El Ejército de las heces

Los conquistadores neosoviéticos sienten en las tripas su misión: destruir la civilización

Los civiles ucranianos de Bucha, Irpeñ y otras ciudades reconquistadas a las tropas de Putin, cuando volvieron a sus casas, descubrieron que sus viviendas no sólo habían sido saqueadas, sino también defecadas. Había por todas partes montículos de excrementos humanos. No meramente en el suelo; también en las mesas, en las camas y dentro de la vajilla. Y eso teniendo en cuenta que en todas las casas había toiletes bien mantenidos; ¡úsalos! Pero no. Y así era en todas las localidades de donde se replegaba el ejército de Putin.

Muchos trataron de adjudicar este fenómeno a la falta de cultura y sacaban conclusiones sobre la “innata inferioridad del pueblo agresor”. Pero el punto no tenía que ver con eso. Porque después de todo, esas mismas personas no defecaban así en sus propias aldeas, de las cuales eran incorporados para ir a la guerra, no lo hacían en las casas de sus vecinos, y aun si llegaban a asesinar a un vecino en alguna pelea de beodos, no coronaban su obra defecando en su cacerola.

La única explicación plausible es que los conquistadores neosoviéticos, latentemente, instintivamente sienten que su objetivo es destruir la civilización.

En las escuelas, a los alumnos soviéticos los obligaban a estudiar aplicadamente el ensayo del escritor Maxim Gorki sobre “V. I. Lenin”. Allí hay un fragmento, que se aparta notablemente del tono general de narrativa azucarada:

 

“Recuerdo con repulsión un hecho: en el año 19, en Petersburgo, se realizó un congreso ´del pobrerío aldeano´. Desde las provincias norteñas de Rusia se presentaron varios miles de campesinos, y centenares de ellos fueron alojados en el Palacio de Invierno. Cuando finalizó el congreso y estos colectivos partieron, resultó que no solo en todas las bañeras del palacio, pero asimismo en una enorme cantidad de valiosisimos jarrones -sajones, orientales y de Sèvres- se había defecado, se los había utilizado en calidad de bacinillas. Esto no fue razones de necesidad, los baños del palacio funcionaban normalmente, no faltaba suministro de agua. No, este vandalismo era la expresión del deseo de arruinar, mancillar objetos hermosos. A lo largo de dos revoluciones y una guerra yo he observado centenares de veces este oscuro, vengativo impulso de romper, desfigurar, ridiculizar, mancillar lo bello”.

Últimamente en Alemania, después de largos años de silenciamiento, comenzaron a aparecer testimonios de testigos oculares de la ocupación soviética de 1945. Casi en cada una de esas publicaciones se destaca la costumbre, -que asombraba a los alemanes- de cubrir todo lo existente con una capa de heces.

Pero supongamos que los alemanes no son objetivos. Veamos lo que dicen los propios soviéticos.

He aquí una franca anotación del escritor Iuri Naguibin, en su diario del frente de batalla: “Nos mudamos hoy a una casa de dos pisos. En las paredes cuelgan cables arrancados, hay muebles rotos, un ficus tan seco, que al tocarlo se desmoronó, libros en el suelo,  de medicina, ingeniería, un manual Hygger, etc. Y en todas partes excrementos, hasta en la mesa, la estufa, en el alféizar, en la pantalla de la lámpara colgante. Al principio yo no entendía esa pasión de las personas por defecar en los lugares abandonados, casas, jardines, patios. Luego probé yo mismo y encontré en ello un asombroso placer”.

Nikolai Nikulin, que dejó unas memorias extraordinarias sobre el último periodo de la Segunda Guerra Mundial, cuenta como él, en Alemania, siendo un joven comandante, trataba de explicar a sus subordinados que defecar en las casas ocupadas de los lugareños estaba mal:

“En la ciudad de Allenstein nosotros nos ubicamos en una casa abandonada por sus habitantes. De una de las habitaciones tuvimos que extraer еl cadáver de una vieja que yacía en un charco de sangre. Todos los muebles y objetos estaban en su lugar. Impresionaba la limpieza, la existencia de todo tipo de dispositivos. En la cocina brillaban los mosaicos… Al abrir la puerta veo al cabo Kukushkin, haciendo sus necesidades en un plato de Sèvres…

-¡¿Que estás haciendo, canalla?! - rugí.

-¿Y que? - contestó mansamente Kukushkin.

Yo estaba furioso. Y Kukushkin desconcertado. El se subió el pantalón y se fue tranquilamente a dormir, yo en cambio, durante el resto de la noche pensé afiebradamente, qué podía emprender. Y llegué a elucubrar algo: no pude inventar nada más idiota. A la mañana, cuando todos se despertaron, yo ordené formar fila. Se ve que mi rostro reflejaba algo, que asombró a todos. Habitualmente yo nunca los hacía practicar formaciones oficiales, como lo indicaban los reglamentos del ejército. Estábamos en guerra y nos importaban un bledo todas esas tonterías.. Y de repente, yo: “¡Atención! ¡Firrr-mes!”

Todos obedecen.

Yo le ordeno a Kukushkin que dé un paso al frente y pronunció un discurso flámigero. Creo que nunca en mi vida he sido tan elocuente y he hablado con tamaña inspiración.

Yo apelaba a la conciencia, hablaba de lo Hermoso, del Hombre, de los Valores Superiores. Mi voz rezonaba y brillaba con modulaciones expresivísimas. ¿Y qué? De pronto me di cuenta que toda la formación se sonreía de oreja a oreja y me miraba displicentemente.

Yo terminé de expresar mi desprecio y condena al comportamiento del cabo Kukushkin y deje ir a todos. Había hecho todo lo que pude. Dos horas más tarde el conjunto de piezas de Sèvres, y en general toda la vajilla, apareció cubierta de heces. Se las ingeniaron para defecar incluso en los estantes de libros. Desde aquella ocasión, ya no lucho más por la Justicia, ni por los Valores Supremos”.

 

INTENTO DE EXPLICACION

El escritor polaco Stanislav Lemm trató de explicar este fenómeno en Europa durante la marcha triunfal por ella del soldado soviético en el año 1945: “Con esto, ellos se vengaban no solo de los alemanes por aquello que estos hicieron en la Unión Soviética, sino que se vengaban de todo el mundo. Habían salido de los límites de su prisión –la URSS- con una venganza, la más vil de todas las posibles. Porque defecaban encima de todo, ningún animal demuestra una, por así decirlo, crueldad excremental, como la demostraron los soviéticos, atascando y llenando con sus excrementos los salones devastados, las salas de hospital, los bidets, los armarios, defecando sobre libros, alfombras, altares; en ese defecarse en todo el mundo radicaba su felicidad!”.

No es una simple venganza contra aquellos que viven de una forma más libre, próspera, razonable. Se trata de un manifiesto que describe el futuro de los territorios ocupados. Se ve claramente que si el mundo neosoviético-putinoide se mantiene donde se propagó, la vida allí se va a degradar, las leyes van a ser reemplazadas por conceptos, la economía se simplificará hasta niveles medievales, en lugar de jardines florecientes crecerán los basurales y la cultura y el arte morirán. Esto lo vemos muy bien en el ejemplo de los alguna vez florecientes centros turísticos de Abjazia, en el ejemplo de los otrora pulcros Donetzk y Mariupol, transformados en enclaves de bandidaje o totalmente destruidos. Los conquistadores neosoviéticos sienten en las tripas su misión: destruir la civilización. Cualquiera. No solo la europea. No es una relacion vencedor-vencido, como ocurre en las guerras. Es un manifiesto al mundo circundante.