La irrupción de Javier Milei tuvo el efecto de una gran marea sobre el sistema político. Lo tapó.
El balotaje de 2023 arrasó con los partidos más grandes, pero la convocatoria a la elección presidencial del año próximo está haciendo lentamente bajar las aguas, lo que permite ver quiénes sobrevivieron. De algunas estructuras, como la de la UCR, quedaron partes aisladas y poco influyentes. Del PRO, nada. En el peronismo, en cambio, los signos vitales son más fuertes.
Los mayores fragmentos del PJ son los que controla Cristina Kirchner por un lado y, por el otro, el aparato bonaerense que optó por seguir a Axel Kicillof. La pelea empezó en la provincia decisiva: Buenos Aires. El resto de la dirigencia, por ahora, mira.
No hay negociaciones, sólo movidas alternadas como en una partida de ajedrez.
La primera la hizo dos meses atrás la expresidenta con su planteo ante el comité de DD.HH. de la ONU contra la inhabilitación a ejercer cargos públicos por hechos probados de corrupción.
Diez días atrás, Kicillof le contestó anunciando que será candidato con o sin su aprobación.
Tercera jugada: el lunes, Máximo Kirchner respondió por los medios que su madre quiere ser candidata. ¿Se animaría a enfrentarla un gobernador sin pedigrí peronista que, además, fue creado por ella?
Esa pregunta encierra una petición de principio, vale decir, una suposición oculta, porque Cristina Kirchner no puede ser candidata. Si pudiera, se habría presentado en 2019 y 2023, pero no lo hizo porque no le daban los números. Hoy, tampoco.
De allí que el pataleo por su inhabilitación legal es apenas humo de colores, jueguito para la tribuna, un elemento más de la negociación.
En cuanto al comité de DD.HH. de la ONU, no es en realidad un tribunal, pero podría emitir una medida provisional, una suerte de “cautelar” en favor de la expresidenta para que no la saquen de la cancha.
Hay y habrá discusiones sin fin sobre el tema y bibliotecas enfrentadas, pero, como se dijo, la cuestión no es leguleya, sino de competitividad electoral. Con lo que tiene que acertar Kicillof es con establecer qué quiere su exmentora a cambio de dejarle el camino despejado.
Se supone, no sin razón, que la mayor inquietud de la expresidenta es la penal. Quiere ser rehabilitada y que su hijo no se quede sin fueros a partir del año que viene. Eso no lo va a conseguir enfrentado al gobernador. Lo práctico y racional parece un arreglo. Hay dos cargos claves en esa negociación: la candidatura a gobernador bonaerense y a vicepresidente.
Aunque falta más de un año para ir a las urnas se puede decir ya que una alianza con CFK perjudicaría a Kicillof al reconectarlo con un proyecto del pasado que no terminó bien. En especial, por la experiencia económica desastrosa que remató Sergio Massa con un plan platita para la campaña que dejó al país al borde de otra híper.
Pero a cambio le devolvería la cohesión perdida al peronismo e investiría al gobernador con la representación de la “casta” hoy vacante. En palabras de Malena Galmarini cumpliría con el deseo generalizado entre la dirigencia de que llegue al poder “cualquier cosa menos esto”.
