UNA MIRADA DIFERENTE
¿La traición americana?
Ahora más que nunca los zigzagueos de Estados Unidos según el partido en el poder y la tendencia a sancionar a sus amigos hacen pensar que es mejor la neutralidad y la cautela para no exponerse a desaires y maltratos.
Se ha dicho muchas veces que ser amigo de Estados Unidos es sumamente riesgoso. Hay muchos ejemplos en la historia que justifican ese concepto. Entre los ejemplos fáciles están Bahía de Cochinos, Pol Pot, Vietnam, Afganistán, Sadam Hussein, los kurdos, el Sha.
También cometió errores importantes al apoyar en sus albores, con distintos mecanismos, a regímenes como del de Fidel Castro, Al-Qaeda, bin Laden, que luego se volvieron en su contra a un alto costo de vidas, bienestar y libertades.
Estos casos, pasados y presentes, fueron considerados en cada instancia por los especialistas y exégetas de la geopolítica como acciones estratégicas que los justificaban. Aunque fuera acertado el análisis, los efectos y la prevención permanecen.
Trump parece seguir esa línea histórica. Ucrania es una duda -o una deuda- gigantesca para una nación que se puso de su lado contra el comunismo ruso y que ahora es despreciada y abandonada, hasta el extremo de humillar públicamente a su presidente. También apoyada por Estados Unidos al comienzo de la guerra con su política de “animémonos y vayan”, y ahora despreciada por no haber permitido sumisamente la invasión rusa, independientemente de su capacidad bélica.
Todavía está pendiente el resultado final de su acuerdo con Venezuela, que dejó de lado a la oposición de Machado y González, que había acompañado en su reclamo de haber triunfado en las elecciones y en su lucha contra la dictadura del país caribeño. El apoyo y reconocimiento a Delcy Rodríguez, denostada como ser monstruoso hasta un minuto antes del acuerdo nunca explicado ni detallado.
En otro plano, con su idea de competir con aliados y rivales comerciales usando una avalancha de recargos de importación lo que altera el orden creado por la gran potencia a lo largo de más de medio siglo. Empeora cuando se advierte que usó esas decisiones (que se apartan de la Constitución) como recurso de negociación y que las blande o archiva según el efecto que produzcan esas amenazas.
Además del daño que ese procedimiento genera en la economía de su país y de Occidente, que han perdido toda brújula, habrá que analizar si en muchos casos no se trata de un incumplimiento de los acuerdos de su país con los ahora sancionados con el arma arancelaria. Porque, además de ser un disparate económico, varios de los sancionados lo fueron en contra de acuerdos específicos o tratados que se modificaron o repudiaron unilateralmente.
En el caso particular de China, además de crear un problema para su propia producción y la eficiencia, el presidente norteamericano sigue creyendo que China le robó tecnología, y prefiere ignorar el colosal avance educativo y tecnológico del país asiático, tanto en los mecanismos de selección de carreras como en los contenidos, lo que, a más de ser injusto, también tendrá efectos negativos en todo Occidente.
Una verdadera farsa
La proverbial seguridad jurídica que defienden todos los economistas occidentales, las empresas, los inversores, los analistas y los periodistas se ha convertido en una farsa a partir de esas medidas.
La columna coincide con la posición del mandatario sobre los entes internacionales subsidiados mayoritariamente por su país, que cada vez sirven menos, al menos para defender las ideas que son la base moral, intelectual y económica de Occidente. También con la necesidad de frenar drásticamente el armamentismo nuclear de Irán, toleradas por los flojos e incomprensibles acuerdos de Obama. Además de ser una amenaza latente en la región.
Pero tiene muchas dudas sobre el modo en que se intenta lograrlo, así como con el daño que puede causar sobre la economía y aun el crecimiento y la paz mundial. Es difícil sostener que se trata de una acción estratégica y táctica profundamente analizadas cuando el discurso del dueño del botón rojo cambia de sentido y contenido cada 24 horas o menos. O cuando echa a 12 de sus generales más importantes y a los funcionarios del área que él mismo designó hace pocos meses. (You are fired, era la frase favorita del millonario en su etapa de actor de TV)
También cuando declara una guerra sin informar a la Comisión de Defensa del Senado, lo que también está fuera de los preceptos constitucionales, incurre en gastos colosales, presentes y futuros y utiliza un lenguaje de baja estofa, irónico, burlesco amenazando con la aniquilación de una sociedad, que hay quienes consideran una licencia o un estilo de comunicación, pero que torna poco creíble la aseveración de que la guerra es fruto de una estrategia geopolítica con objetivos diversos y difusos.
Se recordará que, al comienzo del conflicto, el presidente republicano sostuvo que “ahora que no me han otorgado el Premio Nobel de la Paz, me siento liberado de cualquier compromiso para mantenerla”. La liviandad de la declaración casi ni merece comentarios.
También ahora las palabras de quien es el comandante supremo del aparato bélico estadounidense crean una incertidumbre hasta en sus propios seguidores, porque cambian de sentido radicalmente, a veces dentro de un mismo día. ¿Se tratará de una estratégica de comunicación bélica para desconcertar al enemigo, como en la WWII?
Lo cierto es que también esa línea de acción está desconcertando a todo el mundo, cualquiera fuera su régimen o ideología.
Eso se refleja en las bolsas, en las inversiones y decisiones, en una parálisis disimulada que puede terminar muy mal para toda la humanidad, que no advierte el rumbo de la potencia que fuera hasta hace poco la primera del mundo y custodia del Orden Mundial.
Actos dictatoriales
La reciente información de que sancionará a los países hasta ayer amigos y aliados que no colaboren en esta guerra, es también de suma gravedad, especialmente si se tiene en cuenta que ninguno de ellos fue informado ni mucho menos consultados, con lo que se está ante un acto dictatorial que impone a las naciones subordinarse a la voluntad de Estados Unidos, lo que es un virtual acto de dominación sobre los otros países y sus sociedades, justamente lo que se critica de los regímenes que se repudian por enemigos de la libertad y la democracia.
(Quienes se alegran porque una de las medidas por no subordinarse es respaldar el reclamo argentino sobre Malvinas, no deberían festejar por anticipado. No solamente esa amenaza puede anularse el lunes, sino que puede diluirse prontamente con algún acuerdo o negociación).
Los expertos en geopolítica sabrán analizar mucho mejor que esta columna la utilidad y estrategia de estas amenazas, que, nuevamente, coadyuvan a la desmembración de Occidente, paradójicamente el mismo objetivo del islam.
Como si los riesgos para el mundo capitalista –o para el mundo, sin aditamentos– no fuera suficientes, y en otro orden de cosas, Trump avanza ahora con el reemplazo de Jerome Powell como presidente de la Reserva Federal, cuyo mandato finaliza en mayo, al que intentó desplazar varias veces con diversos artilugios, críticas, juicios, acusaciones y amenazas.
Trump ha declarado que sería aceptable que la Fed rebajase la tasa de interés en 3 puntos porcentuales, lo que llevaría esa tasa a algo parecido al 1.5%, un valor ridículo teniendo en cuenta que todo indica –desde antes de la guerra– el riesgo de mayor inflación, mientras que la actividad y la tasa de desempleo muestran valores sólidos. Además, como esa tasa se usa de referencia como rango mínimo para medir la calidad de los proyectos de negocios, ayudará al desarrollo de más propuestas no rentables. Donald parece manejar su país y el capitalismo como manejó sus empresas, en las que la quiebra fue una herramienta más de negocios, válida y recurrente.
Como siguiendo las instrucciones del Congreso, de quien depende ese Banco Central, Powell tiene que hacer equilibrio entre el desempleo y la inflación, ha preferido, junto con los otros gobernadores de la Fed, no bajar las tasas al nivel que quiere Trump, sino que lo ha hecho modestamente. Trump, que tampoco entiende mucho de economía, lo fulminó por ese hecho. En mayo vence el mandato de Powell, y el candidato del magnate es Kevin Warsh, otrora un halcón contra la inflación.
Sin embargo, el Congreso tiene dudas sobre los pactos de Warsh con Trump para conseguir ser nominado. O sea, teme que no haga un manejo responsable de las tasas. Eso sería grave para la economía de Estados Unidos y para el mundo todo. A la situación de déficit continuado de todas las administraciones y la emisión enloquecida de los últimos 25 años, que ya eran un peligro, se suman ahora los costos y gastos presentes y futuros de la guerra, para nada menores, que serán financiados con emisión.
La pulseada de Ormuz
Al mismo tiempo, la suba del precio del petróleo, de 50% hasta ahora, puede ser más alta si la pulseada de Ormuz con Irán continúa. Eso no generaría inflación, pero sí un aumento generalizado de precios, que a los efectos pertinentes es igualmente nocivo. Se agrava porque las reservas estratégicas de crudo de los países se pueden agotar en pocas semanas. Eso encarecerá el producto por aumento considerable de la demanda. Las guerras no se libran sólo con misiles y drones.
Para evitar las dudas del Senado Trump declaró el miércoles que si suben los precios no se opondría a una suba de tasas, lo que agrega más desconcierto y contradicción. Por otra parte, el mandatario, además de ocuparse de Powell con un juicio que se desestimó, está tratando de echar a uno de los gobernadores halcones, cuyo mandato no vence ahora. Esto es porque la tasa de interés se decide por el voto de sus siete gobernadores, y eso amenaza el massismo que prefiere el presidente.
También por eso sigue la presión sobre Powell. El rechazo de la Corte del juicio en su contra es visto por varios analistas como una posible negociación con Powell para que resigne también su cargo de gobernador de la Reserva, que no vence ahora, a fin de disminuir el predominio de halcones en sus decisiones.
Esta presión alevosa sobre la Fed se contradice con la propia receta sagrada norteamericana de mantener la independencia de los bancos centrales como un modo de garantizar una estabilidad de precios y del valor de la moneda. Estados Unidos era uno de los pocos países que tomaba en serio esa recomendación, y por eso su moneda y su crédito se mantenían firmes. Este manoseo sobre las autoridades y el que se amenaza sobre los tipos de interés, echa por tierra ese prestigio y por su naturaleza y sus consecuencias tendrá un costo no menor para ese país.
Traición a Nixon
Por otra parte, cabe recordar que manosear la tasa de interés sería una traición a los acuerdos fundamentales de Nixon al principio de la década del ’70, por los que se usaba el dólar como garantía de estabilidad de todos los sistemas monetarios, y EEUU se comprometía a tener un sistema de Banco Central independiente que garantizase el control del valor de la moneda.
Esta burla al sistema que se avecina, como el incumplimiento de los acuerdos de Bretton Woods incurrido por Nixon, que dejó de garantizar el dólar con reservas de oro siempre unilateralmente, más la emisión y el déficit de todos los gobiernos y su endeudamiento enloquecida, es otra traición por etapas con duras consecuencias universales. También en esos acuerdos de 1945 se creaba el FMI, que suponía ayudar a los países a corregir sus desvíos y crisis. Tampoco ese compromiso se cumplió, o mejor, se politizó.
Nunca se ha logrado la paz duradera con ninguna guerra. Es de esperar que esta vez ocurra el milagro. Y aun estando de acuerdo con que Irán es un peligro global, el camino y aún la estrategia bélica (si la hay) elegidos por Trump para resolver ese problema no lucen como efectivos, más allá de cualquier otra consideración. Como los japoneses en la segunda guerra mundial, los ayatolas y los imanes, ergo el pueblo, creen que después de la muerte Alá los recibe con una enorme fiesta. En Irán, además, es obligatorio creerlo. El final es impredecible. O al menos es mejor convencerse de eso.
