VICTORIA LIENDO PRESENTA SU PRIMERA NOVELA, ‘BESOS, NO’

La vida con doble pertenencia

Victoria Liendo escribe desde una zona movediza, allí donde la experiencia íntima y la imaginación se confunden hasta volverse indistinguibles. En Besos, no (Emecé, 288 páginas) su primera novela, esa oscilación se convierte en poética. Una voz femenina sin nombre, luego de un fracaso matrimonial, atraviesa París y Buenos Aires mientras intenta descifrar qué parte de lo que vive pertenece al mundo y cuál a su propio desorden interior. Con libros de cabecera como Mujercitas, Jane Eyre y Madame Bovary, Liendo narra con una sensibilidad aguda, atenta a los pliegues de la percepción, y construye un relato donde la niebla no es un obstáculo sino un clima vital.

Fiel a lo que transmite en su libro, Liendo muestra ser una escritora formada entre dos orillas. En 2007 se trasladó a París para realizar un máster dedicado a la obra de Ricardo Güiraldes, autor al que profesa una admiración fundante, y allí continuó con un doctorado en la Universidad de París.

En la capital francesa construyó una vida académica y personal, con trabajo, matrimonio y residencia, hasta su regreso en 2020, vivido como un alivio y entusiasmo perdurable hasta hoy inclusive. Una doble pertenencia que motoriza su pluma y de la mejor manera.

París aparece como el espacio de la soledad formativa, del crecimiento hacia adentro, mientras Buenos Aires es el territorio del afecto, del exceso y la pertenencia. Ninguna ciudad es idealizada, ambas son observadas con una lucidez irónica y una ternura crítica que revela una mirada madura.

“El personaje principal no tiene nombre. En un momento le había puesto Leonor, y aparecía una sola vez, pero se fue. París es París por mi madre, que vivió allá cuando era chica. Barilochense, tenía 17 años, no hablaba una palabra de francés, no tenía intenciones de quedarse, pero llegó y le dijo a su familia: ‘Sigan ustedes, yo me quedo’. A los 19, obligada, tuvo que volver. Cuarenta años después, yo volví por ella. Era como si hubiese quedado allá una vida sin vivir, pero ahora ya está, todos en casa”.

-Al avanzar en las páginas de ‘Besos, no’ uno imagina que es autobiográfico. ¿Pero cuánto hay de ficción y cuánto de realidad?

-El problema de la ficción y de la realidad empezó muy temprano en mi vida. Es un rasgo que dominó bastante mi infancia, mi adolescencia (que hoy escuché que dura hasta los 33), y un poco más. Es un rasgo de mi mente al que mi padre identificaría en algún momento como un problema de “percepción”. En la novela aparece desde el primer capítulo. Ella no sabe qué es lo que ve y qué es lo que imagina, no logra descifrar cuáles son los bordes de “la realidad”. La experiencia vital depende de esas dos visiones, la interna y la externa, conjugadas, enlazadas de tal manera que lo que se impone al final es la nebulosa. Mi imaginación es tan fuerte por momentos que me ha pasado que veo cosas que no hay, o no escucho las que dicen, o tengo atención borrosa. De ahí salen mis historias, de ese estado permanente de exploración en babia del mundo.

DEPRESION

-¿Qué la motivó a sacar de su alma a esta indecisa mujer y presentarla al mundo?

-Una gran depresión. La depresión, a su manera, es motivadora. El sentimiento de superación cuando lográs atravesarla es muy valioso, sólido. Debo decir que después de pasar por todos los divanes de Buenos Aires y de París, encontré mi analista en una cartilla, y con él empezó un trabajo bravo, un diálogo honesto que me cambió. Avancé, salí, evolucioné. Esta novela y todas las que vendrán siempre estuvieron ahí, en mi computadora, o en mi cabeza. Por eso dicen que lo contrario de la depresión es la expresión. No importa para qué, no importa el sentido, lo único que importa es el movimiento, es la historia, es contar.

-¿Qué tópicos son los que se vuelven reflejos de posibles lectores?

-El lector es el gran amor de mi vida. Y mi primer impulso es darle, entretenerlo, no ponerle trabas muy complejas, que le resulte fácil seguir, que no me deje por una pantalla, que no pueda vivir sin mí. Por eso decidí ahorrarle todas esas palabras francesas que encontraba en Rayuela y no hacen otra cosa que alejarte. Yo quería que el francés, con sus sonidos, su olor y su ambiente, sonara sin estar ahí, como pasa con el dialecto en las novelas de Elena Ferrante que nunca está escrito y sin embargo ¡¿cómo suena?! Yo quiero que el lector se enamore, que tenga algo nuevo en su vida que le dé alegría, pertenencia, y también lo quiero hipnotizar. Una vez leí un poema de Anna de Noailles que decía: “Escribo para que un día, cuando ya esté muerta, hombre lindo y joven me lea y me prefiera a su mujer”.

-¿Cómo surgió el título ‘Besos, no’?

-El título nace de la vida, es una frase que muchas mujeres van a reconocer, yo creo que se usa, pero no como se imaginan los hombres. Besos, no es una novela que los hombres deberían tener prohibido leer, dice mi hermano, porque da demasiada data sobre cómo pensamos las mujeres. Por ejemplo: “Si estás maquillada y perfecta para empezar la noche y alguien te viene a saludar o tu date te quiere besar, la reacción del imperativo de belleza se traduce en un ‘¡besos, no!’. Me divierte muchísimo que al leer el título los hombres piensen enseguida en las prostitutas, cuando en realidad es una mujer histérica que lleva la perfección sobre sus hombres como una piedra.

DOS CIUDADES

-Gran parte del libro transcurre en París. Si bien la elogia, también la critica, igual que a Buenos Aires. ¿Qué le generan ambas ciudades?

-Paris es la ciudad que me conoció sola, la que me vio crecer para adentro, la que estuvo ahí cuando no había nadie más. Lo que nos une es indestructible; ni siquiera los parisinos de pura cepa podrían romperlo. Buenos Aires es mi lugar en el mundo, y me siento orgullosa de que sea casualmente la más vibrante, la más sexy, la más divertida, y finalmente la más linda de todas. Lo que más nos distingue a los argentinos de los franceses es la relación con la formalidad y con la informalidad. Al principio, la distancia que los franceses se tienen entre sí, esa forma de respeto que impide el voceo entre desconocidos, me pareció muy fría, pero después me encantó. Cuando volví acá, me pareció que andaban todos pegoteados, y hasta me molestaba que una cajera de supermercado pudiera hacerme un comentario personal, cosa que allá jamás sucedería. Y ahora me volví a acostumbrar al afecto desmesurado de nuestra forma de hablar y vivir. No la cambio por nada.