Maquiavelo ha muerto. ¡Viva Orwell!

1984, la famosa novela tantas veces citada aunque no leída, parece un manual de instrucciones que hoy siguen prácticamente todos los gobiernos, de cualquier signo.

En su reciente pieza oratoria en la cumbre de Davos, el presidente Milei sorprendió a su audiencia con la aseveración ¡Maquiavelo ha muerto!, dicha con el tono desafiante casi infantil que suele utilizar en estos casos. Aunque no por las razones que él pensaba, el mandatario estaba en lo cierto, esta vez. 

El Príncipe, el más trascendente trabajo del florentino, escrito hace cinco siglos con una serie de consejos y tácticas políticas para Lorenzo de Médici, el entonces Duce, como un acto de sumisión y halago para recuperar el favor perdido con la famosa familia, que hasta lo había echado de su puesto en la burocracia de Florencia y encarcelado. Varios historiadores dudan que alguna vez Lorenzo II haya siquiera leído la pieza en cuestión. 

La obra, una especie de primitiva exégesis de los mecanismos de poder, ofrece una serie de mecanismos, sugerencias y acciones necesarias para conseguir, aumentar y perpetuarse en el poder, muchas de ellas intrigas y métodos o estilos de negociación o persuasión o cohersión, más que de acciones de gobierno o ideológicas. Los críticos simplificaron y sintetizaron el contenido y la intención con dos frases: el poder por el poder mismo, y el fin justifica los medios, que si bien no están expresadas en el compendio, reflejan con bastante exactitud el sentido del tratado. 

En ese momento estaban aún lejanos la democracia y el respeto por los derechos fundamentales de los habitantes, (difícilmente se podría llamarlos ciudadanos) que no tenían demasiada influencia en la consecución del poder, que se lograba por medios más contundentes y tortuosos. 

En los finales del siglo XX y principio del XXI cobró fuerza la revalorización de sus trabajos, que pasaron a ser considerados por muchos casi como un vademécum, un manual de política y poder, un compendio amoral de cómo debe actuar un gobernante para permanecer. Resulta difícil sostener sus méritos cuando se lee el libro y a veces hasta no repudiarlo, pero muchos estudiosos argentinos lo han ponderado como una obra señera, llena de sabiduría y pragmatismo. 

La columna no está embanderada en esa línea, y hasta ha sostenido que le recuerda al escritor italiano Mario Puzo, en sus libros La Mafia y El Padrino, que tratando de pensar con la lógica de los mafiosos termina humanizando y hasta normalizando los crímenes de la proterva hermandad. 

La casta de nuestra era

Difícilmente los métodos maquiavélicos puedan compatibilizarse con cualquier formato de democracia, o, para ponerlo en el orden de causalidad correcto, los príncipes modernos, la casta, como diría el propio Milei, tratan de eludir las obligaciones y limitaciones que les impone la democracia y terminan intentando transformarla en sistemas parecidos al feudalismo o las Repúblicas italianas por otros métodos igualmente tortuosos pero con herramientas más sofisticadas y más en consonancia con el manejo de masas que con las intrigas palaciegas. 

En ese empeño, en el que suelen tener éxito, acaban por convencer a los pueblos de que viven en democracia, cuando realmente, en una suerte de prestidigitación social, son conducidos como un rebaño obediente a otros formatos de feudalismo siglo XXI. 

Tres siglos después, en 1833, un joven abogado francés de 28 años, Alexis de Tocqueville, viaja a Estados Unidos para analizar y comprender mejor su flamante sitema democrático, y escribe, dos años después, su momumental tratado, De la Demócratie en Amérique, acaso el estudio más completo y certero del marco ético, social y legal en el que florece el capitalismo. 

Mientras la descripción del sistema es de gran luminosidad en la primera parte del libro, en la segunda parte el autor se concentra en ahondar en los problemas potenciales que plantea, y hasta finaliza con una recomendación que parece escrita hace dos días, no hace dos siglos: “La democracia debe ser reformulada para impedir los excesos que se pueden cometer en su nombre”

La tiranía de la mayoría o el despotismo blando, resume. Es su concepto central, hasta llegar a decir como colofón: “El ciudadano sale de su servidumbre cada 4 años para elegir a sus amos y luego regresa a ella”

Sus amos son lo que Milei denomina la casta, esa suerte de Lord Voldemort inasible (e incólume) que no es una exclusividad de Argentina, sino que es hoy el verdadero esquema de gobierno y poder de todo el mundo, sin distinción de ideologías, sistemas, izquierdas, derechas, extremismos, democracias o totalitarismos, pobres o ricos, potencias o colonias, presidencialismo, parlamentarismo, monárquía o ayatolismo.   

Y ya no se trata, como sostenía Tocqueville, de que los pueblos eligen a los gobiernos medidas demagógicos y simultáneamente los gobernantes hacen promesas demagógicas e incumplibles para conseguir el poder. Se trata de que las masas son manipuladas científica y deliberadamente hasta el extremo de no comprender lo que hacen, lo que les conviene o por quién votan. Y hasta  de enojarse cuando alguien, como esta humilde columna, los enfrenta a lo que les está pasando. 

Dicotomías sin sentido

En ese escenario, la discusión y división izquierda-derecha, socialismo-capitalismo, wokismo-racionalidad, paz-violencia, riqueza-miseria, bien-mal, han perdido todo sentido. Esas dicotomías no son defendidas por los políticos y gobernantes. Son usadas como excusa, como ariete, como mecanismo de generación de fanatismo, como instigadores del miedo, el odio, la envidia, el desprecio la irracionalidad. ¿De qué democracia se puede hablar ante semejante cuadro? 

El más simple y contundente síntoma/resumen es la frase “peor estaríamos si gobernase …” (y aquí viene el Voldemort que corresponda). El mejor indicador de que ha triunfado la irracionalidad. La democracia en esas condiciones no existe. Y eso se puede decir en el idioma que a cada uno prefiera, porque vale en todos los casos. “Elegir el menos malo”, frase de abuela, es la lápida del pensamiento crítico, e indirectamente, de la libertad y los derechos. 

Lo que hoy se llama la derecha copia los métodos que hasta ayer sirvieron para condenar a la izquierda. Todavía en el capitalismo no se mata a nadie, (salvo mogules pedófilos, fiscales, jueces, testigos, víctimas de abusos o denunciadores) pero se llega a los mismos resultados. Se crean oficinas de control de opinión, de pensamiento, se castiga las opiniones en redes sociales contra un gobierno cualquiera con la suspensión o no de las visas o su no otorgamiento, se llama traidor a cualquiera que no siga el catecismo del líder, aunque el líder haya cambiado de opinión la semana pasada. 

Se echa a cualquiera, se insulta a cualquiera, sin razón ni explicación. El amigo se torna enemigo, o viceversa de la noche a la mañana, se trate de países, gobiernos, personas, funcionarios, benefactores, alidados u opositores, sistemas, instituciones. Se firman o incumplen tratados sin aprobación de los congresos con cláusulas que nadie conoce del todo. No. No trate de hacer nombres. Vale para todos y para todos los países. Lo importante es afirmar una y otra vez que el rumbo no ha cambiado, que el plan es el mismo, que se está haciendo lo que se prometió. Lo imortante es que el votante lo crea. Lo importante es que no decida ni razone… ni se imponga… 

La moda de los outsiders

La moda de los outsiders, que con sus malos modales, su estilo chabacano, sus insultos, su desprecio por las instituciones, su manejo prepotente o pragmático (corrupto) parecen acortar camino y resolver de un plumazo los problemas, o parar las guerras con un golpe de magia o con un gesto, como Superman, es nada más que otro modo de transitar con éxito el camino  que se pergeñaba en El Príncipe antes de que se lograse transformar a los individuos en barrabravas políticos capaces de tirar desde el paraavalancha a un hincha del otro cuadro,, que ya no saben si su equipo juega bien o mal. Ni le importa. 

Y cuando a alguien se le ocurre preguntar por lo que han logrado o esbozar la mínima duda, es insultado, cancelado, descalificado, marcado y sometido al escarnio público. Alguna vez se dijo que la democracia era persuasión. El lector de cada país sabrá evaluar si ese concepto es todavía cierto y posible. 

Trump y Milei son dos ejemplos fáciles. Basta esgrimir sus insultos a los que no piensan en todo como ellos quieren, aunque ellos hayan cambiado de opinión sobre ese tema, o las burlas y descalificaciones a los discrepantes, o la arbitrariedad y simplismo con las que toman medidas que muchas veces tienen una explicación lógica pero que casi siempre tienen una mala resolución práctica. Milei es experto en eso. Es capaz de pensar como Rothbard y actuar como Keynes.  Como lo es en dibujar la realidad como si “todo siguiera acorde al plan”, haciendo acuerdos secretos o dudosos, eligiendo los índices “que le gustan”, como diría Caputo, o cambiando sus convicciones según cómo venga la realidad, más allá de su enojo si se lo hacen notar. 

O de la befa permanente de Trump a la justicia, a la que elude y neutraliza por su pasado, su presente y su futuro. O de la naturalidad con que mezcla sus negocios con los intereses de su país. Se puede también decir que Milei jamás explicó ni explicará el caso $Libra, o la barbaridad de la creación de la Oficina de Respuesta Oficial, un accionar despótico y lamentable, además de inútl e infantil. Y recordar los juicios billonarios que Trump  inventa contra los medios críticos y sus presiones sobre la Reserva Federal.  O de su posteo sobre el matrimonio Obama que es una grosería, un agravio que lo descalifica como ser civilizado, no solamente como defensor obligado de las instituciones. 

Y como si se empeñase en abrogar el republicanismo y las instituciones, ahora anuncia que respetará las elecciones sólo si cree que son honestas, o sea si le gusta el resultado. Por suerte no gobierna Biden. Ni Alberto. 

Sin embargo, no es distinto a lo que pasa en Suecia, o Suiza, España, la UE, Uruguay, lo que sólo es reprobable si lo hacen China, Cuba o Rusia. No son casos locales ni aislados ni personalizables, esa es la nueva casta, la nueva clase. El nuevo modelo feudal disfrazado de democracia. 

Otro clásico

Si se quisiera encontrar un mejor manual de sociedad jerárquica y su implementación y gestión política, sería recomendable en vez de ir a Maquiavelo recurrir a 1984, la clásica novela de Orwell, tan conocida y tan poco leída. (las dos películas basadas en el libro no reflejan la profundidad  ni el sentido del texto)

En ese trabajo, escrito 300 años después de El Príncipe, hace 70 años, se describe con precisión quirúrgica lo que explica esta columna. Claro que en ese momeneto Orwell estaba simbolizando a la Rusia Comunista y su dictadura y ni soñaba que buena parte de su descripción sería aplicable a los gobiernos que intentan vestirse como democracias. A la casta outsider disfrazada de derecha harta de totalitarismos, pero secretamente dispuesta a copiar los mismos estilos que tanto había execrado.  

Como si en vez de tratarse de 1984 se tratase de los chanchitos de Animal Farm, también de Orwell, que en una voltereta idéntica a las descriptas aquí, pasó del eslogan “dos patas no, cuatro patas sí”, a decir “cuatro patas no, dos patas sí”, con toda naturalidad y sin sentir ningún pudor, en una sola noche. 

Tiene sentido repasar los simbolismos orwellianos, y si el lector quiere, puede considerar que toda coincidencia es… pura coincidencia. 

Se recordará que la confederación donde transcurre la historia simbólica, Oceanía, está regida por un gobierno cuyos miembros no se conocen, cuyo conductor, Gran Hermano o Big Brother, tal vez es inexistente, alguien que sólo se conoce por miles de fotos e imágenes que saturan todos los espacios del país. Grandes pantallas de televisión, que trasmiten y reciben imágines y audio, también tienen como fondo de pantalla la cara del conductor. 

El símbolo es muy claro. A nadie le importa quién es, de dónde viene, su trayectoria, sus méritos o deméritos. Quienes gobiernan han logrado que a nadie le interese ese detalle. La principal función del líder es conducir las guerras contra un enemigo siempre terrible conque el país está en guerra permanente. Curiosamente, de las tres grandes confederaciones en que está dividido el mundo, Oceanía está en guerra a veces con una y a veces con otra, y es súbitamente aliado de su enemigo de ayer,  sin dar explicaciones del cambio de rival ni el cambio de aliados. El miedo es fundamental para que la población, como en el feudalismo, busque la protección de alguien y condicione su pensamiento y su conducta. 

Lo curioso es que a nadie le importa saber qué pasó, por qué se permutaron los amigos y los enemigos, por qué son las guerras y hasta si las guerra existen o no. Esto es porque convenientemente, el estado, con gran naturalidad y desparpajo, cambia el discurso de un día para el otro y con su sistema de comunicación hace olvidar o anula el pasado. El pasado puede cambiarse a gusto. Ya no es inmutable. Sería equivalente al relato de hoy. Si se repite incansablemente la gente lo termina creyendo y repitiendo. No hay archivos ni videos, ni testimonios. Lo que molesta desaparece o es fake. Las personas también son borradas del mapa de alguna manera. Una característica esencial de la casta moderna. Borrar la memoria colectiva. El que recuerda es enemigo o traidor. 

Esa capacidad de borrar el pasado mediato e inmediato de las cabezas es la que hace hoy que los gobiernos cambien de discurso hasta en pocas horas impúnemente, y que los fanáticos lo crean, olviden lo que se dijo hace pocos días y aún defiendan a capa y espada las mentiras de los amos. 

En el pais de Orwell se celebra la semana del odio. Contra los enemigos bélicos, contra Goldstein, un enemigo inventado que nadie vio nunca ni sabe lo que hizo. Ese fomento del odio evita que la sociedad piense, que requiera un vengador, que se enceguezca con sus sentimientos primarios y se someta. En la novela hay algunos clandestinos que sostienen que las bombas que caen sobre las ciudades son arrojadas por el propio gobierno. 

La casta, la sociedad jerarquizada como la llama Orwell, necesita que las masas estén saturadas de miedo, de odio, de relato, de discursos insultantes en vez de debates, de que un Gran Hermano tome sus decisiones por ella. No es de extrañar entonces el lenguaje insultante, descalificador, agresivo y atemorizador de sus miembros a todos los niveles, y sobre todo, la unanimidad conque se siguen las consignas, un mecanismo robótico que garantiza que el mensaje del Gran Hermano de turno será transmitido sin cortes. 

Por supuesto, en 1984 los libros están prohibidos por la Policía del Pensamiento salvo los que son reescritos por la Brigada de reescritura, un recurso con doble efecto. Borrar el pasado y también borrar el conocimiento. Y los periódicos son sólo los que imprime el Estado, y todo periodista que emita cualquier clase de crítica es primero descalificado y luego desaparecido. Hasta las conversaciones privadas son vigiladas por las cámaras en cada casa y por las patrullas que vigilan y escuchan en todas partes. Es importante lograr la hegemonía de pensamiento, de conducta y de discurso. 

En esas condiciones, votar o no votar es irrelevante. La multitud se ha convertido en ganado. 

A veces, algunos, muy pocos, advierten las inconsistencias y que el bienestar garantizado por el Ministerio de la Abundancia tarda en llegar, aunque los diarios oficiales digan que ya es una realidad. Pero casi nadie se atreve a decirlo en voz alta ni en la intimidad de su hogar.

Recuerde el lector, que toda coincidencia con la realidad, es pura coincidencia.

En la próxima y última nota sobre el tema, algunas similitudes más, para que el lector no cometa el error de creer que está pensando libremente. La casta jerárquica se encargará de encontrar su punto débil y usarlo en su contra. Orwell también explica cómo. Su libro es un manual de cómo eternizarse en el poder con la mentira de la democracia.