Las ventajas de una gran guerra
Las contiendas bélicas, o el miedo a ellas, siempre han servido para ocultar las atrocidades y atropellos de un gobierno o un sistema, sin importar la ideología.
Hace pocos días el presidente Macron sorprendió con una declaración contundente y preocupante: sostuvo que su sistema de inteligencia había detectado sin margen de dudas que Rusia estaba preparando un fuerte e inminente ataque sobre varias naciones europeas. Llamó entonces a que su país y los demás miembros de la UE se prepararan para esa eventualidad rearmándose adecuadamente y aumentando su arsenal de defensa.
Casi simultáneamente varios países europeos (Polonia y Alemania entre otros) expresaron la urgente necesidad de prepararse para enfrentar un hipotético ataque de Putin, o al menos fuertes acciones de provocación y sabotaje. Letonia se sumó argumentando que Europa no está preparada para enfrentar un ataque aéreo ruso dada su incapacidad para librar una lucha de drones por sus carencias en el área de defensa antiaérea contra misiles y drones, un aventurado comentario que seguramente no le correspondía formular. Ucrania, como siempre, fue más dramática y advirtió sobre el inminente riesgo de un ataque ruso contra países limítrofes de Bielorrusia y Rusia, que están virtualmente desarmados.
Unos días antes Úrsula von der Leyen se había reunido con el secretario general de la OTAN y atribuido el fallido atentado con drones al aeropuerto de Leipzig/Halle a la inteligencia rusa y agregó de paso que la UE no toleraría ninguna incursión de ese tipo. Simultáneamente, acuñó el concepto de La nueva normalidad, es decir dando por sentada la repetición de esos hechos, y de acostumbrarse a esos ataques, por lo que sostuvo la necesidad de responder más rápidamente a ellos, y de modo más contundente. Eso implica, en su percepción, la necesidad de defender esas estructuras no militares de uso civil como si fueran objetivos de primera línea, con los costos correspondientes. Remató sosteniendo que, si con ese ataque Rusia había querido disuadir a Europa de apoyar a Ucrania, había logrado el efecto contrario, ya que tal acción robusteció la decisión de apoyar al país de Zelensky.
Estas declaraciones y amenazas no se repitieron demasiado en la reciente Asamblea General de la ONU donde, como se sabe, los discursos son formales, y en ellos se sostienen posiciones más bien para consumo interno de cada país representado, un costoso concurso de bravatas y enunciados sin ningún efecto real, buscando titulares de diarios en los que ninguna persona inteligente cree y en los que nadie convence a nadie.
No es fácil pronunciarse sobre la verosimilitud de todos estos discursos y enunciados, ni se pueden predecir las acciones de ninguno de los mayores líderes mundiales, casi todos con ambiciones imperialistas y autoritarias, que luchan por controlar y ampliar sus áreas de influencia, o sus intereses nacionales, partidarios o personales, casi todos imprevisibles y megalómanos.
En cambio, se pueden hacer diversas consideraciones sobre la funcionalidad de las guerras o las aventuras bélicas que valen para todos los tiempos y que se aplican a la actualidad.
Detrás de los cañones, la eternización
Las guerras han servido siempre, desde los comienzos de la humanidad, para perpetuar en el cargo a los gobernantes que las libran. Recuérdese que el Senado romano tenía la potestad de designar un Dictador en tiempos de guerra, a efectos de que no existieran discrepancias internas que debilitaran la estrategia y el accionar bélico. En tiempos modernos, las contiendas han servido para que el gobernante de turno se perpetuara en el poder y hasta fuera considerado un héroe y se olvidaran sus errores, deficiencias o inconductas. No es de extrañar entonces que el lenguaje beligerante aumente en proporción directa a la caída de prestigio de un gobierno. El concepto de patria siempre ha servido para postergar todo reclamo en nombre del supremo valor de la soberanía y similares.
Recuérdese la epopeya inventada por la URSS para justificar su apoyo a Francia y el Reino Unido en la Segunda Guerra tras romper sus pactos con Hitler, guerra en la que el país comunista sacrificó 27 millones de habitantes en acciones directas o correlativas relacionadas. Semejante apoyo a una causa ajena con objetivos nada patrióticos fue presentado al pueblo soviético como La guerra de la madre patria. Hasta los años 90 los veteranos de esa guerra lucían con orgullo sus condecoraciones por las calles de Moscú, como parte de su atuendo cotidiano.
Las guerras, imaginarias o reales, provocadas deliberadamente o declaradas en nombre de la defensa nacional o de alguna otra causa sagrada, (o las amenazas de su desencadenamiento) también han servido para limitar o coartar la libertad de la ciudadanía, como retrata con tanta precisión la ineludible 1984 de Orwell, donde a esos efectos se libra todo el tiempo un enfrentamiento bélico con un enemigo difuso y cambiante.
En un momento de la historia donde crecen los intentos de controlar a los ciudadanos de tantas naciones y de limitar, regular o penar su opinión, aun por quienes otrora hacían gala de defender ese derecho a sangre y espada, una guerra es una herramienta dorada para los tiranos en ciernes. El lector puede pensar en los nombres y acciones que guste para ilustrar este párrafo.
Hay algunos hechos más concretos para tener en cuenta. Por caso, el presidente Trump ha manifestado reiteradamente su intención de no ser el principal sponsor de la OTAN y hasta de la ONU, a cuyos funcionarios considera unos burócratas inútiles (La columna no intenta desmentir esos calificativos, sólo los expone). Donald sostiene que Europa ha contribuido muy poco a su propia defensa y que la contribución de los países que la integran para sostener su propia defensa debe ser mucho más alta. También ha expresado su intención de abandonar la OTAN y retirar sus aportes a ambos entes. Ha pedido expresamente que Europa aumente sus gastos de defensa.
Es probable que la necesidad de bajar el déficit norteamericano haga que esa política de Trump sea imitada por cualquier otro gobierno estadounidense futuro. Nótese que la prohibición de rearmarse a Japón fue más que una concesión norteamericana, una renuncia a subsidiar los gastos de defensa de ese país, que ahora debe encarar esa tarea estratégica con sus propios presupuestos.
A esas políticas, mal o bien enunciadas, se une el hecho de que el apoyo a Ucrania en su justa lucha ha golpeado seriamente la capacidad bélica europea, en especial en lo que hace al stock misilístico y de drones y a su renovación y producción, que los expertos sostienen que llevará años recomponerse. Y ciertamente obligará a aumentar los impuestos. Esto se agrava al avance chino en esa materia, cuya calidad y arsenal de drones puede llegar a ser rápidamente varias veces superior no sólo a Europa, sino también a EE. UU. pese a las declaraciones al respecto del mandatario estadounidense.
(Como reflexión filosófica, todo esto ocurre bajo el control de Occidente por un mandatario que prometió terminar con todas las guerras en dos meses),
La amenaza de una gran guerra pavimenta el camino a restricciones ideológicas y también a una elevación de impuestos, que podrán dedicarse para el rearme y para otros avances de defensa, o también para seguir aumentado el gasto del estado en sus burocracias, lobbies, corrupciones, etc. aunque no tengan relación alguna con la Defensa.
El recaudador eterno
Históricamente las guerras han justificado todo tipo de gastos y exacciones del Estado, cosa que se ve desde el siglo XV si se repasa la historia. El recaudador, la ARCA de entonces, es el personaje más odiado de la historia. Recordar que, como la causa era patriótica, se usaba la tortura y hasta la muerte para cobrar impuestos. El liberalismo moderno fue la reacción contra esas prácticas.
En un momento donde el endeudamiento de los países ha comenzado a estallar y a ser inmanejable, las guerras también han explicado defaults, devaluaciones, inflaciones, expropiaciones, confiscaciones, restricciones al comercio internacional, proteccionismo, desempleo, pobreza y miseria, a la vez que enriquecimiento desaforado de unos pocos. Y también restricciones a las garantías constitucionales, desde la propiedad a la intimidad y privacidad hasta las levas.
Las guerras eliminan el pasado y toda recriminación ética o técnica. Toda pérdida de derechos, incumplimientos de deudas del estado, traición a la confianza pública y destrozo de las instituciones, son siempre atribuibles a la lucha por la patria, la soberanía y el combate al “vil invasor”.
Por eso lo mejor que puede hacer el ciudadano, el consumidor, el trabajador, los jóvenes, los ahorristas, los empresarios, la prensa escatologizada y todos los individuos, es oponerse a todas las guerras y mirar con atención crítica los costos de la defensa y armamento y su eficacia. Hay quienes sostienen que las grandes potencias son ricas gracias a su capacidad bélica. Los muertos, los desesperados, los descapacitados, los desocupados, desahuciados y miserables que deja en su camino semejante idea no piensan lo mismo.
