Los otros Proust

Todos conocemos a Marcel Proust, uno de los más célebres escritores franceses del siglo XX, pero no todos conocen a los doctores Proust, el padre y el hermano, médicos destacados de renombre mundial, que quedaron eclipsados por la prosa exquisita de Marcel.
Sin embargo, en vida del autor, él era el hijo del Dr. Adrien Proust (1834-1903) y hermano de Robert (1873-1935), ambos muy conocidos en los círculos científicos de Francia.
Mientras Adrien aceptaba con resignación el oficio de escritor de su hijo por el asma que lo aquejaba desde niño, su hermano apoyó a Marcel hasta los últimos momentos de su vida y también después de muerto.
“En busca del tiempo perdido” está atravesado por este conflicto entre las expectativas paternas y la vocación artística del hijo. Lamentablemente, Adrien murió antes de la publicación de la obra que lo haría famoso y lo convertiría en acreedor al premio Goncourt en 1919.
En cambio, Robert siguió los pasos de su padre, pero entendía y admiraba a su hermano y, a su muerte en 1922, asumió la difícil tarea de compilar y publicar los tres volúmenes finales de “En busca del tiempo perdido”, que solo eran borradores.
Robert fue, en gran medida, el artífice del prestigio póstumo de Marcel.
Pero ¿quién era el Dr. Proust? Decir solamente que Adrien era un famoso epidemiólogo francés, profesor de la Sorbona y consejero del gobierno en temas de sanidad, no es hacer justicia a la vasta obra realizada en defensa de la salud pública, no solo en Francia sino en el mundo.
Eran los tiempos de los imperios, que entonces no se veían con culpa sino como la obligación de las naciones adelantadas de quitar de la ignorancia y la indigencia a sus extensas colonias.
Y esto implicaba velar por estas personas que los europeos consideraban en un plano inferior. Las metrópolis estaban convencidas de liberar a sus súbditos de las enfermedades y epidemias, no solo por humanidad y altruismo sino también por el lucro cesante de los imperios.
Todos conocemos la Peste Negra que azotó Europa en el siglo XIV, pero ¿cuántos de ustedes conocen que a fines del siglo XIX la misma peste bubónica estaba diezmando la población de China, el sudeste asiático y la India?
La medicina europea, con Pasteur y Koch, había demostrado que podían derrotar a los gérmenes con metodología científica.
Esta era la oportunidad de demostrar en sus colonias la dependencia virtuosa y necesaria que ellas tenían de sus metrópolis. Sin la ciencia europea estaban condenadas a morir por estas pestes.
El Dr. Adrien Proust era un médico que veía el cuadro completo, no solo la enfermedad individual sino la pandemia, la epidemia, la salud pública.
Desde 1851 hasta su muerte en 1903 había sido el orador más calificado de las Conferencias de Sanidad en Viena, Dresde, Venecia y Roma. Cuando supo de la epidemia de peste bubónica viajó a Bombay, donde casi la tercera parte de la población había abandonado la ciudad y la gente moría en las calles.
Proust fue testigo de un fenómeno muy particular de la sociedad hindú: las castas. Los británicos habían organizado el Arthur Road Hospital para atención de los enfermos, pero éstos se resistían a ser internados en las mismas salas que individuos de castas inferiores. Preferían morir en sus casas o en la calle antes de quebrantar esta norma.
Este fenómeno era nuevo para Adrien, que ya para entonces había estado en misiones sanitarias en Rusia y Persia, donde había estudiado epidemias de cólera, o en Atenas y Constantinopla, donde asistió a transformar antiguas ciudades con conciencia sanitaria.
A la vuelta de sus viajes lo esperaba Jeanne Weil, la hija de un agente de bolsa con la que se había casado en 1870.
Jeanne era la figura materna que Marcel esperaba cada noche para abrazar, la mujer culta y refinada que protegía a su hijo, víctima de las azarosas vicisitudes de su asma impredecible y torturante.
Marcel estudió Derecho y se recibió de abogado por insistencia de su padre, pero se resistió a ejercer la profesión “porque nada me interesa más que la literatura y la filosofía”.
Suponemos que la actitud de su hijo y los rumores de homosexualidad que llevaron a Marcel a enfrentarse en un duelo por su honor exasperaban al profesor. Aun así, callaba...
Robert, en cambio, estudió Medicina y se destacó como urólogo y ginecólogo.
Fue asistente del Dr. Samuel Jean de Pozzi, amante de Sarah Bernhardt, a quien operó de un quiste de ovario.
Robert introdujo la radioterapia en afecciones ginecológicas, fue cirujano durante la Primera Guerra y fue nombrado caballero de la Legión de Honor.
Como decíamos antes, Robert fue quien se encargó de ordenar “En busca del tiempo perdido”, ya que Marcel solo había dejado apuntes con muchos comentarios al margen, que a Robert le demandó tiempo organizar.
Aún en pleno siglo XXI siguen apareciendo artículos y cuentos de Marcel que no fueron publicados en vida.
Esta fue la historia de una familia talentosa de la que salieron personajes notables, aunque el emergente no haya sido ni el más laborioso ni el más metódico, sino aquel que desafió los mandatos familiares honrando su vocación literaria.
Pero vale señalar que Marcel pudo darse una vida un tanto dispendiosa gracias a los medios que proveía su padre y que le permitieron cultivarse y socializar con los personajes del “tout Paris” que después volcó en sus escritos.
Y, por último, todo el esfuerzo de Marcel (o gran parte) hubiese caído en el olvido de no ser por la extraordinaria capacidad de trabajo de su hermano. No sabemos hasta qué punto Robert plasmó su impronta o si solo se limitó a respetar lo escrito.
Marcel Proust fue el emergente de una sociedad que creía ser el centro del mundo civilizado y el fruto de una familia que había hecho de la profesión médica un sacerdocio.
Curiosamente, o no tanto, ha trascendido más la actividad artística que la devoción asistencial. Una fue fruto de la sensibilidad y la inspiración, pero necesitó de la otra para encauzarse.
Quizás por eso escribió:
“Demos gracias a las personas que nos hacen felices, ellas son los encantadores jardineros que hacen florecer nuestra alma”. Marcel Proust.