Malvinas: el poder que no se ve

Gran Bretaña, la formación de élites y la batalla silenciosa por el Atlántico Sur.

La cuestión Malvinas suele ser observada desde la amenaza territorial. Las islas, las aguas circundantes, la pesca, los hidrocarburos, la presencia militar británica y la proyección sobre la Antártida constituyen, naturalmente, el núcleo visible de una disputa de soberanía que atraviesa la historia argentina desde 1833.

Pero existe otra dimensión, menos visible y quizá por ello más difícil de advertir: la disputa por las percepciones, las relaciones, la formación y las élites que en el futuro tendrán responsabilidades en la conducción del Estado.

Una información publicada este 17 de agosto por Nicolás Lantos en “El Destape” vuelve oportuno plantear esta cuestión. El artículo señala la existencia del denominado  Future Leaders Programme Argentina, destinado a estudiantes universitarios avanzados y graduados recientes, y vincula la iniciativa con la Fundación Argentina Global, la Embajada Británica y Chevening. También llama la atención sobre una circunstancia particularmente sensible: la relación de Paola Di Chiaro, actual secretaria de Malvinas, Antártida, Política Oceánica y Atlántico Sur, con la Fundación Argentina Global.

 

HECHOS COMPROBABLES

Conviene evitar apresuramientos y comenzar por los hechos comprobables.

La vinculación de Di Chiaro con Argentina Global no depende de una acusación periodística ni de una interpretación política. El propio sitio oficial de la Fundación Argentina Global la identifica actualmente como “Miembro fundador - Tesorera”. En el mismo sitio, Fulvio Pompeo aparece como “Miembro fundador - Presidente”.

El dato merece atención porque Di Chiaro ocupa desde enero de 2024 la Secretaría que tiene entre sus principales responsabilidades la cuestión Malvinas y el Atlántico Sur.

Por sí mismo, naturalmente, pertenecer a una fundación que mantiene vínculos internacionales no constituye ninguna irregularidad. Tampoco debería considerarse sospechosa la cooperación académica con instituciones extranjeras. Una Argentina encerrada intelectualmente sobre sí misma sería exactamente lo contrario de lo que necesita un país que aspira a comprender y actuar en un mundo cada vez más complejo.

 

MANDATO CONSTITUCIONAL

La pregunta es otra: ¿qué ocurre cuando esa cooperación se desarrolla con instrumentos de influencia y formación de dirigentes pertenecientes al Estado que ocupa una parte del territorio nacional cuya recuperación constituye un mandato constitucional argentino?

Aquí también conviene abandonar las especulaciones y recurrir directamente a las fuentes británicas. Chevening no es una organización privada independiente del Estado británico. Es el programa global de becas del Gobierno del Reino Unido. La propia Embajada Británica en Buenos Aires lo define de esa manera y señala que está orientado a personas con potencial demostrable para convertirse en “futuros líderes, tomadores de decisiones y formadores de opinión”.

La definición es extraordinariamente importante. No estamos utilizando la expresión “formación de líderes” como una interpretación crítica argentina. Es la definición que utiliza el propio Gobierno británico.

Más explícito todavía resulta un documento oficial publicado por la Embajada en 2016. Allí se afirmaba que las becas representaban una importante inversión del Gobierno británico destinada al desarrollo de la “próxima generación de líderes internacionales”. Entre las áreas especialmente promovidas para los postulantes argentinos figuraban políticas públicas, gobierno, análisis político y de opinión pública, energía, relaciones internacionales, finanzas, petróleo y gas, minería, comunicaciones y medios.

 

POLITICA EXTERIOR

No estamos, por tanto, solamente ante educación. Estamos ante política exterior.

Y no hay nada extraordinario en ello. Los Estados serios ejercen influencia. Construyen relaciones. Forman redes. Promueven su cultura, sus universidades, su visión del mundo y sus intereses nacionales. Gran Bretaña lo hace desde hace siglos. La cuestión verdaderamente interesante es si la Argentina comprende que eso también forma parte de las relaciones de poder.

Chevening funciona en nuestro país desde comienzos de la década de 1990. Ya en 2014 la Embajada británica informaba que entre los graduados argentinos del programa había gobernadores, ministros provinciales, diputados, periodistas, ejecutivos y directores de organizaciones no gubernamentales. También señalaba que los exbecarios argentinos habían constituido una red que realizaba actividades con apoyo de la propia Embajada.

Cuatro años después, Londres informaba que más de 510 argentinos habían participado del programa y se desempeñaban en gobierno, sector privado, academia, sociedad civil y medios de comunicación. El mismo documento definía a la comunidad internacional Chevening como una red global influyente.

En 2024, la Embajada actualizó la dimensión del fenómeno: más de 600 argentinos habían pasado ya por Chevening. La entonces embajadora Kirsty Hayes destacaba precisamente las posibilidades de orientación, asesoramiento y contactos proporcionadas por esa comunidad. En agosto de 2025 otros 25 argentinos fueron despedidos en la residencia británica antes de partir hacia universidades del Reino Unido.

Nada de esto es clandestino. Todo lo contrario: es público, institucional y forma parte de una política sostenida durante décadas. Y justamente por eso debería ser estudiado desde la perspectiva del interés nacional.

 

SOFT POWER

Como dijimos en otras ocaciones en esta columna. Joseph Nye popularizó hace décadas el concepto de soft power: la capacidad de obtener determinados resultados no mediante la coerción sino mediante la atracción, la legitimidad, la cultura, los valores y la construcción de preferencias.

Las grandes potencias comprendieron hace mucho tiempo que la política exterior no comienza cuando dos cancilleres se sientan frente a frente. Empieza mucho antes. Empieza en las universidades, en las becas, en los intercambios, en los centros de pensamiento, en las fundaciones, en los programas de liderazgo, en las redes profesionales y en los encuentros entre jóvenes dirigentes. Y también en algo todavía más profundo: en las categorías intelectuales mediante las cuales las futuras élites interpretarán el mundo.

No es necesario imaginar conspiraciones. La influencia más eficaz ni siquiera necesita órdenes.

Una generación de dirigentes formada dentro de determinadas redes internacionales puede incorporar naturalmente determinadas prioridades, lenguajes, problemas y soluciones. Puede considerar algunas políticas razonables y otras anacrónicas; algunas reivindicaciones modernas y otras incómodas. Eso es poder.

La cuestión adquiere otra dimensión cuando el Estado que despliega estos instrumentos es el Reino Unido. Gran Bretaña no es para la Argentina simplemente un socio internacional más. Es un Estado con el cual nuestro país mantiene una disputa de soberanía pendiente.

Usurpa y ocupa las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos correspondientes. Desde allí proyecta poder sobre una de las regiones estratégicamente más importantes del siglo XXI: el Atlántico Sur y su conexión con la Antártida. Al mismo tiempo están en juego pesca, hidrocarburos, rutas marítimas, recursos naturales y presencia militar.

 

PENSAMIENTO ESTRATEGICO

Por eso la soberanía no puede reducirse a colocar un mapa de las Malvinas en las oficinas públicas o repetir una declaración cada 2 de abril. La soberanía exige pensamiento estratégico. Y pensar estratégicamente significa comprender que territorio, recursos, comunicaciones, tecnología, educación, cultura, información y formación de élites pertenecen hoy a un mismo sistema de poder. Desde el Instituto ELEVAN desarrollamos la tarea de pensar La Patria y eneñar Malvinas.

Sería un error concluir de todo esto que los argentinos no deberían estudiar en Gran Bretaña. Deberían hacerlo. Necesitamos argentinos en Oxford, Cambridge, King's College, London School of Economics y en todos los grandes centros científicos y académicos del mundo. Necesitamos conocer cómo piensan las grandes potencias. Necesitamos dialogar con ellas. Necesitamos incluso aprender de ellas.

Pero una cosa es intercambiar conocimiento desde una conciencia clara del interés nacional y otra muy diferente es participar ingenuamente de los mecanismos de influencia de otros Estados sin desarrollar instrumentos propios.

La pregunta, entonces, no es por qué Gran Bretaña desarrolla Chevening. Gran Bretaña hace exactamente lo que hacen los Estados que poseen conciencia de sus intereses.

La pregunta es: ¿dónde está el Chevening Argentino? ¿Dónde está nuestra política sistemática para formar dirigentes iberoamericanos interesados en el Atlántico Sur? ¿Dónde están las becas argentinas para estudiar la cuestión Malvinas? ¿Dónde está nuestra red internacional de jóvenes especialistas en Antártida? ¿Dónde están los programas destinados a formar durante veinte años a quienes conducirán la diplomacia, la defensa, la ciencia, la industria marítima y la política oceánica de América del Sur? ¿Dónde está nuestra estrategia para explicar Malvinas en las universidades y centros de decision del mundo?

El problema que plantea el vínculo entre Argentina Global, funcionarios argentinos y programas británicos de formación no debería convertirse en una cacería de personas. Sería desperdiciar la oportunidad. Debe servir para plantearnos una cuestión mucho mayor.

Mientras discutimos la soberanía casi exclusivamente sobre mapas, otros Estados trabajan sobre las redes humanas que dentro de diez, veinte o treinta años participarán en las decisiones sobre esos mapas.

La guerra contemporánea nos está enseñando que el poder no puede medirse solamente contando divisiones, buques y aviones. Existe también el poder de la información, el poder tecnológico, el poder financiero y el poder cultural. Y existe, finalmente, el poder de formar a quienes algún día tomarán decisiones.

Gran Bretaña parece comprenderlo perfectamente. La Argentina necesita comprenderlo también.

Porque Malvinas no se recuperará únicamente mediante discursos, resoluciones internacionales o negociaciones diplomáticas. Será necesario reconstruir poder nacional: poder económico, científico, tecnológico, militar, diplomático, social y cultural. Pero antes que todos ellos existe uno indispensable: el poder de pensar con cabeza propia.