La viruela de Voltaire
A lo largo de su vida, François-Marie Arouet escribió más de 23.000 cartas donde muestra su prosa pulida, sus conocimientos exquisitos, sus sutilezas, su sarcasmo incisivo y su facilidad para hacerse de enemigos.
Esta última característica lo llevaría a pasar una temporada en la tristemente célebre Bastilla...
Esta es la historia de las razones que forzaron su cautiverio y comienza con una de las enfermedades más frecuentes de la historia: la viruela, que a lo largo de los últimos veinte siglos mató a más de 300 millones de personas.
JUVENTUD
En 1723, Voltaire no era aún Voltaire, sino Arouet. El pseudónimo con el que ganó fama y enemigos era el anagrama de Arouet l. Entonces acababa de publicar su poema épico “La Henriada”, que lo había consagrado como un joven talento de las letras. Estaba escribiendo su tragedia Marianne cuando el marqués de Maisons lo invitó a su palacio. Esta era una oportunidad única para codearse y hacer contactos con la aristocracia francesa.
Voltaire acudió entusiasmado al castillo, pero con tal mala suerte que, al llegar a destino, comenzó con un cuadro febril.
El marqués se preocupó por su invitado y llamó a su médico personal, el doctor Gervasi, para atender al joven escritor. El doctor, sin dudarlo, diagnosticó que Voltaire padecía viruela. La sola mención de la enfermedad espantó a los demás invitados. Sin embargo, el marqués se quedó para asistirlo.
Gervasi indicó su tratamiento para la viruela, tratamiento poco ortodoxo que le había ganado entre los colegas fama de excéntrico: litros de limonada...
Sin embargo, el mismo doctor no se mostró muy optimista, ya que, conociendo el ateísmo del autor, le sugirió que se confesara para reconciliarse con la fe de sus mayores.
Voltaire accedió al pedido (creemos más en los milagros a la hora del entierro); se confesó, redactó testamento y se dedicó con esmero a concluir su tragedia, “Marianne”.
Tanto el marqués como el médico no abandonaron al autor y lo trataron con suma amabilidad. Cada vez que Gervasi indicaba un tratamiento, le explicaba detalladamente el porqué de sus decisiones.
A pesar de las sangrías, los eméticos y la limonada (o quizás gracias a ellos), Voltaire sobrevivió -con cicatrices en el rostro-.
A todo lo largo de su vida, Voltaire se mostró convencido de que fue la limonada la causa de su sobrevida... Así se lo dijo a su amigo, el barón de Breteuil, en una carta fechada el 5 de enero de 1724.
Al cabo de un mes decidió volver a París, no sin antes pagar la cuenta del Dr. Gervasi con cierto desagrado, ya que no pensaba que le fueran a cobrar.
De allí en más, la salud de Voltaire se vio quebrantada por distintos episodios de dolores inespecíficos que creaban estados melancólicos, que el escritor sobrellevaba a base de “grandes dosis de café y sarcasmo”.
Justamente fue este sarcasmo el que lo condujo a la Bastilla. Resulta que nuestro escritor se trabó en una amarga discusión con el poderoso señor de Rohan-Chabot. Este se ofendió de tal forma por la insolencia del escritor que ordenó a seis de sus lacayos apalear a Voltaire, con la expresa indicación de que no le pegaran en la cabeza porque “de allí aún puede salir algo bueno”.
Ofendido y humillado, Voltaire exigió una satisfacción a su honor burlado y retó a duelo a Rohan-Chabot. Este, para evitar el lance, hizo que las autoridades arrestaran a Voltaire.
De allí que el escritor fuese a parar a la Bastilla en abril de 1726. Apenas pasó unos días encerrado y fue liberado a condición de que no permaneciera en París.
Entonces decidió aceptar la invitación de sus amigos Bolingbroke y Falkener y marchar a Inglaterra, donde pasó los siguientes tres años de su vida.
Durante su permanencia se compenetró de la cultura inglesa, estudió profundamente la obra de Shakespeare, conoció a autores como Pope y Swift y la obra científica de Newton, además de entrevistarse con Lady Mary Wortley Montagu, la introductora de la técnica de inoculación de la viruela que había conocido durante su permanencia en Estambul.
Esta consistía en poner en contacto el líquido de una de las vesículas de una persona que padeciese una forma leve de la enfermedad con otra que aún no había padecido la viruela.
Esta técnica de inmunización fue aplicada a miembros de la familia real después de haberla probado en seis presos de la cárcel de Newgate.
No se sabe si los presidiarios se ofrecieron como voluntarios o fueron forzados a ser conejillos de Indias. Lo cierto es que la prueba fue un éxito y la familia real fue inoculada.
De esta forma, los británicos adoptaron un método cuya mortalidad era menor al 10 %, mientras que la evolución natural de la enfermedad mataba al 60 % de los pacientes y dejaba cicatrices en el cuerpo, un grave problema si comprometía el rostro de jóvenes casamenteras.
En 1738, impresionado por su experiencia en Gran Bretaña, escribió sus Cartas sobre los ingleses, donde en su undécima epístola cuenta las aventuras de Lady Montagu y su perseverancia para instaurar la inoculación de la viruela, además de destacar su calidad como poetisa.
Voltaire concluyó su epístola con un lapidario: “Se rezará en París contra esta invención saludable como se ha escrito veinte años antes contra las experiencias de Newton: todo prueba que los ingleses son más filosóficos y audaces que nosotros”.
Un año después escribió sus Confesiones, un libro tan audaz y anticlerical que fue quemado en la hoguera y Voltaire se vio obligado, una vez más, a huir para escapar de la furia de sus connacionales.
Así anduvo nuestro intelectual por cincuenta años, polemizando, debatiendo y escribiendo sus opiniones sin medir las consecuencias. Sin embargo, al final de sus días ya no fue tan confrontativo y le pidió a su sobrino cura (¡sí!, Voltaire tenía un sobrino cura) que deseaba recibir cristiana sepultura.
Como murió en París, el arzobispo de la ciudad prohibió su inhumación, razón por la cual fue llevado a un pueblo cercano para ser enterrado. Antes de concretar el entierro, ciudadanos de distintos pueblos acudieron para disputarse el honor de tenerlo enterrado, a la vez, en su localidad. La discusión subió de tono, los contrincantes llegaron a las manos y, en el caos, algunos aprovecharon para robar partes de la anatomía del filósofo.
Voltaire terminó desmembrado, sus partes dispersas por Francia, aunque una buena porción del cadáver del filósofo fue enterrada en el Panteón de París.
En vida había sostenido que era “difícil liberar a los tontos de las cadenas que veneran”. Pero jamás pensó que él sería víctima de esa tonta veneración.
