Los últimos retratos del Caravaggio

“El martirio de Santa Úrsula” fue pintado en 1610 en Nápoles, ciudad en la que Michelangelo Merisi da Caravaggio se había refugiado huyendo de los Caballeros de Malta, con los que tenía cuentas pendientes.
No eran pocos los que querían dar con Merisi, un timador, disoluto y asesino, un personaje detestable y temible, hecha la excepción de su condición de excelente pintor (quizás el mejor de su tiempo), circunstancia que le había permitido sobrevivir hasta entonces, aunque él mismo sabía que su suerte se estaba acabando...
Mientras escapaba de sus enemigos, se hizo de tiempo para pintar esta maravilla y, de paso, retratarse junto a la santa.
La leyenda cuenta que Santa Úrsula se dirigió junto a once mil vírgenes británicas al encuentro del rey de los hunos, Atila, para contraer matrimonio. A último momento, Úrsula decidió negarse para consagrar su cuerpo y alma a Dios, hecho que desató la furia de Atila, quien no dudó en matarla junto a sus compañeras.
Mientras los otros pintores mostraban el horror de la matanza, esta obra hace alusión a un momento más íntimo, cuando Úrsula se niega y el huno dispara la flecha que se clava entre los pechos de la virgen.
Caravaggio captura el instante exacto entre la furia desencadenada de Atila, que solo atina a disparar su arco, y el instante preciso en que Úrsula mira su pecho, sin llegar a entender lo que ha pasado.
Atrás, en un segundo plano, Caravaggio se autorretrata mirando atónito la escena.
En estos últimos meses de su vida, el pintor, animado por un íntimo presentimiento de un próximo final, que adivina violento, como ha sido su vida, se retrata en varias de sus obras de este período napolitano.
Cuatro años antes, Caravaggio había huido de Roma y de la pena de muerte. En una riña callejera por un juego de pelota, Merisi había asesinado a un tal Ranuccio Tomassoni. Después de unas semanas escondido en Sicilia buscó refugio en la isla de Malta, donde se convirtió en pintor de la Orden de los Caballeros de San Juan.
Lo precedía su fama de ser el mejor pintor de Roma, en una época en que la Contrarreforma, iniciada como una defensa contra el protestantismo que se expandía por Europa, necesitaba plasmar en sus templos la gesta de santos y mártires que Caravaggio representaba con marcado efectismo tenebroso, usando su insuperable técnica del claroscuro para agregar teatralidad a sus obras.
Muchos contemporáneos criticaron la violencia plasmada en sus obras, que tildaban de vulgar, ya que sus modelos solían ser mendigos, obreros y hasta ladrones. Algunas de sus vírgenes reproducían los rasgos de las prostitutas que Merisi frecuentaba.
Acá surge el tema de la sexualidad del artista, quien en los primeros años de su carrera, cuando era un aprendiz en el taller de Giuseppe Cesari, ejecutó obras de cámara como “Apolo tocando el laúd”, “Niño con cesto de frutas” o “El amor victorioso”, que reflejaban un espíritu homoerótico, con una marcada ambigüedad de estos personajes que muchos atribuían a las preferencias del pintor.
Este detalle de su sexualidad podría ofrecer una clave para entender la caída en desgracia del pintor entre los Caballeros de Malta.
Originalmente había sido recibido con beneplácito por el gran maestre de la Orden de Malta, Alof de Wignacourt, a quien Caravaggio retrató. Si bien la imagen del caballero luciendo su armadura toledana muestra a un militar con don de mando, resulta inquietante la figura del paje que sostiene el casco. Este joven mira directamente al espectador con una pose sugestiva. ¿Era necesario incluirlo? En las obras de Caravaggio siempre hay una figura redundante que desentona con el entorno. ¿Hacía falta retratar al paje?
Sin embargo, esta obra le ganó el favor de Wignacourt, que lo hizo nombrar caballero. Sin embargo, apenas tres meses más tarde, Caravaggio debía huir precipitadamente de la isla. A pesar de su condición de caballero, el pintor no había dejado de lado sus viejas costumbres y se trabó en una riña callejera que terminó con un miembro de la Orden herido de gravedad.
Caravaggio fue a parar a una mazmorra. Entonces se percató de que su suerte se acababa y que en breve saldrían a la luz sus antecedentes penales en Roma. Por tal razón, se fugó de la prisión justo antes de ser condenado por “faltas a la moral”, sin precisar a cuál de ellas se refería.
Para entonces estaba en Sicilia, donde continuó su trabajo artístico.
Cuadros como “La resurrección de Lázaro” continúan su tradición de juego de luces y despliegue escénico de gran dramatismo.
En esa época Caravaggio se mostraba hosco e irascible, atento a lo que pasaba a su alrededor. Temeroso de una represalia, dormía con un cuchillo bajo la almohada.
A los nueve meses viajó a Nápoles. Sentía que, bajo la protección de la familia Colonna, estaría a salvo. Allí le llegó la noticia del perdón papal y la posibilidad de volver a Roma.
De esta época son sus últimos autorretratos, donde su cabeza aparece degollada como la de San Juan Bautista, sostenida por Salomé (obra que fue enviada a Wignacourt para conseguir su perdón), y también se pintó como Goliat, sostenido por David (enviado al cardenal Borghese en agradecimiento por sus gestiones para lograr su perdón).
Estas obras coinciden con los rumores del ataque al artista, que fue acometido por una banda -supuestamente enviada por los Caballeros de Malta-, que capturó a Caravaggio y le deformó el rostro.
¿Por qué lo desfiguraron si podrían haberlo asesinado? Aparentemente respondía al “strigoi”, una costumbre siciliana de desfigurar el rostro de las adúlteras.
En 1610, Caravaggio solicitó y obtuvo una audiencia con Donato Gentile, el inquisidor. Este se la concedió, no sin antes poner como condición que el pintor debía entregarle tres cuadros a cambio.
Contento de volver, se embarcó rumbo a Roma con las pinturas que lo pondrían a salvo... o al menos eso creyó.
Después de partir de Porto Ercole, las versiones de sus momentos finales varían. Según algunos fue detenido por una patrulla que lo maltrató; otros sostienen que se enfermó en el camino, que vagó por la playa y que, al volver a la nave, sus obras habían desaparecido. Enloquecido y furioso, murió en Porto Ercole el 18 de julio de 1610.
Nada se supo de su cuerpo hasta que un cadáver fue identificado en una fosa común del cementerio de dicho puerto. Gracias a la coincidencia del ADN con descendientes del pintor, se pudo individualizar y determinar que Caravaggio había muerto por una infección bacteriana, más específicamente por un estafilococo áureo.
Hasta entonces se habían barajado otras causas de defunción, como malaria, neurosífilis o envenenamiento por plomo, dado que el blanco de sus pinturas estaba hecho a base de ese mineral (a otros pintores, como Goya, le atribuyen la misma intoxicación).
Este fue el final poco glorioso de un pintor genial, con tendencias psicopáticas, promiscuo, probablemente bisexual y pendenciero, que alternó con príncipes, cardenales y duques, al igual que con ladrones, asesinos y prostitutas, mientras plasmaba la vida de santos y mártires envueltos en sus luces y sus sombras.