Siete días de política
Los ataques “woke” contra los argentinos beneficiaron a Milei
El mundial de fútbol ayudó al Gobierno al sacar la política de la agenda, pero más lo ayudaron los “progres” europeos al acusar de racismo a todo el país y unirlo. ¿La oposición? Descolocada.
Un presidente que abre el país a la economía mundial, se alinea con Washington, ataca a las dictaduras comunistas latinoamericanas y de cualquier lugar del mundo, refuta las opiniones “woke” y se proclama cruzado del capitalismo y de la hegemonía occidental constituye el blanco ideal para la izquierda progresista. No sólo porque eligiéndolo como enemigo legitima su propia existencia, sino también porque la mantiene vigente ideológicamente, algo casi milagroso después de la caída del Muro.
En ese marco el campeonato mundial de fútbol fue usado por el “wokismo” como escenario para reafirmarse y alimentar la guerra que despliega contra el resurgimiento de la derecha en América y Europa. El blanco elegido fue la Argentina porque su actual presidente se ha posicionado como un ícono internacional del ultraliberalismo hostigando continuamente al socialismo. La presencia de la selección argentina en la final contra un equipo europeo sirvió de excusa para una batalla más dura que la deportiva.
El enfrentamiento era político y tuvo consecuencias políticas, pero no las que esperaban quienes acusaron a todos los argentinos de racistas. Terminaron ayudando involuntariamente a acallar las críticas contra Milei, que personificaba por razones obvias la dignidad nacional agredida. La oposición interna cayó en la incómoda situación de quedar del lado de los agresores si cuestionaba al Presidente. Más aún, con la irrupción de la cuestión Malvinas en el enfrentamiento, los “gauchorriveristas” del PJ y del nacionalismo rancio no tuvieron otra opción que cerrar la boca.
En suma, la ofensiva “wokista” del “star system” de Hollywood o del periodismo europeo y americano era contra Milei, pero golpeó al país. Además, sus detractores no cometieron solo ese error, sino otro más incompresible: eligieron el racismo como arma de ataque después de haberlo practicado durante siglos. En realidad, lo hicieron para castigar a un país periférico que desafía a sus élites culturales, por ponerles algún nombre.
La supremacía que se ha autoatribuido histórica e injustificadamente el Primer Mundo hoy pretende ser moral, pero antes fue biológica. El ejemplo más claro fue el nazismo y sus veleidades arias, pero no el único. Para justificar la explotación colonial británica, Kipling hablaba de la “white man burden”, la carga o responsabilidad civilizadora del hombre blanco.
La controversia tampoco es nueva. Cuando en un editorial “The Washington Post” cuestionó que el equipo argentino no tenía jugadores negros no se trató de simple desconocimiento. Constituyó una impugnación moral. Supuso que la Argentina debía ordenarse social, deportiva y hasta políticamente con criterios raciales. Lo dicen los que practicaban un esclavismo inmisericorde, colgaban a los negros de los árboles y necesitaron una guerra civil atroz para dejar atrás semejante barbarie.
La realidad argentina es muy distinta. No hay “cuotas” raciales para lograr una sociedad más integrada. Existen los prejuicios, la discriminación y las desigualdades de distinto tipo. Hay grupos diversos por nivel económico, origen familiar y educación. Lo que no hay es una sociedad divida en razas en guerra. No hay cuotas porque el proceso argentino de inmigración fue más integrador que el norteamericano; ni qué decir del que tienen ahora los europeos con los africanos empobrecidos que les llegan de a miles.
Igualmente integrador es el fútbol en las competencias internacionales. La política divide, pero el equipo argentino (formado en su casi totalidad por jugadores que viven en Europa) tiene al 99% de la sociedad unida: peronistas, radicales, libertarios, etcétera. Hay jugadores de distintos colores y procedencias y se los selecciona por mérito no por la piel o por otra consideración extradeportiva.
En síntesis, el problema no es ni fue nunca el racismo, sino la política. Argentina llegó a la final con una hinchada y un equipo deportivamente desafiantes. Con un Gobierno también políticamente desafiante.
Eso produjo un intento de asimilar ambos factores por parte de los voceros del progresismo. Los que detestan al Presidente porque es aliado de Netanyahu y de Donald Trump pretendieron mezclar absurdamente a Messi en esa confrontación porque es la contrafigura de un transgresor. Se equivocaron.
Uno de los que se dio cuenta del favor que le estaban haciendo a Milei fue el actor Javier Bardem que después de criticar a los argentinos puso marcha atrás. Intentó aclarar dichos que habían generado fuerte rechazo por considerarlos una descalificación al país. "Nunca dije que la Argentina fuera un país xenófobo o racista", declaró, asegurando que sus palabras anteriores habían sido dirigidas contra Milei, no contra los argentinos. Pero ya era tarde.
