UNA MIRADA DIFERENTE

Las bondades de la guerra

Las contiendas bélicas son mecanismos de justificación de acciones del gobernante que no tendrían explicación posible sin esa excusa.

Hace 30 años el autor de esta columna le preguntó en una charla privada al entonces embajador de Irán en el país (posteriormente perseguido hasta hoy por Interpol por terrorista a pedido de Argentina) la razón por la que su país tenía una actitud de hostilidad controlada hacia Estados Unidos. La respuesta fue sorprendentemente sincera: “Si no lo hiciéramos no seríamos ni tenidos en cuenta por EEUU y tampoco seríamos un factor de poder en Oriente Medio... Entonces tomamos esta actitud de resistencia que no llega a que nos vean como enemigos pero sí a que nos consideren como una preocupación a tener en cuenta”.

Esa estrategia evidentemente fue cambiando o exagerándose a medida que Irán se convirtió en un estado terrorista, acrecentó su odio a Israel, cuya existencia niega al igual que los palestinos, financió el terrorismo de Hezbolá, Hamás y les dio ayuda militar y entrenamiento y permitió hasta la circulación libre de Al Qaeda. También su relación con Arabia Saudita es espinosa, acentuada por las diferencias religiosas, un tema no menor en la teocracia iraní y en el islam en general. 

La decisión de enriquecer uranio, que lo puso a un paso de una bomba nuclear, movió a Obama a impulsar el tratado de 2015, que eliminó multas y represalias de todo tipo a cambio de que Irán se comprometiera a no proseguir con su programa de enriquecimiento. El flagrante incumplimiento de ese tratado no sólo dejó en mala posición a Obama, sino que avivó el repudio, indignación y permanente alerta de casi todos los países de Medio Oriente. 

  Un enemigo a vigilar

La guerra de 1980-1988 entre Iraq e Irán, tolerada por Estados Unidos que alentaba a su entonces aliado Sadam Hussein, además de dejar entre 1,5 y 2 millones de muertos, fue el marco previo que mostró a la otrora Persia como un enemigo a vigilar y del que desconfiar por todos los países petroleros, que vieron transformada su competencia exportadora en una amenaza bélica con complejos componentes religiosos. En el caso de Israel, que ciertamente no es petrolero, el encono es mucho peor, porque es sabido que Irán pretende borrarlo del mapa como estado y como raza. 

Estados Unidos protagonizó varios episodios al menos incomprensibles y confusos en esa guerra, por ejemplo, el de apoyar a Iraq y al mismo tiempo venderle armas a Irán, digno de una película de Woody Allen. 

Este panorama fue agravado por el éxito del plan iraní de enriquecimiento de uranio, que a fines de 2024 lo había llevado a las puertas de poder fabricar una bomba nuclear, una especie de lotería fatal en manos de una teocracia que reina sobre un conglomerado de facciones casi tribales que no sólo defienden el Islam y quieren la desaparición de todos los infieles del globo, sino que cada una esgrime su propia versión e interpretación del Corán, defensa que están dispuestos a ejercer mediante la muerte de quienes tengan una fe o un sistema institucional o jurídico distinto a su creencia o subteocracia. 

La inminencia de ese logro atómico, que Washington había observado con bastante pasividad, obligó a los bombardeos de 2024-25 de EEUU e Israel, que destruyeron los centros de enriquecimiento de uranio y eliminaron sus stocks, retrasando en meses o años - las opiniones divergen – la producción de una bomba. 

En ese bombardeo se basa la percepción de muchos sectores que sostienen que no había una amenaza inminente (algo parecido al ataque americano a Iraq que terminó derrocando a Hussein). En este caso, el argumento sostiene que la única razón de esta guerra de hoy es satisfacer las necesidades de Israel de ver desaparecido a su mayor enemigo.

En apoyo de ese aserto, se recuerda que mientras Bush padre tuvo un papel bastante blando en la tolerancia a Irán, su hijo declaró que “el único aliado estratégico” de EEUU era Israel, y Trump tiene fuertes vínculos, dependencias y afectos familiares con el judaísmo, lo que se supone podría haber inspirado este accionar.

  El impulsivo

Es de todas maneras complicado tratar de imaginar a Trump pensando estratégicamente, ni tampoco haciéndole caso a los estrategas que lo asesoran.  Aquí tienen un punto los que sostienen que esta guerra ha sido iniciada impulsivamente, sin medir las consecuencias y efectos que puede generar. Una de esas consecuencias es la posibilidad de que, desaparecido el régimen actual, que de algún modo puso en caja a las múltiples facciones violentas y terroristas, el arsenal misilístico y de drones pueda ser usado de modos peores a los que se apela hoy. Un reciente comunicado del ministerio de Defensa iraní, emitido vaya a saber con qué propósito, anticipa el problema al aseverar que las diversas unidades del ejército han perdido su cadena de mando y entonces actúan independientemente y de acuerdo a “instrucciones previas”. 

Como ocurre en otros casos, por ejemplo Venezuela, derrocar al líder del movimiento y aún desarmar a ese movimiento no garantiza el comportamiento futuro, ni excluye que el reemplazo sea peor que la enfermedad. No será la primera vez que, luego de largas guerras, Estados Unidos abandona el campo de batalla y deja un tendal de aliados desamparados y a merced de alguna nueva dictadura. Remember Cochinos. O los kurdos de Iraq. 

Coherente con su estrategia sistemática, Irán amenaza ahora con un arma tal vez más letal que una bomba nuclear o miles de misiles: prolongar la guerra indefinidamente, (la muerte de sus súbditos no es un obstáculo para estos regímenes) hasta que la disrupción y costos así creados obliguen a Trump a abandonar su epopeya. La incertidumbre que se refleja en todas las bolsas, el precio del petróleo volando, las rutas marítimas inseguras y a veces cerradas, la inversión paralizada, todos los efectos de una conflagración sobre las sociedades, pueden caer sobre la cabeza del factótum norteamericano y enfriar su entusiasmo de salvador de la humanidad (paradójico que quien hasta ayer sostenía que merecía el Premio Nobel de la Paz elija este modo de justificarlo). 

Atacar alevosamente y casi al voleo a países islámicos vecinos que nada tienen que ver con la contienda, (pero que ofrecen la ventaja de estar al alcance de los misiles iraníes, tienen la misma intención, como la tiene el cierre del estrecho de Ormuz. Además, dificultar el abastecimiento a Europa, Rusia y China de gas y/o petróleo, está poniendo presión sobre Estados Unidos, que sufre y sufrirá los reclamos de amigos y enemigos por estas consecuencias. 

Justamente ya se están levantando algunas restricciones que afectaban el comercio y transporte de gas y petróleo entre Occidente, Rusia y Medio Oriente, para no contribuir a agravar el problema de suministro que plantea el cierre del estrecho, que tapona la circulación de 20% de la producción mundial de esos combustibles. 

 Guerrear hasta el hartazgo

La estrategia evidente de Irán es prolongar la guerra indefinidamente, hasta que el mundo entero clame para que se detenga, por los costos humanos, sociales y económicos directos e indirectos. Y por supuesto, hasta que esa guerra eterna tenga efectos en los resultados electorales de Estados Unidos. 

Estas limitaciones en el comercio mundial se montan sobre la trama de proteccionismo, recargos y prohibiciones creadas por el propio Trump, que necesariamente tendrán que ser eliminadas si no se quiere crear una gigantesca inflación mundial. Salvo que se quiera crear una inflación mundial.

Esa afirmación lleva a pasar del resumen anterior - que no es nada más que un compendio de los comentarios de distintos analistas y especialistas - a algunas especulaciones de distinto carácter. 

Aún con una conducción de tendencia al impromptu, la rimbombancia, las amenazas y la precariedad intelectual como la actual de EEUU, llena de vaivenes, arbitrariedades, desprecio por la opinión de los especialistas, que llevó a iniciar una acción bélica masiva sin al menos el conocimiento del Senado y sin consultar con las distintas áreas que se ocupan de la geopolítica, la defensa, la estrategia y la visión de largo plazo, toda guerra tiene un objetivo concreto. 

Es muy difícil de creer la afirmación de que esta guerra se encara para beneficio del pueblo iraní, o de la integridad y seguridad de Occidente o de Estados Unidos. Sin perjuicio de que algunos de esos resultados puedan ser alcanzados merced a este ataque, hay otros objetivos posibles a considerar. 

No se tiene aquí en cuenta las metas del presidente norteamericano de usar las situaciones bélicas para ampliar sus negocios como developer, transformar Gaza en un paraíso turístico de resorts all inclusive, explotar el gas de Groenlandia o el petróleo venezolano o reconstruir lo que quede de Ucrania residual y ayudarla a comerciar sus recursos. No es que no existan, sino que la columna se abstiene de comentarlas. 

Las guerras siempre han tenido subyacentemente un objetivo económico, más allá de las excusas y argumentos con que se inicien. La actual podría responder a las generales de la ley. 

Estados Unidos, y varias de las economías occidentales importantes, vienen acumulando un nivel de emisión y endeudamiento absolutamente desproporcionado, para no decir delirante. De aplicarse los criterios financieros clásicos la calificación crediticia de esos estados debería ser algo así como CCC o D. Estados Unidos tiene vencimientos muy cercanos por 10 billones (10.000.000.000.000) de dólares. Europa tiene parecidos problemas. Ambas economías han emitido cantidades totalmente ilógicas de moneda que nada tienen que ver con el tamaño o el crecimiento. Su deuda representa al menos un año y medio de PBI. 

En esa instancia, Trump intenta bajar (por decreto) la tasa de interés, para reducir su costo de intereses. Desprecia toda la evidencia empírica sobre los efectos inflacionarios que conllevan la mezcla de una emisión desaforada y una tasa de interés baja. Presiona y demuele a una institución independiente como la Fed para que baje las tasas, cosa que no puede hacer, hasta llegar al insulto directo a su presidente, Jerome Powell. 

Simultáneamente despide a los miembros de la Reserva que representan a los bancos que la componen si no están de acuerdo con sus órdenes. Políticamente no puede arriesgar a aparecer como culpable ante la sociedad de una inflación y (licuación de deuda) galopantes. Inclusive existe riesgo cierto de que a la hora de renovar esas deudas los inversores no quieran pagar las tasas irrisorias que Trump quiere poner a dedo, lo que sería otro fracaso de su dirigismo. 

Al mismo tiempo, enardecido por su política proteccionista que quiere negar el avance chino en tecnología que ha tornado obsoleta muchas industrias norteamericanas, lo que también ocasionará un proceso de suba de costo de vida, impopular y ciertamente fuente de disconformidad de la sociedad. Enfrenta a la Constitución y a las instituciones al tomar medidas en contra de las leyes fundamentales y en contra de toda lógica, y para colmo las va cambiando a cada momento según las negociaciones de mercachifle que hace y que piensa geniales. También eso hará crisis en su contra. 

El desempleo está en una tasa de 4,4%, que es una cifra más que adecuada si se observa la serie, pero que en su concepción es inaceptable y sólo se resuelve bajando las tasas, un criterio que parece serio pero que no ha sido probado por la evidencia empírica, salvo en muy cortos plazos que culminan con alta inflación y desempleo. 

También rompe el esquema de progreso y generación de riqueza y bienestar creado por la libertad de comercio generada por la globalización de los últimos 30 años que ahora desaparece. Tarde o temprano, tal vez este mismo año, todas esas decisiones le jugarán en contra políticamente, dentro y fuera de su país, que no está exento de las reglas de la ortodoxia económica, aunque el mandatario insulte. 

La guerra como solución económica

Una buena guerra soluciona todo, desde la edad antigua. La moneda se devalúa, los impuestos suben, el desempleo aumenta, la actividad se debilita y muere en deflación, estanflación o depresión, como la de Hoover y Roosevelt. La culpa ya no es de quien gobierna, ni hace falta aplicar mecanismos ortodoxos. Nadie está dispuesto a ser considerado antipatria por quejarse o criticar. 

Para no limitar el concepto a la economía, también vale el ocultamiento de toda información, el espionaje del pensamiento, la arbitrariedad de los gobiernos interna y externamente. El mandatario se convierte en dictador virtual, como ocurría legalmente en la Roma antigua. A nadie se le ocurriría explorar los negocios del Dictador Romano, ni cuestionaría su comportamiento sexual o sus modos. 

No en vano en 1984, biblia de esta columna, del mayor escritor distópico de la historia, George Orwell, el país imaginario vivía permanentemente en guerra, lo que era la excusa para justificar o no tener que explicar ningún ICE de ese momento. 

La guerra justa contra Irán puede lograr el mismo resultado y justificar lo que de otro modo sería injustificable. La inflación mundial no sería vista como un robo descarado y artero, sino como una consecuencia de la lucha contra los malos. Hasta los defaults con cualquier formato se perdonarían. Como la pandemia que lo justificó todo. En tal orden de cosas, es mejor que los malos resistan. Y si no hay malos se buscan, como supo tardíamente Sadam Hussein. 

El mismo Trump lo ha explicado magistralmente: “Es fantástico que baje el dólar, yo puedo hacerlo bajar y subir como un yo-yo”. La guerra tiene la virtud de hacer que no se pierda la confianza en el país que la libra, porque todo se atribuye a la guerra, como Rusia justificó ante su pueblo el atraso de medio siglo de comunismo atribuyéndolo a “la guerra de la Madre Patria”, como se apodó a la Segunda Guerra Mundial en la Unión Soviética, hasta la caída del muro. 

Y habrá que apresurarse a rebatir el concepto de que “esta guerra es para salvar la democracia”.  La lucha contra un dictador suele coronarse con el reemplazo del tirano terrible por otro tirano amigo. Otra vez el distópico Orwell pero en Rebelión en la Granja.

Sabrá el lector disculpar a la columna por no haber ofrecido un análisis bélico o estratégico de este conflicto, algo que su autor no sabe ni quiso hacer. El gasto de guerra es también un gasto público y un déficit, tal vez la peor forma de gasto público. Y uno de los mayores mecanismos de enriquecimiento ilícito y de corrupción. 

Estados Unidos parece haber retomado súbita y sorpresivamente su tarea de gendarme del mundo, que Bush hijo abandonó en 2000. El problema de las guerras es que en ellas los gendarmes salvadores terminan actuando como El encargado de Francella.