Manual de la desmalvinización ilustrada
Un desmonte, paso a paso, del discurso académico y mediático que opera contra la causa nacional frente a un pueblo que empieza a recuperar su propia voz.
Por Analía Arriaga
Con el abrupto resurgimiento de la Cuestión Malvinas en la agenda política y mediática, volvieron a circular en las pantallas las mismas narrativas de siempre: discursos que, disfrazados de "análisis geopolítico" o "revisión histórica", terminan contribuyendo a la desmalvinización.
El disparador de estas reflexiones surge de una entrevista en YouTube, donde un conocido periodista de política conversa con un historiador de consulta habitual sobre el tema Malvinas. ¿Sintieron alguna vez el impulso de responder en voz alta a la pantalla, como si pudieran oírlos? A mí me sucede a menudo, frente a la concatenación de ideas fuerza remanidas en un mismo discurso. Para amainar la impotencia de no ser escuchada, hago el intento de que sean leídas mis apreciaciones.
Ese discurso funciona igual que un manual impecablemente encuadernado, que uno se cruza apenas entra a una librería. Como está siempre a mano -impulsado por grandes editoriales, financiado por el Estado, repetido en las escuelas y amplificado por las pantallas-, termina convirtiéndose en el libro más leído. No se cuestiona su contenido; se consume por comodidad.
Pero detrás de ese ejemplar reluciente, en los estantes más oscuros, juntan polvo decenas de documentos fundamentales y testimonios directos de los protagonistas de la historia. Son los libros que la desmalvinización ilustrada prefiere no mostrar.
En estas páginas no van a encontrar nombres propios ni referencias directas a la entrevista que describo. No es una omisión casual. Mi objetivo no es atacar a las personas, sino desarmar su discurso. No me importa el emisor, sino la intención que hay detrás del relato.
Durante décadas, los discursos desmalvinizadores tuvieron el monopolio de la palabra en los grandes medios. Pero ese escenario está cambiando. Hoy, las plataformas digitales, las redes sociales y los propios veteranos que publican sus testimonios abrieron el juego a la verdad histórica. La entrevista que analizaré funciona como una muestra de laboratorio perfecta: deja servidos en bandeja todos los clichés de manual, pasibles de ser desarmados.
Todos, sin excepción, mostramos la hilacha de lo que en el fondo pensamos, a través de elecciones léxicas y omisiones deliberadas. Esta entrevista, desde ya, no es un intercambio de opiniones inocente: deja en evidencia el uso de estrategias de legitimación del mensaje.
LAS CUATRO ESTRATEGIAS DEL DISCURSO
1)Argumento de autoridad: la soberbia de mostrar la chapa.
Desde el minuto uno, el periodista no presenta al invitado como a un analista con una opinión particular, sino como la voz oficial de la verdad histórica. Ya se entiende de cajón que no se tratará de un debate de ideas, sino de la imposición de una persona.
Entrevistador: “Es, quizás, el hombre que más sabe sobre el archipiélago que venimos reclamando a los ingleses”.
“Mostrar chapa” de ser la voz autorizada para abordar el tema hace que la audiencia inadvertida no se atreva a cuestionar el fondo de la cuestión. Busca instalar la falsa idea de que solo quien tiene determinado respaldo académico está autorizado a opinar sobre Malvinas. Con ese fin, se despliega una lista de títulos, libros publicados, cargos en instituciones y sus viajes a las islas. Nadie puede negar que sean ciertos sus conocimientos, sus méritos y su notoriedad, pero permitámonos dudar de la objetividad de sus dichos. Veremos que ambas voces se unen para emitir un mensaje sesgado.
2) Argumento de juicio moral: la prepotencia de etiquetar al que piensa distinto.
Una vez afirmado en su pedestal de experto, el invitado pasa a calificar las intenciones de los demás: el emisor ya no busca decir “miren quién soy”, sino juzgar éticamente al otro.
En primer lugar, mezcla deliberadamente las atrocidades de la dictadura militar con la justeza histórica del reclamo soberano. Al equiparar la defensa del territorio con el régimen represor, intenta sembrar una culpa heredada. A la vez, utiliza la condena democrática contra la dictadura -que es indiscutible- para trazar un paralelismo sesgado con el presente:
Entrevistador: “Plantear como una gesta algo que propiciaron los militares que venían de matar, asesinar, secuestrar, torturar... ¿Se puede reivindicar Malvinas y a su vez plantear claramente que fue en la dictadura y que es difícil, entonces, hablar de gesta?”
Entrevistado: “Se debe. Es justicia histórica (...) En el cuerpo de oficiales y suboficiales, me parece que una distinción básica que la democracia debería hacer es que, por más que hayan combatido en una guerra contra una potencia colonial, alguien que participó en la represión contra su propio pueblo no merece el respeto o el reconocimiento de la sociedad.”
En segundo lugar, el emisor se autopercibe como juez y verdugo de la palabra ajena, cuestionando la veracidad de los dichos del actual presidente argentino como si el sentimiento malvinero fuera patrimonio exclusivo de su propia línea ideológica:
Entrevistador: “¿Crees que hay un aprovechamiento similar al que intentaron los militares? (...) ¿lo ves como un uso político-electoral?”
Entrevistado: “Yo no le puedo creer a Milei que tenga interés en defender un interés nacional (...) Es algo totalmente impostado, fruto de una necesidad de presencia en la agenda política. Es muy contradictorio darle crédito a un gobierno cuya política en general es lo opuesto a lo que dice (...) Suponete que se ha convertido al malvinismo... usa palabras que no le quedan en la boca (...) Hoy gobierna para un sector para el cual Malvinas es intrascendente. Ni siquiera lo ven como un país, lo ven como un territorio.”
Pero el punto culminante de esta superioridad moral aflora cuando la conversación indaga si el contexto actual podría ser propicio para un avance en materia de soberanía. La mezquindad queda al desnudo: prefieren postergar la causa nacional antes que concederle un triunfo al adversario político.
Entrevistador: “¿Incluso si los resultados son convenientes?”
Entrevistado: “Vos me decís que a Milei le va a ir bien con esto... pero resulta que el país que va a recuperar las Malvinas es un país para el 5% de sus habitantes. Yo me atrevo a decir que prefiero no recuperarlas (...) Es contrafáctico, pero ¿qué hubiera pasado si en el 82 había alguna instancia favorable? No estaríamos hablando acá, probablemente.”
Detrás de esta pose moralista se adivina un temor muy claro. Cuando insinúa con cierta sorna un «reverdecer» de la figura de la gesta patriótica, deja al descubierto la reacción defensiva frente a las historias que asoman después de varias décadas de monopolio del discurso oficial. Lo que él diagnostica como una amenaza es, en realidad, el despertar de una comunidad que ya no se deja adoctrinar por los viejos manuales.
Entrevistado: “Yo veía un reverdecer de esto de la gesta patriótica (…) Ponen una vara muy excluyente para construir una mirada más pública, más social, más popular. Yo reivindico el gris (...) Esos sectores que son reivindicadores de la gesta, acríticamente, hoy se sienten reivindicados.”
3) Argumento de complicidad periodística: la pereza del reportaje a medida
No se trata solo de lo que conversan, sino de la forma en que lo hacen. Lejos de ser un reportaje periodístico donde se cuestionen las afirmaciones o se busquen respuestas reveladoras, el intercambio parece un juego de pases coordinados. El periodista no interroga para averiguar la verdad, sino para validar la postura de su invitado, que es también la propia. Formula preguntas con una conclusión desmalvinizadora cantada, pasándole la guitarra al historiador para que entone la cantinela que ya tenían ensayada. Cuando las preguntas parten del mismo sesgo, el debate desaparece y se transforma en un monólogo a dos voces.
Esta complicidad queda al desnudo cuando el propio entrevistador interrumpe para acotar el análisis del invitado y redirigirlo al cliché prefijado:
Entrevistado: “En muchos testimonios de combatientes, respetan oficiales que desde la perspectiva de un civil preocupado por los derechos humanos no deberían ser respetados. Pero ahí hay otra lógica que es la de la experiencia de guerra: ‘comió lo mismo que yo, se preocupó porque estuviera bien, me dio entrenamiento, no se rajó al pueblo, estuvo con nosotros’…”.
Entrevistador: “Claro, ‘no nos agredía, no nos torturaba’...”
Entrevistado: “Hay que entender que la experiencia de guerra construye otras jerarquías; por eso es tan complejo el asunto.”
El periodista no repregunta ni indaga; le completa la frase al entrevistado para acotar la vivencia del combatiente dentro del marco ideológico preconcebido.
Para rematar el mensaje, el emisor subraya la existencia de posturas binarias, no solo en torno al deseo de recuperar las islas, sino respecto de la propia sociedad. Construye una frontera moral donde se ubica a sí mismo y a su interlocutor en el bando de los ilustrados, frente a un “ellos” demonizado:
Entrevistado: “No tenemos que quedarnos en la cómoda de impugnar a Milei (...) y no pensar qué queremos nosotros. Sé que no me alcanza pensar que los argentinos queremos recuperar las Malvinas. No sé si ese 'nosotros' nos incluye a todos; sí sé que en el 'nosotros' que ellos piensan yo no estoy incluido. Yo soy docente, formado en el sistema público e investigador del Conicet. Soy lo que ellos detestan.”
Al asumir el rol de víctima frente a un colectivo que supuestamente lo “detesta”, el entrevistado clausura definitivamente la posibilidad de un “nosotros” colectivo y nacional alrededor de la causa Malvinas.
4) Argumento de racionalidad: la mentira de la neutralidad objetiva
El discurso se presenta como la única opción lógica y responsable. Convierte la inacción por la soberanía del Atlántico Sur en un acto de madurez geopolítica, escudándose en un conocimiento desapasionado de las limitaciones económicas y de defensa frente a la potencia usurpadora.
Bajo la fachada de una postura pragmática, se impone una condición taimada: supeditar la restitución territorial a la construcción de un modelo interno ideal, como si la soberanía fuera un lujo y no un derecho.
Entrevistado: “No puede ser todo a costa de cualquier cosa. En todo caso, todo este debate que hay debería tener un mejor destino: qué país queremos que sea el que recupere las Malvinas.”
Impostando una madurez reflexiva, insiste en mostrar la guerra como un error de otros, cuyas consecuencias debemos seguir asumiendo hoy.
Entrevistado: “Debemos asumir políticamente la responsabilidad por los hechos del 82. Ante esto van a decir: ‘Bueno, pero la agresión empezó en 1833, y esto es un episodio...’ Sí, es un episodio de una historia mucho más larga, pero por eso mismo, yo estoy obligado a pensar hacia adelante.”
Entrevistador: “Entonces hay que sacarle un poco la idea de gesta, ¿no?”
Entrevistado: “Y sí, para mí sí. Hay otras épicas más interesantes para salir de la dictadura como salimos (...) (...) Lo que yo encontré en los soldados que entrevisté es que ellos en muchas ocasiones tuvieron dos enemigos, que fueron los británicos y sus propios mandos (...) Pero había una épica de la solidaridad: los lazos que construyeron entre ellos para sobrevivir a la guerra (...) Hay algo ahí para rescatar de esa experiencia de los 70s y los 80s que trasciende Malvinas.”
La intención retórica es cantada: despojar a la acción bélica por la soberanía de todo carácter de gesta patria para reducirla a una experiencia negativa. Alude a una épica de la solidaridad; elude las hazañas y los actos de arrojo y valor.
El colmo de esta distinción arbitraria aparece cuando conversan sobre el Operativo Cóndor de 1966 -el aterrizaje en las islas de un grupo de jóvenes militantes tras el secuestro de un avión comercial-. Los interlocutores aprovechan el episodio para insinuar una superioridad épica y ética de dicho acto en detrimento del heroísmo demostrado por compañías enteras durante los 74 días de combate en 1982:
Entrevistador: “Ellos van, hacen un acto simbólico y es más potente que lo que pasó con la guerra.”
Emerge así una conclusión que pretende no solo equiparar, sino sobrevaluar la irreverencia de un gesto de protesta por encima del sacrificio y la entrega de los combatientes en el campo de batalla. Un guiño simpático a la travesura juvenil que busca desplazar, en última instancia, el peso trágico y heroico de una guerra contra el colonialismo.
SE LES ESTÁN QUEMANDO LOS PAPELES
El desarme que expongo en este escrito deja al descubierto que la desmalvinización se promueve siempre desde los espacios que pretenden adueñarse del relato público. Políticos, comunicadores, educadores y académicos suelen disfrazar el discurso contra el interés nacional con un barniz de elegancia ilustrada.
A esto se suma el filtro ideológico de cierta intelectualidad, que se preocupa solo por el revisionismo exclusivo de lo negativo del pasado y del presente. ¿Qué lograron hasta ahora? La repetición ciega de consignas sin detenerse a pensar, vaciando de sentido la historia de la causa nacional. Todos ellos -por acción, omisión o subordinación- terminan haciéndole el juego al invasor. Al deslegitimar la gesta y poner en duda el reclamo, hacen desde las palabras lo mismo que el Reino Unido sostiene con la fuerza de las armas en el Atlántico Sur.
A estos relatores de manual les cuesta aceptar que el viento de la historia cambió de rumbo; no quieren admitir que, frente a un pueblo que empieza a conocer otras versiones de los hechos, finalmente se les están quemando los papeles.
ROMPER EL MONÓLOGO PARA RECUPERAR LA VOZ COLECTIVA
Si estos grupos de poder no pueden controlar todo el relato, la fortaleza de la causa queda en manos de la comunidad. Es ahí, en la vida cotidiana, donde aparece la verdadera oportunidad. Considero que llegó la hora de que los ciudadanos comunes nos hagamos cargo de descolonizar la cabeza, rompiendo con el adoctrinamiento de los falsos expertos. Mi propuesta es apostar por la presencia cotidiana: contagiar la causa Malvinas en cada espacio que habitamos. Multiplicar la conversación en la mesa familiar, en la charla de café y en el barrio. Separar la causa nacional de las peleas políticas del momento es la única garantía para que Malvinas vuelva a ser un punto de encuentro y no un botín partidario.
Es indispensable romper este monólogo a dos voces para construir un diálogo verdaderamente colectivo. A medida que la comunidad haga suyas las razones profundas de nuestra soberanía, los profetas del relato enemigo van a perder su blindaje y van a quedar expuestos como desmalvinizadores de manual.
