La sublevación de las tropas de Aquino

Por Julio C. Borda *

 

Como se sabe, la Batalla de Caseros librada el 3 de febrero de 1852 produjo la caída de don Juan Manuel de Rosas del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires. Brasil, aliado de Urquiza por cuestiones de interés político, fue el gran ganador de este célebre combate pues veía en Rosas a un poderoso enemigo al que temía y al que había que vencer ya que obstaculizaba los planes expansionistas del Imperio. Caído el Restaurador, y conseguida la Independencia del Paraguay que era a lo que aspiraba Brasil, el camino quedaba expedito para cumplir con los planes trazados.

Pues bien, muchos soldados que estaban bajo el mando de Urquiza se indignaron al ver que la campaña no era contra Rosas sino contra la Patria, por lo tanto no iban a admitir ser cómplices de tan alta traición. Además muchos de ellos sentían por el Restaurador un profundo cariño y una gran admiración.

Uno de los regimientos que se sublevó contra la orden de marchar contra don Juan Manuel, fue el del coronel Aquino –militar unitario- cuya división  estaba compuesta por quinientos hombres que habían combatido junto al Gobernador durante más de quince años, interviniendo en la Campaña del Desierto y en las luchas contra el General Lavalle. De modo tal, que no iban a tolerar unirse a las tropas que iban a combatir a las fuerzas rosistas.

Es entonces que estos hombres planean rebelarse contra su jefe, y deciden matarlo junto con los demás oficiales unitarios, con el fin de huir hacia Buenos Aires para luchar contra Urquiza y el Imperio brasilero.

Cuando llegan al campamento de Santos Lugares, donde estaban reunidas las tropas federales, las ansias de los soldados por ver a Rosas, resulta sorprendente.

Conmovido por el ardor y la impaciencia de esos gauchos por ver a su querido jefe, el célebre cronista Antonino Reyes cuenta: “Mucho trabajo me costó poderlos contener allí bajo promesas de que haría presente al señor gobernador su llegada y su deseo y que aguardarían su contestación. Efectivamente esperaron con el caballo de la rienda. Al siguiente día, a la oración llegó el Gobernador. Yo presencié el momento en que entró a caballo en el centro de las cuadras donde estaban aquellos hombres alojados. En el acto se reunieron a su alrededor todos vitoreándolo, le besaban las manos, lo abrazaban y lo estrechaban con todo cariño. Allí estuvo con ellos mucho rato, hasta que pasado un tiempo lo dejaron ocuparse de asuntos del servicio”.

Pero el destino de esos hombres que decidieron pelear al lado de Rosas fue funesto, porque luego de la batalla, todos los soldados que habían pertenecido a la división Aquino, fueron degollados, exhibiéndose sus cadáveres a lo largo del camino.

 

* Historiador.