Los pensionistas del zoológico I: Clemente Onelli
Las próximas semanas les voy a contar las historias de personajes que hicieron grande a la Argentina.
No son personajes conocidos, no tienen estatuas y apenas se los recuerda, pero este grupo de médicos, botánicos, biólogos y antropólogos fue el sostén intelectual de un país que crecía, pero tenía zonas inexploradas, riquezas escondidas, misterios que había que develar y límites que era necesario imponer.
Curiosamente conocemos a los que se impusieron con la espada, pero no a los que esgrimieron el conocimiento, los “segundones” necesarios para construir una nación.
Y me gustaría comenzar con Clemente Onelli, un italiano de prosapia que llegó a la Argentina dispuesto a compartir sus conocimientos de ciencias naturales adquiridos en la Universidad de Roma. No venía en busca de riquezas, no venía a “fare l'America”. Venía a construir la Argentina.
Una persona con esta formación era una rareza. Por eso llamó la atención de personajes de nuestra cultura como Eduardo Schiaffino, Florentino Ameghino, Francisco Pascasio Moreno y Pedro Arata. Este último fue quien lo introdujo en los círculos de la intelectualidad argentina, un grupo de personajes con la mente abierta a un mundo que evolucionaba y que pensaban que la Argentina tenía mucho que ofrecer.
Entonces existía el problema de trazar los límites del país. ¿Estaban en juego cientos de miles de kilómetros? ¿A quién pertenecía la Patagonia? ¿Quién tendría los lagos del sur?
El Perito Moreno necesitaba gente como Onelli y, casi sin hablar español (aunque dominaba el latín y el griego y aprendió a hablar castellano casi al mismo tiempo que el tehuelche y el mapuche), puso al “tano” como secretario general de la Comisión de Límites. Y lo incorporó a la planta del Museo de La Plata.
Una de sus primeras misiones fue casi hercúlea. Al igual que el héroe griego, desvió un río, más precisamente el Fénix, que hasta entonces drenaba al Pacífico.
Era menester, para imponer la teoría de las Altas Cumbres, demostrar que la divisoria de aguas oceánicas era inestable. A tal fin, Moreno le encargó a Onelli desviar el río Fénix. Y así lo hizo al frente de una cuadrilla de trabajadores que tenía a raya a punta de revólver.
Gracias a Onelli el río cambió su curso y el arbitraje inglés le dio la razón a la Argentina.
Este hombre ganó miles de kilómetros cuadrados y solamente un pueblito patagónico lo recuerda.
Y, como si esto no fuese suficiente, recolectó piezas geológicas, arqueológicas y antropológicas que poblaron las vitrinas de museos como el de La Plata, piezas extraordinarias o desaparecidas por negligencia de las generaciones posteriores, que no supieron, no quisieron y ¿no pudieron? pararse en los hombros de estos gigantes para ver más lejos.
Sin embargo, su labor más comentada y recordada fue como director del Zoológico de Buenos Aires, tarea encomendada por el presidente Roca.
Fue allí donde desplegó su ingenio y se asoció con el doctor Christoph Jakob, un anatomista alemán que se dedicó a estudiar no solo el cerebro humano sino, gracias a Onelli, el encéfalo de los animales que morían en el zoológico.
La historia de Jakob, extensa y rica como la de Onelli, queda para la segunda entrega de estos “Pensionistas del zoológico”, frase que evoca uno de los libros inolvidables de Onelli, un manual inclasificable donde describe a los inquilinos del reino animal que habitaban lo que había sido la residencia de Juan Manuel de Rosas, como personajes afrancesados.
Onelli describe a los leones Monsieur y Madame como un matrimonio mal avenido; el elefante vivía en una ‘garçonnière’; la mona estaba ‘fanée’ y las víboras sufrían ‘coup de chaleur’. A los zorros los llamaba ‘vieux gourmets’, que se entristecían por la dieta del zoológico porque este encierro les impedía comer los manjares a los que estaban acostumbrados.
En la mejor tradición de Dee Bartlett, el legendario director del Zoo de Londres (a quien sus coterráneos no le perdonaban haber vendido el elefante Jumbo al empresario americano Phineas Barnum), Onelli organizaba tours didácticos por sus jardines y dotó al zoológico de exóticas edificaciones que evocaban los países de origen de sus “huéspedes”.
También, en cada jaula, ponía un letrero explicativo indicando su nombre según la clasificación de Linneo y las zonas de donde eran oriundos.
Este peculiar director estremeció las calles de Buenos Aires cuando llegó una jirafa. Al no haber transporte idóneo para trasladarla, Onelli la condujo caminando desde el puerto hasta su nuevo hogar.
Más curiosa aún fue la expedición a los lagos del sur en busca de un plesiosaurio, bestia prehistórica reportada por un buscador de oro americano, quien juró haberla visto. Sin hacerle un test de alcoholemia al denunciante, este reporte encendió la imaginación del propio Onelli, quien organizó una expedición para capturar al monstruo que el ingenio popular pronto bautizó como Nahuelito, personaje mítico que aún alimenta el imaginario popular argentino.
Al cabo de unos meses, la expedición volvió sin Nahuelito, pero la publicidad recibida contribuyó a consagrar al lago Nahuel Huapi como centro de turismo.
Sus experiencias viajeras, sus observaciones zoológicas, la donación de ejemplares autóctonos a zoológicos del exterior -que seguían una extraña lógica donde tres pingüinos eran un león y dos cabras una cebra- y los trabajos de neurociencia comparada que hiciera con Jakob le ganaron fama internacional gracias a las publicaciones en revistas científicas de fuste, que consagraron a Onelli como “el más italiano de los argentinos”, frase con que lo definió Marcelo T. de Alvear.
Onelli fue un personaje ilustrado e ilustre, una extraña mezcla de genio visionario y showman discreto que bien sabía que sus “pensionistas”, expuestos, clasificados y disecados cuando abandonaban este mundo, añoraban sus tierras lejanas, porque, al igual que los bípedos que los enjaulaban, ‘on revient toujours à ses anciennes amours’ (vuelven siempre a sus viejos amores).
Onelli murió en su casa del zoológico un 19 de octubre de 1924.
