La tragedia argentina de los años 70: no hubo dos demonios, sí dos violencias
POR JAIME SELSER *
Hay fechas que no pertenecen al calendario sino a la conciencia de los pueblos. Fechas que regresan cada año como una campana que resuena en la memoria colectiva. El 24 de marzo es una de ellas.
Ese día la historia argentina se abre como una herida que todavía interroga al presente. El terrorismo de los años setenta atacó en forma directa, abierta y descarada a la democracia argentina, socavando a un gobierno constitucional y legítimo.
El terrorismo de Estado, en cambio, avanzó sobre otro plano aún más grave: violó de manera sistemática los derechos humanos de ciudadanos individuales mediante secuestros, torturas, asesinatos y desapariciones.
Dos violencias distintas. Dos caminos que desembocaron en un mismo río oscuro de dolor. No fueron “dos demonios”, como alguna vez se simplificó la tragedia nacional. Fueron dos violencias que arrastraron al país hacia una de las noches más largas de su historia. Recordar no es quedarse atrapado en el pasado. Recordar es encender una lámpara en medio de la niebla.
QUE SE CONMEMORA
Cada 24 de marzo se conmemora en la Argentina el “Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia”. La fecha recuerda el golpe de Estado de 1976 que derrocó al gobierno constitucional de Isabel Martínez de Perón e inauguró la dictadura conocida como Proceso de Reorganización Nacional.
Aquella madrugada los tanques rodaron sobre las calles como si la historia misma hubiese perdido el rumbo. El Congreso fue clausurado, los partidos políticos prohibidos y la Constitución quedó suspendida.
Durante esos años se desplegó un sistema clandestino de represión basado en secuestros, torturas, asesinatos y desapariciones. Fue una maquinaria de sombras que operó fuera de la ley.
Como escribió el pensador argentino José Narosky: “La memoria no es un lugar donde quedarse a vivir, sino un camino para no volver a tropezar”.
JUICIO Y CASTIGO AL TERRORISMO DE ESTADO
Con el regreso de la democracia en 1983, el presidente Raúl Alfonsín tomó una decisión histórica: investigar los crímenes cometidos durante la dictadura. Para ello creó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas. El informe final de esa comisión, conocido como Nunca Más, documentó 8.961 denuncias de desapariciones forzadas y reveló la existencia de centenares de centros clandestinos de detención. Ese informe permitió llevar adelante el histórico Juicio a las Juntas.
Por primera vez en América Latina, una democracia juzgaba a quienes habían ejercido el poder dictatorial. Con el paso de los años, y especialmente desde la reapertura de las causas judiciales en el siglo XXI, más de mil represores fueron condenados por delitos de lesa humanidad. Es decir: el terrorismo de Estado fue investigado, juzgado y castigado por la justicia.
La discusión sobre el número de desaparecidos Uno de los debates más persistentes gira en torno a la cantidad de víctimas.
La Conadep registró 8.961 desapariciones denunciadas, aunque dejó en claro que el listado estaba abierto. Los organismos de derechos humanos sostienen que el número real alcanzaría 30.000 desaparecidos, considerando casos nunca denunciados. La cifra exacta quizás nunca se conozca.
Pero hay una verdad que trasciende cualquier estadística: cada desaparecido es un nombre suspendido en el silencio de la historia. Un plato que quedó servido en una mesa que ya no volvió a reunirse. Una puerta que alguien sigue esperando que se abra.
LA VIOLENCIA GUERRILLERA
Antes del golpe militar, la Argentina ya atravesaba una etapa de intensa violencia política.
Organizaciones armadas como Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo llevaron adelante atentados, secuestros y ataques armados. Sus líderes fueron Mario Eduardo Firmenich y Mario Roberto Santucho.
Entre los hechos más resonantes de aquella violencia se encuentran: * 1970: secuestro y asesinato del ex presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu.
* 1973: asesinato del dirigente sindical José Ignacio Rucci.
* 1974: ataque del ERP al cuartel militar de Azul, donde fueron asesinados el coronel Camilo Gay y su esposa.
* 1974: atentado contra la familia del capitán Humberto Viola en Tucumán, donde murió su hija María Cristina Viola, de apenas tres años.
* 1975: copamiento del Regimiento de Infantería de Monte 29 en Formosa.
* 1976: atentado con bomba en el comedor de la Policía Federal, que dejó más de veinte muertos.
La violencia política se expandía como un incendio en campo seco. Cada atentado encendía nuevas represalias. Cada muerte alimentaba el odio.
LA CONTROVERSIA
La controversia sobre la conducción guerrillera en la figura de Mario Eduardo Firmenich continúa siendo motivo de intensas discusiones históricas.
Diversos testimonios de antiguos militantes han sostenido que durante el exilio de la conducción montonera en Europa -especialmente en reuniones que habrían tenido lugar en París- se tomaron decisiones que terminaron exponiendo a militantes enviados nuevamente al país durante la llamada “contraofensiva” de 1979 y 1980. Según esas versiones, dichas decisiones habrían contribuido a que numerosos integrantes de la organización fueran capturados o asesinados por la dictadura.
Estas afirmaciones continúan siendo objeto de debate entre historiadores y protagonistas de la época.
INDEMNIZACIONES Y POLEMICA
Desde el retorno de la democracia, el Estado argentino estableció distintos sistemas de reparación económica para víctimas del terrorismo de Estado. Estas reparaciones fueron creadas mediante leyes del Congreso y aplicadas durante distintos gobiernos democráticos, incluidos los de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner.
En algunos casos, los beneficios también habrían alcanzado a personas que en el pasado integraron organizaciones armadas y que posteriormente fueron consideradas víctimas de la represión ilegal del Estado.
Para ciertos sectores de la sociedad argentina, esta situación representa una profunda paradoja histórica. Mientras numerosos responsables del terrorismo de Estado cumplen hoy condenas en cárceles comunes, también se habrían otorgado compensaciones económicas a antiguos integrantes de organizaciones que practicaron la violencia política.
Desde esa mirada crítica, esta circunstancia constituye una contradicción moral y política que sigue generando debates en la memoria colectiva del país.
La memoria no debería ser selectiva. Los años setenta fueron un laberinto de violencia del cual la Argentina tardó décadas en salir.
Hubo terrorismo ejercido desde el Estado durante la dictadura. Pero también hubo violencia armada de organizaciones que pretendieron imponer sus ideas por las armas. Comprender esa historia exige mirar el cuadro completo.
El premio Nobel argentino Bernardo Houssay dejó una frase que parece escrita para este debate: “La verdad es la base de toda grandeza”.
LA MEMORIA COMO FARO
Las sociedades también tienen memoria, como los árboles tienen anillos en su tronco. Cada generación agrega una capa nueva sobre las heridas del pasado. La memoria no debería ser una trinchera ni una bandera partidaria. Debería ser un faro.
Un faro que ilumine las aguas turbulentas de la historia para que la democracia -esa frágil embarcación que todos compartimos- no vuelva a estrellarse contra las rocas de la violencia.
Porque la lección más profunda de aquellos años sigue siendo simple y eterna: cuando la violencia reemplaza a la política, la sociedad entera termina perdiendo. Y esa etapa oscura impulsada desde los sectores privados desde personas individuales ejerciendo lisa y llanamente actos terroristas lo que derivó en terrorismo institucional estatal solo trajo para nuestra amada tierra desolación muerte una ciénaga de la que tanto nos costó salir.
* Consultor en comunicación creador de contenidos digitales.
