que se prepara para cumplir su sentencia”.
EMANCIPACION
Una década después sucedió en un verano la “primera prueba de mi emancipación interior”. Dos ingleses, ex pilotos de guerra, habían llegado a Mar del Plata con una doble finalidad: hacer propaganda para la industria aeronáutica británica y ganarse la vida con la actividad, que hasta hacía poco, los había expuesto diariamente a perderla. Un sencillo vuelo sobre el hipódromo y los balnearios costaba 50 pesos; uno acrobático: 80”.
Sin avisar a su familia, una mañana María Rosa Oliver acompañada por una amiga fue al “improvisado aeródromo”. Los pilotos no estaban, cuando llegaron el automóvil se adosó al fuselaje y por sobre la capota baja la pasajera imposibilitada se deslizó a la cabina abierta, más o menos un metro atrás del piloto.
Dejémosla que ella nos narre la experiencia y su visión:
“El biplano de línea simple, la cabina acolchada de cuero granate con olor a talabartería fina y el fuselaje fino como quilla de canoa, eran antídotos de cualquier miedo. También el gorro de lana gruesa y los anteojos antifaz con vidrios tan grandes que, llegándome a media mejilla, dejaban totalmente despejado el campo visual. Con la hélice en marcha, el Avro parecía un animal impaciente por soltarse de las manos que lo retenían, pero solo cuando el piloto levantó el brazo lo largaron. Corrió por el césped, dio tumbos sobre las anfractuosidades del terreno y despegó sin que yo lo notara. Fue subiendo en espirales amplias, inclinándose levemente sobre un ala u otra. Por primera vez nada material me ligaba a la tierra. Aspiré el aire incontaminado que desde la tierra había añorado. Debajo de nosotros la tierra se convertía en mapa; las personas parecían puntitos movientes; los automóviles, coleópteros recorriendo cintas blancas; las vaquitas, de juguete. El avión enfiló hacia la costa. Su sombra se deslizó leve sobre el mar. Un mar verde botella claro, que las nubes moteaban, a trechos, en azul tinta, con las olas siempre en el mismo lugar y profundidades transparentes. Los toldos de las playas eran el cuadriculado de una hoja de cuaderno. De pronto nos metimos en las nubes. Tapan todo, pero subimos hasta verlas abajo, y encima el cielo azul. El piloto me hace señas de que mire hacia atrás, y por una abertura entre las nubes aparecen la ciudad, las lomas, los chalets. El viento sacude al aparato, que da saltos bruscos. Tanto da, me colma una alegría especial: el alma parece hallar en el aire su elemento. Nada importa salvo esa libertad ilimitada. Me emborracha, como la única vez que tomé demasiado champagne. Canto aunque no me oigo. El piloto se vuelve hacia mí y con un movimiento de cabeza me pregunta si estoy bien. Volamos de ida y de vuelta a lo largo de las playas, desde el Faro hasta la Bristol, y pasando sobre el Golf, volvemos al aeródromo. Antes de aterrizar, como yapa, el inglés hace un deslizamiento de ala. Los cuadriláteros arados, los verdes, parecen venírsenos encima. El piloto gira la cabeza para ver cómo me ha caído la broma. En seguida comienza la espiral del descenso. El biplano, en lugar de posarse como un pájaro, lo hace con torpeza de mamboretá. Bajo con la agradable sensación de estar levemente ebria. Voy a la playa y me tiendo sobre la arena”.
Descansemos con esta recorrida, recobremos fuerzas y en unos días la acompañaremos a María Rosa en su vuelo acrobático. ¡Cuántas historias perdidas de Mar del Plata y sus visitantes, bien valdría una colección de libros con estos testimonios!
