El R.P. Guillermo Furlong S.J. sostuvo que fue el padre provincial Nicolás Durán Mastrilli quien más se ocupó de dicha fundación, en la que también tuvieron un papel importante el padre Pedro Romero, primer párroco del lugar, y Roque González de Santa Cruz.
Vale aclarar que este último fue beatificado en 1934 por Pío XI; su corazón fue venerado por el Legado Pontificio al Congreso Eucarístico Internacional de ese año en Buenos Aires, cardenal Eugenio Pacelli, en la iglesia del Salvador, y finalmente alcanzó la Santidad cuando San Juan Pablo II lo proclamó “Santo Mártir Paraguayo” y primer mártir del Río de la Plata, el 16 de mayo de 1988, en una ceremonia realizada en Asunción del Paraguay.
El obispo elevó la iglesia a la categoría de parroquia, y la labor de los padres de la Compañía de Jesús en el lugar fue múltiple.
EL PADRE CARDIEL
El padre José Cardiel, que visitó Yapeyú en 1631, dejó esta descripción: “La planta de ellos es uniforme. Todas las calles están derechas a cordel y tienen de ancho diez y seis o diez y ocho varas. Todas las casas tienen soportales de tres varas de ancho o más, de manera que cuando llueve se puede andar por todas partes sin mojarse, excepto al atravesar de una calle a otra. Todas las casas de los indios son también uniformes: ni hay una más alta que otra, ni más ancha o larga; y cada casa consiste en un aposento de siete varas en cuadro como los de nuestros colegios, sin más alcoba, cocina ni retrete. En él está el marido con la mujer y sus hijos, y alguna vez el hijo mozo con su mujer, acompañando a su padre. Todos duermen en hamaca, una red de algodón de cuatro o cinco varas de largo, que cuelgan por las puntas de dos largas estacas, o pilares, o de los ángulos de la pared, levantada como tres cuartas o media vara de la tierra, y les sirve también en lugar de silla para sentarse o conversar. Y es cosa tan cómoda que muchos españoles, aun de conveniencias, las usan… Nunca se pasean por el aposento. Siempre están sentados: o en su hamaca, o en una sillita (que siempre las hacen muy chicas), o en el suelo, que es lo ordinario, o en cuclillas…”
“La casa del pueblo es de paredes de tres cuartas o de vara de ancho, de piedra o de adobes, y los pilares de los soportales también de piedra, y de una sola pieza cada uno en muchas partes, y todas cubiertas de tejas. Todos los pueblos tienen una plaza de 150 varas en cuadro, o más, toda rodeada por los tres lados de las casas más aseadas y con soportales más anchos que las otras, y en el cuarto lado está la Iglesia, con el cementerio a un lado y la casa de los Padres al otro… Hay almacenes y graneros para los géneros del común y algunas capillas…”.
De los comienzos podemos recrear algunos datos a través de la carta que en 1635 escribió al Padre General el R.P. Diego de Boroa, provincial de la Compañía de Jesús. Por ella sabemos que en Yapeyú estaba el padre Andrés de la Rúa, “que ha trabajado muchos años buscando con su industria qué dar de comer a los más necesitados”, porque muchos naturales andaban la mayor parte del año cazando por los campos para sustentarse, “con grande detrimento de las almas”.
El padre juntó unas “manadillas de vacas”, y todos los días se les repartía a los indios en la puerta de la casa de los religiosos una medida de leche.
La fiesta patronal del año 1633 tuvo lugar el 18 de setiembre, cuando pasó a visitarlos el provincial, concurrieron todos los padres que pudieron desocuparse de las reducciones cercanas y “los más diestros de música”.
MISIONES
El R.P. Guillermo Furlong, con no poca verdad, dice que “si escasean las noticias sobre el desarrollo de la música y del canto en los centros hispanos durante la segunda mitad del siglo XVII, abundan las que se refieren a las Reducciones Jesuíticas, así en el territorio de Misiones como en la región de los indios llamados chiquitos, cuya evangelización estaba al cuidado de los Jesuitas del Río de la Plata”. A pesar de sus investigaciones, en las que encontró las referencias, no pudo encontrar el nombre de un jesuita español “quien de tal suerte disciplinó sus neófitos en la música, en el canto y en el baile, que así Loreto y San Ignacio Guazú dejaron de ser, como hasta mediados del siglo XVII, los principales centros filarmónicos, y cupo esa gloria al pueblo de Yapeyú”.
Sostiene Furlong que era tal la fama que había adquirido el lugar, que acudían a formarse en esa escuela desde otras ciudades españolas, además del gran taller de instrumentos musicales que los fabricaban con singular destreza, que no solo se enviaban a otras misiones sino a otros pueblos del extenso virreinato del Perú.
El tirolés Antonio Sepp, desde su niñez, había demostrado su interés por la música; instruido en ella y con su excelente voz, llegó a alcanzar celebridad en el coro de los cantores de la Corte imperial. Sabía además ejecutar varios instrumentos: flauta, corneta, piano, clarín, tromba marina o sacabuche, la viola y la tiorba. Llamado por la vocación religiosa, ingresó a la Compañía de Jesús y fue destinado a Yapeyú. De su viaje por el río Uruguay recordó: “En las embarcaciones tocábamos nuestros instrumentos musicales y cantábamos; y sucedió que los indios de aquellas costas nos oían, y atraídos por la música acudían a la ribera, aunque andaban desnudos, y escuchaban complacidos aquellas armonías”.
Sepp, hombre de inmenso talento, llevó a Yapeyú a su máximo nivel; sin embargo, con generosidad, reconoció el mérito de quienes lo habían precedido: el primero, “un padre flamenco, que introdujo el canto en ese pueblo”, que no conocía la teoría y enseñaba de oído; y después, “un padre español, el cual en algo había aprendido la música, según método anticuado, y lo que sabía enseñaba a otros, de modo que los papeles de música que dejó, por falta de otros mejores, están todavía aquí en uso”.
Del mismo modo agregaba que los indios “eran muy hábiles para imitar no solo las prácticas religiosas sino la fabricación de pan, alimentos, vestidos; diestros además para pintar, fundir campanas, fabricar órganos e instrumentos músicos, relojes y todos los oficios y artes europeos, pero muy en especial aptos para la música, como arte esencial del culto divino”.
Afirmaba que la Provincia del Paraguay había gastado 80.000 duros para el envío de cuarenta y cuatro misioneros, por lo que no habría problema en comprar partituras por unos 20 florines: “Para que se vea el aprecio que se tiene de la música en Indias, el padre Procurador que nos trajo ha comprado un órgano en Flandes para Buenos Aires, de un valor de mil duros, sin haberlo visto ni probado, y sin saber siquiera si llegaría a América”.
El padre Sepp informaba a sus superiores el resultado del año 1692 en Yapeyú: “He formado a los siguientes futuros maestros de música: 6 trompetas, 4 organistas, 30 tocadores de chirimías, 18 de cornetas, 10 de fagote”.
Mucho más queda por decir del lugar natal del Libertador, cosa que haremos en otra nota al acercarnos a sus cuatro siglos. Mientras tanto, Yapeyú se prepara, junto con el gobierno de la provincia y su municipalidad, a celebrar esa fecha con conferencias y diversas actividades para dar a conocer una historia que los enorgullece.
