A PROPÓSITO DE LA PUBLICACIÓN DE UNA OBRA POSTUMA DE JUAN JOSÉ SEBRELI
Las máscaras de la Revolución
Por Ignacio Balcarce
La reciente y póstuma publicación de Revoluciones. Temblores de una historia inconclusa (Sudamericana, 2025), un curso dictado por Juan José Sebreli en la década del ´90, es una ocasión propicia para volver nuestra reflexión sobre un concepto que explica nuestros tiempos: la Revolución.
Respecto del libro, debemos decir que es un recorrido por la historia moderna en clave hegeliano-marxista con las moderaciones y los matices propios de un Sebreli ya converso a la socialdemocracia, a su proclamado liberalismo de izquierda y con cierto desencanto por consignas progresistas, las que paradójicamente el autor alardea de haber defendido con anterioridad a las nuevas izquierdas que para ese momento ya comenzaban a descartar las antiguas reivindicaciones ligadas a la situación obrera.
El trabajo intenta relacionar y distinguir fenómenos diversos como el jacobinismo, el socialismo, el fascismo, la guerra civil española, el castrismo y la revolución sexual de los años ´60, pero desde su posicionamiento político y con el enfoque ideológico adoptado, queda muy lejos de atrapar la esencia profunda de la Revolución.
¿QUÉ ES LA REVOLUCIÓN?
Nosotros vamos a responder desde dos frentes complementarios, la filosofía y la teología. Un primer acercamiento nos permite decir que la Revolución es la voluntad moderna de llevar la sociedad hacia la libertad de autodeterminación.
La mentalidad revolucionaria emerge asociada a la idea de emancipación. Entonces tenemos una mentalidad y una actitud que se plasma como corriente cultural impulsando una concatenación de hechos diversos, de todo pelaje, desde distintas propuestas ideológicas, pero con una meta: la liberación.
Se sobreponen liberales, republicanos, democratistas, nacionalistas, socialistas, comunistas, fascistas, todos en un reclamo de mayor libertad, llamando a romper cadenas que atan y en un esfuerzo por construir soberanía, dominio y potestad. Esto sucede porque la ideología revolucionaria trasciende posturas puntuales y de coyuntura. La verdadera ideología de la revolución es la Revolución.
Todas sus fuerzas caminan en una dirección, con revueltas más o menos violentas, con maniobras más o menos ocultas, pero buscando desestabilizar el orden y producir la transformación liberadora.
El propósito es destruir para institucionalizar otras realidades, proyectar una ingeniería social capaz de reformar la vida comunitaria sobre nuevos paradigmas y desplegar una dinámica modernizadora en tensión permanente hacia el futuro utópico.
Los cambios políticos -como pueden ser la transición de un régimen monárquico al Estado republicano y el reemplazo de la dirigencia aristocrática por la burguesía- o los cambios en los procesos económicos -como el paso de la producción feudal a la producción capitalista- con todo el trastorno sociocultural que eso acarrea, responden a un estado espiritual, a un afán de empoderamiento humano y a una búsqueda de mayor autonomía.
GOLPES PRECISOS
El error es creer que esos cambios anhelados por el movimiento revolucionario son meros cambios exteriores, en el ámbito de la institucionalidad, cuando en realidad son golpes precisos a principios y fundamentos del orden natural y sobrenatural. Sin embargo, esos cambios no transforman la sociedad, porque la violencia no es la partera de la historia ni le corresponde al ser humano conducir los tiempos. Lo que hacen es introducir desorden, conflicto y hostilidad.

Este ánimo revolucionario coagula como corriente cultural porque trabaja por legitimarse con elaboradas campañas publicitarias, sea con aquellos primeros panfletos iluministas o desde los actuales medios de comunicación que lo naturalizan y lo inyectan en las entrañas de la sociedad.
El revolucionario es presentado con connotación positiva, sentimentalmente como un héroe, un vanguardista adelantado a su tiempo, un mártir de la libertad.
Esa misma campaña de difusión y proselitismo nos opone a una Iglesia autoritaria, policíaca, oscurantista y enemiga del progreso y la libertad humana.
Vamos viendo que el camino de la libertad y la lógica del desarrollo parecen abrirse en relación a la secularización.
La metodología para eclipsar la religión en la vida social y apartarla de las decisiones públicas puede variar, yendo de la persecución cruenta a la persecución legal o la instrumentalización estatal, pero en todos los casos hay una subordinación de esferas donde la voluntad humana se constituye como autoridad, gana en autonomía y poder de decisión, y los fundamentos sociales preestablecidos, objetivos y trascendentes se desvanecen como hebras de humo.
LA REVOLUCIÓN ANTICRISTIANA
Llegamos al punto en que la ciencia teológica nos puede mostrar quién es la Revolución porque su perfil se va insinuando como renovación de una antigua promesa: seréis como dioses; arquetípica tentación que se recicla históricamente.
El proceso revolucionario va perdiendo las máscaras y se transparenta como un giro antropocentrista, un gran desorden que procura desplazar a Dios, su verdad, su orden y su Iglesia, en dirección al poder fáctico, el dominio del entorno y la naturaleza.
El problema con lo expuesto es que antes, el mundo católico -comenzando por las autoridades eclesiásticas- era consciente de esta situación y hoy ya no.
El cristianismo, aturdido por la avalancha revolucionaria, pasó de la viril resistencia al diálogo y la conciliación con el enemigo. Pero si la esencia de la Revolución es el anticristianismo y su padre es Satanás, no hay conciliación posible y la respuesta debe ser la franca confrontación.
Solo trato de recordar que la Revolución es un fenómeno teológico que secundariamente tiene sus resonancias políticas, económicas, jurídicas y culturales.
La base revolucionaria es el rechazo a Cristo como Rey de todas las naciones y de todo lo creado. Es ese desplazamiento -ese rechazo de los constructores a la Roca (Hch 4,11)- lo que posiciona al hombre como fuente de toda moral, toda ley y todo gobierno, lo obsesiona con el poder y lo catapulta a todo tipo de excesos, abusos y vicios.
La Revolución es querer construir la ciudad sin Dios. Es edificar el mundo sobre las solas fuerzas humanas. Es la impiedad. Es desobediencia y es caos. Es un montón de consignas seductoras y fórmulas que suenan bien, incluso humanitarias, y solo nos pueden despeñar a un abismo de perdición. Es apetito de autodestrucción insuflado desde oscuras instancias preternaturales. Es una mentira que proviene del padre de la mentira, enemigo de la Iglesia y del género humano.
