UNA MIRADA DIFERENTE
La vacuna contra la 'enfermedad holandesa'
Un problema cuya solución debe pensarse y comenzar a implementarse antes de que ocurra, para que un panorama auspicioso no se convierta en otra crisis.
La columna viene planteando desde hace dos años el riesgo que para Argentina y algunos países de la región implicaría una brusca entrada de dólares por aumento de la inversión externa, de las exportaciones o de la simple toma de nueva deuda externa. Algunas recientes publicaciones de reconocidos expertos y de otros simples copistas, sin aportar solución al problema, obliga al espacio a repetir –a riesgo de autoplagio– sus planteos previos sobre el tema, a fin de que la idea de que se trata de un mal irremediable no sirva de excusa para cualquier despropósito cambiario.
El efecto de ese aluvión con el que se viene amenazando hace varios años, sería, al aumentar fuertemente la oferta de divisas, hacer bajar el tipo de cambio. Eso sería el colofón del ajuste salvaje ya sufrido hasta la desaparición de muchas más pymes, que siguen y seguirán siendo la mayor fuente de empleo privado, imposible de compensar con ningún crecimiento de otras actividades.
Eso sería sumamente grave en un país cuyos lobbies jamás permitirán una apertura de importaciones relevantes, que sería el equilibrante natural, que, además –a esta altura de los golpes de todo tipo contra la industria nacional y el mismo agro, impactaría en la creación de empleo, con lo que las consecuencias de ese ingreso de divisas representarían una amenaza inevitable contra el nivel de ocupación. Todo ello sin tomar en cuenta el posible efecto de la IA, que merece otros análisis y consideraciones.
Cabe tratar de desmenuzar el problema para tratar de encontrar algunos caminos de solución, uno o varios antivirus contra la enfermedad holandesa, para ponerlo de algún modo. Para ubicarse en el contexto, habría que recordar que, históricamente, todas las inversiones de cientos y miles de millones prometidas por las empresas que se adjudicaron licitaciones o licencias, o permisos y beneficios fiscales o aduaneros, resultaron en la práctica mucho menores que las esperadas, ya que nadie realiza ningún control sobre el cumplimiento, o simplemente se trató de argumentos para impresionar o convencer a la opinión pública que luego se diluyeron, o argucias de los funcionarios que las prohijaron.
También es importante tener presente que la gran mayoría de las pasadas inversiones –y mucho más de las futuras– no son exactamente extranjeras como se suele repetir, sino que se trata de empresas nacionales con una fachada de extranjeras o asociadas con extranjeras, que no aportan capital propio, sino que toman préstamos, lo que, si bien no tiene que ver con el efecto del alto ingreso de divisas, se termina contabilizando como deuda argentina a efectos de las evaluaciones de riesgo país.
Una digresión que tampoco tiene incidencia directa en el asunto es que casi todas las inversiones se enfocan en actividades extractivas no renovables o que afectan recursos mundialmente escasos. Y por una coincidencia fortuita, muchos de esos inversores tienen una trayectoria totalmente ajena al rubro en que ahora incursionan. Sólo dato.
Dos grandes rubros
Para el mejor análisis de los efectos, debe dividirse el enfoque en dos grandes rubros: el efecto de la inversión en sí, y el efecto de los futuros ingresos de esos emprendimientos.
Las inversiones en equipamiento importado, nuevo o usado, no son relevantes desde el punto de vista cambiario, porque no afectan el flujo de la oferta y demanda. Sólo afectan los gastos que se realizan localmente en pesos para iniciar la explotación, porque ellos requieren vender los dólares que las empresas consiguen en préstamo en el mercado, y eso empuja el precio de la divisa hacia abajo.
Cabe destacar que cuando el Estado realiza una obra pública se produce el mismo efecto: el equipamiento no tiene impacto sobre el tipo de cambio porque se trata de una importación en moneda extranjera, pero sí lo hace el gasto en moneda local cuando se financia con préstamos en dólares del exterior por muy generosos y desinteresados que fueran. Esos gastos equivalen en sus consecuencias sobre el precio de la divisa a cualquier préstamo externo que el Estado use para pagar déficits fiscales, que siempre aumentan la oferta de dólares.
Es cierto que cuando se paga esa deuda, o sus intereses, se produce el efecto inverso, es decir se compran dólares para pagar intereses o capital, con lo que aumenta la demanda y sube el precio de la divisa, pero como lo muestra claramente la historia nacional y la de una gran mayoría de países, la deuda tiende a renovarse, no a pagarse, con lo que la contrapartida es sólo teórica.
El otro aspecto es el efecto de las exportaciones generadas por estas actividades. También pueden terminar siendo un aluvión que aprecie hasta el ridículo el valor del peso, con todos los efectos negativos que ello implica, porque no hay modo de que esas actividades compensen el empleo y la actividad económica de las empresas que desaparecerían.
Argentina tiene la oportunidad de convertir uno de sus mayores problemas en una solución a estos efectos negativos, tanto en el caso de la inversión como de las exportaciones: pagar la deuda externa con los ingresos de esas fuentes, simplemente comprando dólares en el mercado para cancelarla. Eso reduciría el déficit cuasifiscal (al reducir o eliminar los pagos de intereses) que es finalmente déficit, y transformaría al país en financieramente fuerte y confiable, empezando por los propios argentinos.
Estatismo deletéreo
Esto no es mucho más limpio y transparente que usar el sistema actual de control estatal del tipo de cambio, que, además de ser inútil en el largo plazo y un engaño siempre, ha contribuido y contribuye al enriquecimiento de tantos amigos dentro y fuera del poder, tanto en el pasado como ahora. El control del Estado sobre el mercado cambiario debería ser eliminado completamente, con beneficios no sólo en este punto sino en varios aspectos. Justamente si los ingresos de las nuevas inversiones fueran muy importante\, desaparecerían todos los riesgos de un mercado libre, aún los de la dolarización lisa y llana, el sueño olvidado de Milei.
Los ingresos provenientes de las exportaciones, suponiendo que no fueran utilizados por las nuevas empresas para pagar sus deudas de instalación y arranque, también pueden destinarse al pago de la deuda externa, o a la renovación y provisión de equipamiento y maquinarias en todas las actividades privadas y públicas, descuidas por décadas y lapidadas recientemente. La eliminación de la obligación de los exportadores de vender las divisas percibidas por ellas al Banco Central evitaría la paradoja de empujar el efecto de la enfermedad holandesa al obligar a una acción antinatural que, además de ir contra la propiedad privada, fuerza a la destrucción del mercado cambiario que es lo que se teme.
La receta noruega
Hay otro modo de solucionar el problema del aumento imparable de la oferta de divisas con los efectos negativos que eso conlleva: el sistema usado por Noruega. Enfrentado a un problema parecido cuando se descubrieron sus reservas fenomenales de petróleo y gas, decidió evitar la entrada de esos fondos al mercado local, que habría producido los efectos que aquí se comentan, decuplicados.
Además de aplicar la tasa máxima del impuesto a la renta más una sobretasa gravó con otro impuesto o tarifa especial a esas actividades extractivas de recursos no renovables. Eso le generó un ingreso en dólares importantísimo, que decidió invertir en un fondo en el exterior, conocido vulgarmente como el fondo noruego que, tanto su capital como sus ganancias, están destinados totalmente a garantizar el sistema jubilatorio nórdico, aunque en la práctica constituye una colosal reserva de divisas, mayor y más real que la de cualquier país del mundo.
Noruega sabía que las petroleras, como las mineras y otras extractivas, no necesitan estímulos, subsidios ni exenciones para invertir. Invierten donde fuera, con gobiernos democráticos o no, de izquierda, de derecha, comunistas, fascistas, corruptos o probos, respetuosos de los derechos humanos o asesinos. Sólo quieren poder recuperar su inversión y manejar sus dividendos como les plazca. Derecho de propiedad, de nuevo.
Con la habilidad para suicidarse de Argentina, más la propensión tradicional a ayudar a prebendarios y amigos, el país ha decidido, al menos en el aspecto fiscal, seguir el camino opuesto. El RIGI y el bonus del super RIGI plus han reducido notablemente esa posibilidad, con el argumento que así se estimulan inversiones (que no necesitan estímulo alguno).
Si bien el ingreso por actividades privilegiadas por esas exenciones se ha reducido notablemente, aún se debería crear una reserva con esos gravámenes de modo de impedir su ingreso en la economía local, donde tendría un efecto como el que se busca evitar. Y no estaría de más pensar en hacer que esos impuestos se deban abonar directamente en dólares, otra medida que sigue la declamada idea presidencial de convalidar al menos un sistema bimonetario. Asumiendo que esa idea no se haya diluido en el tiempo, como tantas otras.
Este proceso requiere un plan completo aceptado y comprendido por la sociedad, los factores económicos, las provincias y el Congreso para lograr los cambios legales y normativos necesarios, porque en su defecto la crisis puede ser más grave que las sufridas hasta ahora, que pagaran quienes históricamente pagan todos los ajustes, errores, corrupciones, despilfarros e impericias que supimos conseguir. Y antes de que surja el argumento simplista, aquí no se trata de una reconversión provocada por el avance de la tecnología ni de una transformación virtuosa, ni de la destrucción creativa schumpeteriana, ni de reconvertirse a nuevas tareas.
Es posible imaginar otras acciones en igual sentido y con los mismos objetivos que mejoren estas ideas. Lo que no se puede hacer, es no hacer nada, o intentar paliar el efecto descripto con medidas de control de cambio u otras estratagemas de timberos financieros y de burócratas o “ir viendo” de modo de improvisar sobre la marcha seudo soluciones que siempre son tardías, terminan en crisis o en duros ajustes que pagan los que no deberían pagarlos. No es cuestión de que lo que puede ser un gran avance se transforme en un gran problema. Las oportunidades no abundan.
